Dios nos sorprende; precisamente en la pobreza, en la debilidad, en la humildad es donde se manifiesta y nos da su amor que nos salva, nos cura y nos da fuerza. Sólo pide que sigamos su palabra y nos fiemos de Él. Ésta es también la experiencia de la Virgen María: ante el anuncio del Ángel, no oculta su asombro. Es el asombro de ver que Dios, para hacerse hombre, la ha elegido precisamente a Ella, una sencilla muchacha de Nazaret, que no vive en los palacios del poder y de la riqueza, que no ha hecho cosas extraordinarias, pero que está abierta a Dios, se fía de Él, aunque no lo comprenda del todo: "He aquí la esclava el Señor, hágase en mí según tu palabra".
Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: 'Fíate de mí, no tengas miedo, déjate sorprender, sal de ti mismo y sígueme'. Preguntémonos hoy todos nosotros si tenemos miedo de lo que el Señor pudiera pedirnos o de lo que nos está pidiendo. ¿Me dejo sorprender por Dios, como hizo María, o me cierro en mis seguridades, materiales, seguridades intelectuales, seguridades ideológicas, pormis proyectos? ¿Dejo entrar a Dios verdaderamente en mi vida? ¿Cómo le respondo? 2. En la lectura de San Pablo que hemos escuchado, el Apóstol se dirige a su discípulo Timoteo diciéndole: Acuérdate de Jesucristo; si perseveramos con Él, reinaremos con Él.
Acordarse siempre de Cristo, la memoria de Jesucristo y esto esperseverar en la fe: Dios nos sorprende con su amor, pero nos pide que le sigamos fielmente. Nosotros podemos volvernos no fieles, pero él no puede, él es fiel y nos pide la misma fidelidad.
Pensemos cuántas veces nos hemos entusiasmado con una cosa, con un proyecto, con una tarea, pero después, ante las primeras dificultades, hemos tirado la toalla. Esto, sucede también con nuestras opciones fundamentales, como el matrimonio. La dificultad de ser constantes, de ser fieles a las decisiones tomadas, a los compromisos asumidos. A menudo es fácil decir "sí", pero después no se consigue repetir este "sí" cada día, no se logra ser fieles.
María ha dicho su "sí" a Dios, un "sí" que ha cambiado su humilde existencia de Nazaret, pero no ha sido el único, más bien ha sido el primero de otros muchos "sí" pronunciados en su corazón tanto en los momentos gozosos como en los dolorosos; todos estos "sí" culminaron en el pronunciado bajo la Cruz.
Dios nos pide que le seamos fieles cada día, en las cosas ordinarias, y añade que, a pesar de que a veces no somos fieles, Él siempre es fiel y con su misericordia no se cansa de tendernos la mano para levantarnos, para animarnos a retomar el camino, a volver a Él y confesarle nuestra debilidad para que Él nos dé su fuerza. Es el camino definitivo, siempre, con el Señor, también con nuestras debilidades, también con nuestro pecado. Nunca ir por la calle de lo provisorio. Esto nos asesina la fe. Fidelidad definitiva como la de María.
Dios es nuestra fuerza. Pienso en los diez leprosos del Evangelio curados por Jesús: salen a su encuentro, se detienen a lo lejos y le dicen a gritos: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros". Están enfermos, necesitados de amor y de fuerza, y buscan a alguien que los cure. Y Jesús responde liberándolos a todos de su enfermedad.
Llama la atención, sin embargo, que solamente uno regrese alabando a Dios a grandes gritos y dando gracias. Jesús mismo lo indica: diez han dado gritos para alcanzar la curación y uno solo ha vuelto a dar gracias a Dios a gritos y reconocer que en Él está nuestra fuerza.
Saber agradecer, saber dar gloria a Dios por lo que hace por nosotros. Miremos a María: después de la Anunciación, el primero gesto que hace es un gesto de caridad hacia su anciana pariente Isabel; y las primeras palabras que pronuncia son: "Proclama mi alma la grandeza del Señor", o sea un canto de alabanza, de agradecimiento a Dios, no solamente por lo que ha obrado en ella, sino por su historia de salvación. Todo es su don, pero si pudiéramos entender que todo es un don de Dios, cuanta felicidad habría en nuestro corazón, todo es su don.
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