1. La postura: Sentarse con la espalda y el cuello rectos, juntar los pies y apoyarlos sobre el piso. Cerrar los ojos. Una postura respetuosa, cómoda y atenta a la vez. Repasar el cuerpo de arriba a abajo y quitar toda tensión: de la frente, los ojos, la mandíbula, el cuello, los hombros, los brazos y las manos, el abdomen, la espalda, las piernas, los pies....
2.La respiración: Respirar hondo, de forma pausada, usando el mismo tiempo para inhalar, retener y expirar. Hacerlo unas diez veces. La oxigenación relaja el cuerpo y la mente.
3.El oído: Los sentidos andan normalmente dispersos, buscando o recibiendo cantidad de estímulos. En la meditación también hay que recoger los sentidos, como se recogen las hojas secas en el jardín, y hacerlo de tal manera que ese ejercicio contribuya a focalizar toda la persona en lo que se va a hacer en la oración. Puede ayudar lo siguiente: cerrar los ojos y centrar la atención del oído en el sonido más lejano que logres percibir, luego dejarlo atrás y centrarte en un sonido más cercano, luego uno más cercano, y otro más cercano, hasta escuchar sólo la propia respiración y el latido del corazón, prescindiendo de todo lo demás. Puedes imaginarte que es como los círculos concéntricos que se forman al tirar un guijarro en aguas tranquilas, pero el movimiento de las ondas va de afuera hacia el centro.
Entonces puedes evocar pasajes de la Escritura que hablan del aliento: cuando Dios sopló sobre Adán y le infundió vida (Gn 2,7), cuando Elías encontró a Dios en el sonido del silencio (1 Re 19, 12-13), cuando Cristo Resucitado sopló sobre los apóstoles y les dijo: "Recibid al Espíritu Santo" ( Jn 20,22).
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