miércoles, 1 de mayo de 2013

Entrelazaste

¡Gracias, madre, por haberme dado tanto!
¡Gracias, madre! Tú pusiste en marcha y diste cuerda y movimiento al motor-reloj de mi corazón, de mi vida, de mis esperanzas.
¡Gracias, madre! Tú entrelazaste mis venas entre vigilias y sueños; y que me ofreciste tu sangre, tu genética, tu vida, tu fe.
¡Gracias, madre! Tú me diste un cerebro, asiento de las funciones esenciales motoras y espirituales.
¡Gracias, madre! Tú me diste dos ojos por luceros, para descubrir la belleza del mundo y poder contemplar tu sonrisa, para que así yo aprendiera a sonreírte, y descubriera tu incomparable hermosura.
Me diste dos oídos para poder percibir las sinfonías externas y escuchar tu bendita voz de madre; y dos mejillas que tejiste de piel sensible y suave, para recibir tus caricias, tus arrullos, tus besos de madre.
¡Gracias, madre, por haberme dado dos manos y dos brazos para poder refugiarme, agarrarme a tu cuello seguro y esbelto, y por formar mis dos pies para poder seguir tus pasos!
¡Gracias, madre por tu gran generosidad, por la inmensidad de tu amor y por tu incomparable ternura!
¡ Su rica vida interior le había permitido conocer la estrecha simbiosis espiritual que existe entre el dolor y el gozo, experiencia que halla quien busca a Dios con purísimo corazón: «Muchas veces he pensado que el mayor consuelo es no tener ninguno; lo he pensado y lo he experimentado […]. Alguna vez he sentido en mi corazón pequeños latidos de amor a Dios… Ansias de Él y desprecio del mundo y de mí mismo. Alguna vez he sentido el consuelo enorme e inmenso de verme solo y abandonado en los brazos de Dios. Soledad con Dios. Nadie que no lo haya experimentado, lo puede saber, y yo no lo sé explicar. Pero solo sé decir que es un consuelo que solo se experimenta en el sufrir…, y en el sufrir solo… y con Dios, está la verdadera alegría». Sus sentimientos recuerdan a las vivencias místicas de Juan de la Cruz y de Teresa de Jesús: «Es un nada desear más que sufrir. Es un ansia muy grande de vivir y morir ignorado de los hombres y del mundo entero… Es un deseo grande de todo lo que es voluntad de Dios… Es no querer nada fuera de Él… Es querer y no querer. No sé, no me sé explicar… solo Dios me entiende…». En este camino de perfección iba dejando atrás lastres que en otro tiempo le habían pesado: «Todo va cambiando en mi alma. Lo que antes me hacía sufrir…, ahora me es indiferente; en cambio, voy encontrando los repliegues en mi corazón que estaban escondidos, y que ahora salen a la luz. Lo que antes me humillaba, ahora casi me causa risa. Ya no me importa mi situación de Oblato. Veo que el último lugar es el mejor de todos; me alegro de no ser nada ni nadie, estoy encantado con mi enfermedad que me da motivos para padecer físicamente y moralmente...». El eje de su vida era Cristo: «Mi centro es Jesús, es su cruz». La conciencia de su indignidad le hacía decir: «He sido un gran pecador… Perdóname, Señor, lo que digo... Yo, Señor, nada quiero, nada me importa… solo Tú… No me hagas caso, Señor… soy un niño caprichoso. Pero Tú tienes la culpa, mi Dios…¡si no me quisieras tanto!».
Sí, gracias, madre, por haberme dado tanto!

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