martes, 1 de octubre de 2013

Revela


Jesús tomó el camino opuesto. "Vamos a desaparecer, vamos a bajar, y vamos a bajar desde el servicio".
Cuando ya llegaban a aprehender a Jesús en el Huerto de Getsemaní.
¿Qué lógica tiene eso? Tiene la lógica del amor sin límites. A Jesús lo que le interesa en la Cruz, lo que le interesa como lo muestra el evangelio de hoy, es la revelación plena del amor de Dios a escala humana.
Nosotros, los pecadores, lo que necesitamos y lo que seguimos necesitando, es un Dios que nos ame, "a pesar de". Ese es el Dios que Cristo nos revela, el Dios que nos ama más allá de todo.
Rezando, orando por aquellos que lo estaban crucificando, Jesús está haciendo un canto de victoria: "El amor que hay en mí es más grande que todo este espectáculo de odio que me rodea".
Jesús, intercediendo por la mujer pecadora que derramó el perfume poco antes de la Pasión, está diciendo: "Todos pueden ser recibidos en mi pecho, que es amplio para acogerlos".
Jesús, prediciendo el Paraíso para el ladrón arrepentido, y que llamamos el buen ladrón, estaba anunciando: "Sí es posible la conversión, así tu vida haya sido un desastre".
Cristo obra así, porque nos ama así. Cristo, obrando así y amando así, nos ha revelado ese Dios que tú y yo necesitamos, el Dios que nos ama hasta el extremo.
 "Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único, para que tuviéramos vida" San Juan 3,16. La Cruz parece un absurdo a todo el mundo, menos a los que pasamos por el dolor, por la soledad, por la tentación, por el pecado.
Es el Dios que dice: "Estoy dispuesto a amarte también en ese hoyo, también en ese abismo adonde tú mismo te has metido. Ahí estoy dispuesto a amarte". Ese es el Dios que necesitamos.
Que sobre todo la acción del Espíritu Santo, nos ayuden a comprender más la riqueza de la Cruz, para sentirnos felices y agradecidos de haber sido tan amados.
En la Cruz, en la agresividad, en la violencia de la Cruz, también hay un mensaje que es importante para nosotros; y en ese dolor y en esa pasión de amor que lleva a Jesús hasta el extremo, y en esa sangre vertida, ahí es donde está el corazón de nuestra fe. El corazón de nuestra fe no está en la serenidad de un lago sin olas, el corazón de nuestra fe está en el torrente escandaloso de sangre que sale del costado de Cristo, que brota de sus preciosas llagas.
¡Cuánto necesitamos redescubrir la Cruz! ¡Cuánto necesitamos descubrir que ese es el corazón de nuestra fe y que ahí, y solamente ahí, está la verdadera alegría!

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