En efecto, se pide de nosotros que seamos radicales y al mismo tiempo equilibrados; se pide de nosotros que seamos armónicos, con esa armonía que todos admiramos en Santo Domingo de Guzmán, que seamos armónicos pero que también tengamos esa exageración que sólo conocen los enamorados.
Se pide de nosotros que tengamos una gran capacidad de silencio y una inmensa capacidad de diálogo; que estemos muy informados pero nunca confundidos; que estemos convencidos de lo que decimos, pero que nunca seamos dogmáticos.
Se quiere de nosotros que tengamos un amor inmenso por todas las cosas de esta tierra y al mismo tiempo la libertad como para dejarlas y para anunciar las cosas del cielo.
Por eso, siento que una tensión, que también es saludable, asoma a nuestros corazones a esta hora, ¿cómo hemos de ser? Una pregunta que de algún modo cada uno y cada una tendría que responder, y sin embargo, para añadir una tensión más, tendrá que responderlo en conjunto, en unión con sus hermanos de comunidad.
Porque Santo Domingo, que quiso una Orden que tuviera motor dentro de ella misma, puso al mismo tiempo en nuestra vocación, puso, porque así lo quería el Espíritu en el camino de él y en el camino de nosotros, puso en nuestro corazón la grandeza y la riqueza de una persona que responde por El evangelio como si fuera el único testigo.
Pero al mismo tiempo toda la docilidad, toda la bondad, toda la fraternidad, para saber que esa Palabra, si no va acompañada del testimonio de unos hermanos o unas hermanas podrá ser cualquier cosa menos la palabra de Jesucristo.
Ante esta abundancia de ideas y ante esta abundancia de llamados, en ese surco han de crecer las semillas de nuestros formandos y de nuestras formandas; creo que ha sido bueno que al final del congreso nos encontremos así con nuestros corazones rotulados, podríamos decir, como los campos que se abren para recibir más profundamente la semilla.
No hay comentarios:
Publicar un comentario