El ser verdadero y plenamente católico supone percibir que la gracia es siempre oferta y siempre obra. Es una gracia que está cada día para inspirarnos, es una gracia que está ya inspirada y ya realizada en las vidas y en las obras de personas e instituciones de la Iglesia.
Roguemos a Dios, aunque parezca extraña esta petición, que nos haga católicos, porque el católico que se siente que ya es católico, ha cambiado la gracia por una mediación.
El que ya se siente seguro por la vida que ha recorrido, por la Iglesia a la que pertenece, por la comunidad en la que se encuentra, por las prácticas de devoción que tiene, por las virtudes que ha acumulado, el que ya se siente seguro, ya reemplazó la gracia por una mediación.
Pidámosle a Dios que no tengamos otra certeza que la de su amor y que el camino continuo de la gracia, al fin nos haga católicos.
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