Deseo peregrinar con ustedes y, para esto, me gustaría proponer una breve reflexión sobre el tema de la primera Jornada Mundial de la Juventud: “Siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza.” (1Pd 3, 15). El tema fue elegido por el Beato Juan Pablo II en 1986. Cuando el día 23 de marzo, en el Domingo de Ramos, las diócesis del mundo entero realizaron la I Jornada Mundial de la Juventud.
Leyendo la invitación de San Pedro a dar razón de nuestra fe, la primera cosa que pensamos es cómo defender nuestra fe en contra a los que la denigren. Pensamos en una apologética de fe, que consiste solamente en embates y discusiones para demonstrar la verdad. Este tipo de misión es necesaria e importante, sin dudas, pero debe ser ejecutada a través del amor a las personas a quienes Dios ama.
Sin embargo, muchas veces nos olvidamos que la primera y fundamental misión y apologética que podemos y debemos realizar es la del testimonio de nuestra fe a través del ejemplo. Un joven de verdadera identidad católica es aquél que transmite en las pequeñas tareas del día a día el soplo de la gracia divina. Un joven católico es alegre y entusiasta, es capaz de escuchar a todos y hablar con vivacidad de Cristo. Es aquél que en casa apoya a la familia, y en la escuela se esfuerza por estudiar, respeta a sus profesores y es cordial con todos los funcionarios de la Escuela donde estudia. Y si el adolescente practica algún deporte, es señal de caridad y armonía. Con la novia o novio busca todos los medios necesarios para vivir con santidad esta etapa importante de la vida. Es también aquél que consigue ver con los ojos de la fe los problemas sociales, familiares, psicológicos y las varias dificultades por las que pasa en la vida.
Apologética debe suponer la vivencia personal de la fe, si no se vuelve completamente vacía. Verdad sin caridad se cambia en una mentira, pues no respeta el otro como creatura amada y querida por Dios. Cristo nos dio diversas lecciones acerca de esto. Es completamente evangélica la frase: “Rechazar el pecado, pero no el pecador”. Queriendo arrancar la mala hierba, muchas veces arrancamos la buena semilla.
La caridad sin verdad es falsa. Pues solo en la verdad existe la real caridad en el sentido evangélico y cristiano. Es importante salir de la infantilidad de la fe. Esto ocurre cuando cometemos la injusticia de querer enfrentar los cuestionamientos del mundo teniendo una formación infantil. De ahí la importancia del Año de la Fe pedido por el Papa Benedicto XVI.
Es triste percibir que existen excelentes profesionales católicos, con un alto patrón de formación y especialización que exige su campo de actuación y, no obstante, poseen un contenido catequético raquítico, desnutrido. Es una tremenda injusticia con la Iglesia y con Cristo.
Entonces, ¿qué hacer? No nos quedemos con los brazos cruzados. Es necesario llevar la buena noticia de Cristo a todas las creaturas. Y no hay mejor modo de hacerlo si no a través de gestos de amor, entrega, trabajo y donación.
Hace falta la inteligencia de la fe. La Iglesia posee dos mil años de historia y tradición. Carga un patrimonio humanístico, cultural, filosófico y teológico únicos. Tenemos el Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio del Catecismo. Tenemos los Santos Padres de la Iglesia. Las encíclicas papales, los documentos de los concilios. Es necesario que sepamos dar razón de nuestra fe, pero para esto hace falta estudiarla y profundizarla siempre y cada vez más.
Nuestra fe no es puro sentimiento o solamente la invención de un grupo de hombres piadosos. Existe la racionalidad de la fe. Y en el Catolicismo esta inteligencia de la fe posee una densidad tal, que sería un pecado de omisión no conocer ni estudiar.
Tomemos las primeras palabras del evangelio de San Juan. ¿Qué encontramos allí? “En el principio era la Palabra” (Jn 1, 1) Una de las grandes cuestiones que movía la mente de los filósofos griegos era la que versaba sobre el principio y fundamento de todas las cosas. ¿Por qué las cosas existen? ¿Cuál es su fundamento? Juan presenta Cristo como la Palabra, el fundamento de todas las cosas que los griegos durante siglos buscaban. Cristo es el verdadero logos, la razón. En el cristianismo, Cristo es la razón encarnada.
Son palabras bellísimas del evangelista, que deben llenar nuestro corazón de alegría y entusiasmo por nuestra fe. Ella no es irracional o puro sentimiento. Ella es sentido y razón de ser de todas las cosas. No carguemos en nuestras almas algún sentimiento de inferioridad. No se dejen seducir por intelectualismos vacíos. Conozcan la fe que profesan.
Prepárense bien a través de una vida verdaderamente cristiana, que sea sal y luz, y pueda atraer a todos por la belleza de sus gestos y palabras. Prepárense conociendo más profundamente la doctrina y la tradición de la Iglesia. Siempre hay un motivo y una razón para que la Iglesia defienda cierta posición. Antes de criticarla, busquen conocer las razones. Debemos vivir nuestra fe con todo nuestro ser, con nuestra alma, con nuestra inteligencia y con nuestro corazón. La Iglesia ofreció a los jóvenes el catecismo adaptado a su lenguaje y, en Madrid, entregó a todos los inscriptos para la Jornada un ejemplar en su propia lengua.
Dar razón de nuestra fe es, sobre todo, vivir integralmente el cristianismo. Mucho me alegran los innumerables grupos de jóvenes que utilizan las redes para la formación cristiana. ¡Felicitaciones por la iniciativa! Y felicito a todos los jóvenes que están llevando en serio la preparación para la Jornada Mundial, a través de encuentros de oración, reflexión, reparto y misión. Motivo a todos que sigan por este camino, lo cual solo enriquece la vida de ustedes.
Que Cristo, el Logos encarnado, nos ilumine para que podamos en el día a día de nuestra vida dar razón de nuestra esperanza.
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