La vocación no destruye el pasado, sino que lo lee, lo
desenreda.¡es tan hermoso lo que sale!. En el cielo hay como un himno inmenso y
cada una de las líneas es la vida de un santo, todos ellos con esas mismas
letras podrían decir otros lenguajes, otras palabras, pero Cristo llegó y puso
en orden las letras y apareció entre todos un himno de alabanza al Padre
Creador.
La vocación no termina cuando Cristo llamó a Pedro, lo llamó en
este contexto de un lago y una pesca, el evangelio de Juan nos cuenta de otro
lago y de otra pesca, El Resucitado se aparece frente a algunos de los
Apóstoles y también ahí está Pedro pescando, cuánto camino recorrido entre el
primer lago y el segundo lago y ahí está de nuevo Pedro; y Cristo le vuelve a decir
a Pedro: “Sígueme” San Juan 21,22.
Es muy importante esta enseñanza del doble llamado, porque nos
recuerda, entre otras cosas, que la vocación no es algo que termina una vez por
todas, y nos enseña también que la conversión tiene que acontecer más de una
vez en la vida.
El Espíritu Santo nos
ayude,Cuando Dios nos llama a lo desconocido, hay un elemento de riesgo, hay un
elemento de aventura, pero cuando Dios lo llama a lo conocido, hay un elemento
de abnegación, hay un elemento de humildad, de silencio, de muerte.
Dios nos llama. Las primeras lágrimas son las lágrimas del gozo,
de la emoción, de la alegría: "ha puesto sus ojos en mí"; las segundas
lágrimas son lágrimas distintas de un amor destilado, de un amor purificado.
Hay encuentros vocacionales para la primera llamada, pero casi
no se hacen encuentros vocacionales para la segunda llamada. Para la primera
llamada es relativamente fácil hacer un encuentro vocacional.
Hay un mundo fascinante que se llama la santicidad, es
relativamente fácil.
Se descubre que esa flor se le seca el rocío y se marchita.
Un filósofo y hermeneuta francés, Paul Ricoeur,
Esa es la dimensión profunda de la vocación, pero todavía no es
la dimensión última de la vocación; la dimensión última de la vocación sucede
en el lecho de la muerte, esa también es una vocación.
El evangelio, este mismo evangelio de Mateo, en el capítulo 25
nos cuenta a Cristo como rey y juez de las naciones, y ahí hay un llamado:
“Venid aquí, dijo, venid y seguidme” San Mateo 25,34.
Hay un llamado, es el llamado de la aurora del cielo, que es el
llamado último: “Venid, benditos de mi padre” San Mateo 25,34,
que se contrapone patéticamente a la palabra
que se les dirige a los otros: “Apartaos de mí” San Mateo 25,41.
“Venid benditos...."; "apartaos de mí,
malditos....” San Mateo 25,34-41. Es el momento decisivo, es el
llamado último, es el llamado de la muerte.
Nosotros queremos vivir estos llamados, los llamados de la gracia,
los llamados de la vocación, los llamados del amor, queremos acoger esos
llamados en la vida, queremos escuchar el llamado de Cristo a la hora de la
muerte.“ Ven y sígueme” San Mateo 9,9, dijo Cristo aquí, ese es el mismo llamado que queremos
oir a la hora de la muerte.
Estaban muy tristes los Apóstoles en esas conversaciones de la
Última Cena, y Cristo les dijo, "Yo me voy a prepararles un lugar, en la
casa de mi Padre hay muchas estancias" San Juan 14,2; "yo me voy a prepararles un lugar, y después, -dice
con una ternura inagotable-, volveré y los llevaré conmigo" San Juan 14,3.
"Voy a prepararles un lugar, después vengo y los
recojo", eso es lo que sucede a la hora de la muerte.
También la muerte es una vocación, es un llamado, es el llamado
definitivo, “ven y sígueme” sígueme para que, ya no para trabajar, sino para
descansar, ya no es el tiempo de la evangelización sino de la sola alabanza, no
es el tiempo para que tu hagas por otros, es el tiempo para atenderte.
"Os digo en verdad", les dijo Jesús en una parábola,
El mismo les hará sentar y se aprestará a atenderlos.
Pidamos en este día al Señor que bendiga nuestra vocación,
vocación a la vida, vocación a la fe, vocación a la gracia, vocación a la
santidad -
Que bendiga ese llamado, que nos haga dóciles, no sólo a los
llamados de primavera, sino también a los llamados de invierno; no sólo a los
llamados con violines, sino también a los llamados en solitario, a capela, en
soledad y en el ocaso.
Que nos haga dóciles a esos llamados y que disponga nuestro
corazón para cuando llegue el último llamado, para que también ahí nos pueda
decir: “Ven y sígueme”; “el banquete está preparado y hay puesto para ti en mi
mesa”.
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