viernes, 18 de octubre de 2013

Elementos

El paso del acto de fe a la experiencia del espíritu
El acto de fe, queda constituido por tres elementos básicos que son la escucha de la Palabra, la acogida en el corazón y la respuesta que se da ayudado por la gracia de Dios que transforma a la persona.
El capítulo doce de San Lucas nos recuerda la importancia que tiene el Espíritu Santo.
Es el que más habla de la alegría y el que habla más del lugar irreemplazable que ocupan los pobres y los necesitados en el proceso de difusión de la Buena Nueva.
No es casualidad que estas características estén en un solo Evangelista. Los pobres, en efecto, son los que descubren con mayor facilidad su necesidad, y la necesidad humana más grande no es solamente el alimento que perece, ni siquiera la instrucción o la vivienda, la necesidad más profunda, la vida de nuestra vida, como la llamaba San Agustín, es la acción del Espíritu.
 El hambre más profunda del ser humano es hambre de Dios mismo, hambre que sólo puede ser saciada con ese Espíritu. Este es el Espíritu que sella en nosotros una nueva alianza. Dios había prometido una nueva alianza por boca de los profetas, lo característico de esa alianza es que los preceptos no van a estar escritos en piedra, sino que van a quedar adentro, en el corazón.
Dios escribe en nuestros corazones a través del Espíritu, porque también es ese el Espíritu que nos da un nuevo corazón. En el salmo 51, lleno de arrepentimiento, el rey David dice: "Crea en mí un corazón puro" Salmo 51,12. Pues el Espíritu creador es el que nos da ese nuevo corazón.
Entendemos por qué es indispensable la acción del Espíritu Santo: es que sin ese Espíritu no hay corazón nuevo; es que sin ese Espíritu no quedan escritos los preceptos de Dios dentro de nosotros.
Si Dios no escribe su Ley en nuestros corazones, si la Ley es algo que queda únicamente afuera de nosotros, entonces nos hemos devuelto al Antiguo Testamento, entonces el drama que nos espera es el que está descrito en el capítulo séptimo de la Carta a los Romanos: "Veo el bien, conozco el bien que debo realizar, pero termino haciendo lo que yo mismo no quiero" Romanos 7,15-16.
Esa división interna, esa división dramática, ese desgarramiento interior de saber lo que es bueno pero no tener fuerzas para realizarlo, ese desgarramiento sólo se sana con la presencia del Espíritu.
El Espíritu no obra únicamente dentro de cada uno de nosotros sanando ese desgarramiento, el Espíritu sana también el desgarramiento de nuestra sociedad, su acción no es únicamente íntima, personal o individual, sino que su acción es también social: construye cuerpo, sana a la sociedad misma.
Maravillas del Espíritu que no debemos negar y que sí debemos recibir.

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