miércoles, 29 de mayo de 2013

Orante

Dadle el don del discernimiento, para saber identificar los caminos de la renovación de la Iglesia. Dadle el coraje para no dudar en seguir los caminos sugeridos por el Espíritu Santo, amparadle en las horas duras del sufrimiento, a vencer en la caridad las probaciones que la renovación de la Iglesia le traerá. Estad siempre a su lado, pronunciando con él aquellas palabras que bien conocéis: “Yo soy la Sierva del Señor, hágase en mi según Tu palabra”.
Los caminos de renovación de la Iglesia nos llevan a redescubir la actualidad del mensaje que le habéis dejado a los pastorcillos: la exigencia de la conversión a Dios que ha sido tan ofendido, porque tan olvidado. La conversión es siempre un regreso al amor de Dios. Dios perdona porque nos ama. Es por esto que su amor se llama misericordia. La Iglesia protegida por Vuestra maternal solicitud y guiada por este pastor, tiene que afirmarse cada vez más como lugar de conversión y perdón, porque en en ella la verdad se expresa siempre en la caridad.
Vos indicasteis la oración como el camino decisivo de la conversión. Enseñad a la Iglesia que sois miembro y modelo, para que seamos cada vez más un pueblo orante, en comunión con el santo padre, el primero de los orantes de este pueblo y también en comunión silenciosa con el anterior papa, Su Santidad Benedicto XVI, que escogió el camino del orante silencioso, profundizando la Iglesia en los caminos de la oración.
ome bo"Seguir a Jesús es propiamente esto: ir por amor con Él, detrás de Él: el mismo camino, la misma vía. Y el espíritu del mundo no lo va a tolerar y nos hará sufrir, pero un sufrimiento como el de Jesús. Pidamos esta gbuenas", pero "con persecuciones". El camino del Señor, continuó, "es un camino de ‘abajamiento’, un camino que termina en la Cruz".racia: seguir a Jesús en el camino que Él nos ha revelado y que Él nos ha enseñado. Esto es hermoso, porque jamás nos deja solos. ¡Nunca! Siempre está con nosotros. dy else interest, the central principles of civilization are lost.
La fiesta de la "Visitación", toma ese nombre, por supuesto, por la visita que Nuestra Señora, la Virgen María, la Madre de Jesús, hace a su parienta Santa Isabel.
¡Hay tanto que aprender de este sencillo acontecimiento de familia! ¿Cómo supo María del embarazo de Isabel? Lo supo porque el Ángel Gabriel que se apareció a María, al contarle que Ella había sido elegida como Madre del Mesías, le dijo también: "Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez ha concebido, porque para Dios nada hay imposible" San Lucas 1,36-37.
Estas palabras eran una declaración del poder de Dios, pero eran también una invitación a servir. Y María, como buena oyente de la Palabra, acogió la invitación. Entonces, nos dice la Escritura en el evangelio según San Lucas, capítulo primero: "María, presurosa, se puso en camino hacia las montañas de Judea" San Lucas 1,39.
Es una decisión notable si tenemos en cuenta las circunstancias de la misma Virgen, Ella debía tener unos catorce, tal vez quince años, quizás un poco menos, pero toma esa decisión como persona libre, y bien sabemos cómo era la cultura en aquel tiempo, y sigue siendo en buena parte en el Medio Oriente con respecto a la mujer. Siempre se mira a la mujer como fundamentalmente dependiente del hombre. María toma esta decisión desde sí misma, obra como persona, diríamos, adulta; pero sobre todo, la mueve el anhelo de servir.
María en aquella época vivía en Nazaret que queda en la región de Galilea, tenía que atravesar la hostil región de Samaría para llegar a las montañas de Judea; allí saluda a Isabel. Y entonces, movida por el Espíritu Santo, Isabel reconoce en María a la Madre del Mesías.
Las palabras de Isabel las podemos aprovechar nosotros los católicos. Dijo Isabel: "¿De dónde a mí que venga a mí la Madre de mi Señor?"San Lucas 1,43. Yo creo que eso tenemos que tomarlo como palabras propias nosotros los que hemos recibido el tesoro tan grande que es la Madre de Jesús.
Bien, hemos escuchado varias veces cómo al pie de la Cruz Jesús nos dejó como testamento de su amor a su misma y Santísima Madre. En aquellas palabras que Cristo dijo a San Juan, nosotros nos sentimos también interpelados: "Ahí tienes a tu Madre" San Juan 19,27.
Y nosotros recibimos la visita de María, y nosotros, como Isabel, nos alegramos y repetimos: "¿De dónde a mí que venga a mí la Madre de mi Señor?" San Lucas 1,43.
Pensemos que siempre, en cada oración nuestra, y especialmente en la Eucaristía, la Santísima Virgen está presente. Las palabras de elogio de Isabel, sin embrago, no se quedan en el corazón de María; Ella no se queda con nada, Ella sólo quiere la alabanza y el servicio a Dios.
Y por eso, al escuchar estas palabras de elogio, Ella entona su sublime cántico de alabanza, que la Iglesia suele recordar por la primera palabra de la traducción al latín: "Magnificat", "engrandece mi alma al Señor" San Lucas 1,46, dice la Santísima Virgen, enseñándonos también así, que todo elogio, que todo bien que nosotros encontremos en nosotros mismos, sólo tiene un origen, y se llama Dios.

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