El acto de la fe como una experiencia del espíritu
La experiencia del espíritu requiere que se establezca una relación personal entre la persona que hace la experiencia y el objeto que debe experimentar. Como en este caso el objeto que debe experimentar es el mismo Jesucristo, el acto de fe se presenta como una verdadera posibilidad de hacer la experiencia del espíritu.
Acto de fe conlleva tres elementos unidos sin división alguna entre ellos. Son tres elementos que pueden darse en momentos diversos, pero que juntos llevan al acto de fe. Son la predicación de la Palabra, la acogida de esta palabra en el corazón y la respuesta del hombre a esta Palabra mediante la gracia de Dios. Es por ello que el hombre al enfrentarse a la palabra, si de verdad quiere hacer un acto de fe, debe confrontarse con ella no sólo con la mente, la voluntad o la afectividad, sino con estas tres cualidades de su espíritu, es decir, debe confrontarse con la Palabra con todo su espíritu. No podemos tomar la Palabra sólo desde el punto de vista intelecual, sin que ese conocimiento llegue a tocar las fibras más profundas del ser de la persona, lleva a vivir una fe al estilo intelectual en dónde se comprende todo, pero no se ama, no se toca lo más profundo de la persona. Escuchar la palabra en el ámbito del sentimiento lleva a la persona a dar una respuesta en la esfera de la afectividad, dejando intacta su vida moral y otros ámbitos de la vida.
Es necesario que la persona se inpregne del mensaje en una actitud abierta en todo su espíritu. De esta manera la persona podrá ser tocada por Dios en todo su ser. Para ello, debe hacer del acto de fe un encuentro personal (y por personal se entiende con toda su persona) con la Palabra, que no es sino Jesucristo, como revelación del Padre.
De esta manera, nos damos cuenta que el acto de fe, para que sea realmente lo que tiene que ser, es decir, un encuentro personal con Jesucristo que permita la transformación total de la persona, debe colocarse siempre en la dimensión integral de toda la persona. Quien sea el mediador en la transmisión de la fe no debe olvidar que lejos de ser un profesor, un catequista, un animador parroquial, un sacerdote o una religiosa, es sobre todo el transmisor de una experiencia de vida, en este caso de una experiencia del espíritu. Sin duda alguna que nunca podrá suplantar la labor de la gracia de Dios, tercer elemento del acto de fe, pero deberá hacer todo lo posible para que el hombre o la mujer, el joven el adolescente o el niño acoja con todo su espíritu lo que se le presentará como dato revelado. Pasamos entonces de un simple saber nocional a un saber experiencial, en dónde más que saber se gusta lo que se ha conocido. “La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo”.
El acto de fe como experiencia del espíritu no es un saber nocional que deja al hombre igual que estaba antes de hacer la experiencia del espíritu. Es experimentar no un dato, sino una persona, no una doctrina, sino un amor, el amor de Dios para mi vida en la persona de Jesucristo. Este amor de Dios a una persona que se hace concreto en el amor de Dios en Jesucristo, se puede predicar, se puede explicar, se puede escenificar, pero será la persona destinataria del acto de fe, la que tendrá que hacer esa experiencia.
Como se habla de experiencia, no se puede hablar de transmisión de conocimientos. Se tiene que hablar forzosamente de transmisión de experiencia. Pero, una experiencia, ¿es posible que se transmita? ¿Es posible transmitir la belleza del amor de Jesucristo cuando se experimenta en primera persona? Quizás se puede describir, se puede expresa, aunque incorrectamente en palabras, pero es la persona destinataria de la transmisión de la fe, la que debe hacer esa experiencia por sí misma. Lo que la persona que transmite puede hacer son, a mi parecer dos cosas. En primer lugar vivir con coherencia la fe que quiere transmitir, es decir, dar testimonio de esa fe mediante una vida vivida de acuerdo a la fe que ha recibido y que está experimentando. Después, podrá transmitir esa fe en la medida en que esté convencida de esa fe, es decir, que haya creído con todo su ser y esté feliz y seguro de esa fe, ya que la fe se transmite por la vivencia de una vida vivida en paz, armonía y felicidad, lo cual no obsta para que la persona pueda sufrir de distintas maneras.
Si el acto de fe no toma a toda la persona y la transforma, no puede hablarse de un verdadero acto de fe. Si la fe sólo hace que la persona se sienta a gusto, tranquila, la fe se convierte en un analgésico espiritual y no en un verdadero encuentro catalizador que lleva a la persona a transformar su vida. Por ello el culmen y centro de todo acto de fe es el que la persona haga una experiencia del espíritu, que sea capaz de hacer la experiencia de lo que se le está transmitiendo, pero que esta experiencia se realice a nivel de su espíritu, es decir, a nivel de su intelecto, de su voluntad y de su afectividad. Solo en la manera en que se haga la experiencia del espíritu, el acto de fe será verdaderamente un acto de fe.
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