Cada Eucaristía es la donación entera de Dios en la
persona de su amado Jesucristo, y es también nuestra donación completa y
perfecta en este Hijo, para la gloria del Padre.
El evangelio de hoy nos
cuenta el nacimiento de San Juan Bautista, un hecho de tanta importancia en la
preparación del nacimiento mismo de Cristo.
El profeta Malaquías está anunciando la llegada de la redención,
se trata de la renovación de la Alianza. Y hay una serie, una serie de
características de la preparación para la llegada del Señor.
Se habla de un fuego de fundidor, se habla de una lejía de
lavandero, y se trata de refinar, se trata de purificar, se trata de limpiar la
plata y el oro. Esta es la primera imagen que nos ayuda a mirar nuestro propio
proceso; nos preparamos para el Señor, refinando, purificando. Esa es la
purificación.
Se habla de metales nobles, la plata y el oro; son metales que
ya son valiosos en sí mismos, pero necesitan ser purificados. Así también
nosotros, por supuesto que somos valiosos, cada uno de nosotros es precioso
ante Dios, pero eso no significa que no necesitemos esta purificación.
Al contrario, nos recuerda en algún lugar la Primera Carta de
San Juan: "El que ama a Dios, el que tiene esta esperanza en Dios, se
purifica a sí mismo" 1 Juan 3,3. Ya somos preciosos, ya somos
como plata y oro, pero necesitamos esa purificación.
Y obsérvese que estas dos comparaciones: el fundidor que refina
la plata y el oro, o el lavandero que utiliza la lejía sobre la tela que está
sucia, la ropa que está sucia.
El primer llamado que recibimos hoy, llegando al final de este
Adviento, es recordar que somos preciosos, valiosos, pero necesitamos esa
purificación, necesitamos el esfuerzo consciente de arrancar de nosotros, de
quitar de nosotros lo que no ayuda a nuestra respuesta a Dios.
Sabemos que toda vocación es respuesta, y sabemos que toda vida
es vocación. De lo que se trata entonces es de hacer de nuestra vida ese
proceso de purificación, que deja a la luz, que saca a ala luz el designio que
Dios tuvo para nosotros.
Purificarse, por supuesto, es un acto de voluntad, porque Dios
no va a destruir su propia obra; y si Él nos hizo seres libres, Él no nos va a
obligar a ser puros en su presencia. Él respeta, por así decirlo, la voluntad
que Él mismo dio. En ese sentido, purificarse es un acto nuestro. Pero en otro
sentido, purificarse es un acto de Dios.
El oro no tiene la capacidad de arrancar del todo la escoria:
necesita una ayuda externa, esa ayuda es el fuego; el oro no arde por sí mismo:
necesita un fuego que viene de fuera, y ese fuego es el que, poco a poco, hace
posible que salga del oro la escoria.
Siguiendo esa comparación, también nosotros necesitamos
someternos al fuego. Aquel que quiera purificarse necesita someterse al fuego.
No en vano la Escritura ha comparado el amor, sobre todo el amor intenso, con
amor que es fuego. Por algo se habla de un amor "ardiente", porque
arde, porque quema.
Pues nosotros tenemos que someter nuestro pequeño amor al
gran Amor; tenemos que insertar, tenemos que encerrar la pequeña llama de
nuestro amor en la inmensa llama del Amor divino.
El fuego tiene oro de brillo, pero no brilla tanto como el
fuego; porque si uno tiene oro en una habitación oscura, pues nada brilla de
ese oro. El oro no tiene luz por sí mismo, necesita de una luz para brillar.
Así también, nosotros tenemos que someternos al fuego de Dios.
El acto de la purificación no es pura resolución de la voluntad,
esta no es una tarea solamente humana; el acto de la purificación es, sobre
todo, ese rendirse, ese amoroso someterse al amor, ese declarar la victoria del
fuego de Dios en nosotros, para que se adueñe de nosotros y para que sea Él
quien finalmente nos purifique.
Luego se nos habla del profeta Elías. Este será el segundo elemento
en nuestra reflexión .
Se envía al profeta Elías, recordemos que Elías es un profeta
como un fuego, y aquí enlazan las dos imágenes: la del orfebre y la del
profeta. Elías, nos dice el libro Eclesiástico, "es un profeta como un
fuego" Eclesiástico 48,1.
Elías es el profeta de la fe verdadera, es el profeta de la perseverancia
en la soledad, es el profeta de la fidelidad exquisita, y, podríamos decir,
arriesgada hasta las últimas consecuencias.
Sólo en el silencio, en la oración, en la escucha, y en el deseo
explícito de agradar al único Dios, podemos seguir el ejemplo de Elías y
podemos prepararnos realmente para acoger a Jesucristo.
Entonces,con sabiduría aceptamos que Uno solo es el Redentor, y
que no podemos tener muchos redentores o muchos salvadores, sino que hay que
aprender a esperar de Dios.
Entonces este es el segundo elemento: Elías, Elías que nos
invita a la fidelidad dentro de la humildad, al celo sin protagonismos, al
deseo absoluto de Dios, pero sin dejar que la impureza de la vanidad, la
soberbia o el temperamento agresivo aplasten lo que estamos tratando de hacer.
Bueno, esa terminación: "para que no tenga que venir yo a
destruir la tierra" Malaquías 4,24, digamos que es más o menos
comprensible. Es evidente que si la humanidad entra en rebeldía, lo único que
le puede esperar es el desastre, eso o entendemos.
Mira el papel de Elías, o digo mejor, el papel de Juan Bautista,
o digo mejor, la tarea que también nos toca a nosotros en la preparación final para
el nacimiento de Cristo. "Convertirá el corazón de los padres hacia los
hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres" Malaquías 4,24.
Recordemos que convertirse lo que significa originalmente :
"volverse a", "dirigir la atención a", en cierto sentido
convertirse también es: recibir la luz, la inspiración, la dirección que otro
marca; convertirse también es: atender a lo que alguien tiene que decir.
"Os enviaré al
profeta Elías. Él hará que el corazón de los padres se vuelva hacia los hijos,
y el corazón de los hijos se vuelva hacia los padres" Malaquías 4,23-24.
En la Biblia, el tesoro propio de los mayores, el tesoro propio
de los padres es la experiencia: "Venid, hijos, escuchadme, os instruiré
en el temor del Señor" Salmo 33,12, dice el salmo. Lo propio de
los padres es la experiencia, lo propio de los jóvenes, en cambio, es la
vitalidad,
Malaquías creo que era más sabio que ese modo de pensar.
Malaquías dice: que el que tenga experiencia, se abra a la esperanza; y el que
tenga esperanza, se abra a la experiencia.
Entonces el que tiene experiencia, ábrase a la novedad de Dios;
y el que tiene esperanza, el que tiene vitalidad y fuerza, y el que está
buscando su pedacito en la historia del monasterio, o el pedacito en la
historia de la Iglesia, ése, con humildad, aprenda del otro, aprenda del que
tiene experiencia.
Humillémonos en la presencia de Dios, porque no hemos sabido
utilizar ni nuestra experiencia ni nuestra esperanza, y esas dos luces y
fuerzas son las que tenemos para preparar el camino cuando llegue el Señor.
Que sea Él mismo, con el bálsamo, con el amor destilado de su
piedad, el que nos ayude, para que todos, con un solo corazón, le preparemos
una morada, un lugar bien dispuesto, y Él pueda nacer, vivir y reinar en medio
de nosotros.