sábado, 10 de diciembre de 2016

Acontecer

La vocación no destruye el pasado, sino que lo lee, lo desenreda.¡es tan hermoso lo que sale!. En el cielo hay como un himno inmenso y cada una de las líneas es la vida de un santo, todos ellos con esas mismas letras podrían decir otros lenguajes, otras palabras, pero Cristo llegó y puso en orden las letras y apareció entre todos un himno de alabanza al Padre Creador.
La vocación no termina cuando Cristo llamó a Pedro, lo llamó en este contexto de un lago y una pesca, el evangelio de Juan nos cuenta de otro lago y de otra pesca, El Resucitado se aparece frente a algunos de los Apóstoles y también ahí está Pedro pescando, cuánto camino recorrido entre el primer lago y el segundo lago y ahí está de nuevo Pedro; y Cristo le vuelve a decir a Pedro: “Sígueme” San Juan 21,22.
Es muy importante esta enseñanza del doble llamado, porque nos recuerda, entre otras cosas, que la vocación no es algo que termina una vez por todas, y nos enseña también que la conversión tiene que acontecer más de una vez en la vida.
 El Espíritu Santo nos ayude,Cuando Dios nos llama a lo desconocido, hay un elemento de riesgo, hay un elemento de aventura, pero cuando Dios lo llama a lo conocido, hay un elemento de abnegación, hay un elemento de humildad, de silencio, de muerte.
Dios nos llama. Las primeras lágrimas son las lágrimas del gozo, de la emoción, de la alegría: "ha puesto sus ojos en mí"; las segundas lágrimas son lágrimas distintas de un amor destilado, de un amor purificado.
Hay encuentros vocacionales para la primera llamada, pero casi no se hacen encuentros vocacionales para la segunda llamada. Para la primera llamada es relativamente fácil hacer un encuentro vocacional.
Hay un mundo fascinante que se llama la santicidad, es relativamente fácil.
Se descubre que esa flor se le seca el rocío y se marchita.
Un filósofo y hermeneuta francés, Paul Ricoeur,
Esa es la dimensión profunda de la vocación, pero todavía no es la dimensión última de la vocación; la dimensión última de la vocación sucede en el lecho de la muerte, esa también es una vocación.
El evangelio, este mismo evangelio de Mateo, en el capítulo 25 nos cuenta a Cristo como rey y juez de las naciones, y ahí hay un llamado: “Venid aquí, dijo, venid y seguidme” San Mateo 25,34.
Hay un llamado, es el llamado de la aurora del cielo, que es el llamado último: “Venid, benditos de mi padre” San Mateo 25,34, que se contrapone patéticamente a la palabra que se les dirige a los otros: “Apartaos de mí” San Mateo 25,41.
“Venid benditos...."; "apartaos de mí, malditos....” San Mateo 25,34-41. Es el momento decisivo, es el llamado último, es el llamado de la muerte.
Nosotros queremos vivir estos llamados, los llamados de la gracia, los llamados de la vocación, los llamados del amor, queremos acoger esos llamados en la vida, queremos escuchar el llamado de Cristo a la hora de la muerte.“ Ven y sígueme” San Mateo 9,9, dijo Cristo aquí, ese es el mismo llamado que queremos oir a la hora de la muerte.
Estaban muy tristes los Apóstoles en esas conversaciones de la Última Cena, y Cristo les dijo, "Yo me voy a prepararles un lugar, en la casa de mi Padre hay muchas estancias" San Juan 14,2; "yo me voy a prepararles un lugar, y después, -dice con una ternura inagotable-, volveré y los llevaré conmigo" San Juan 14,3.
"Voy a prepararles un lugar, después vengo y los recojo", eso es lo que sucede a la hora de la muerte.
También la muerte es una vocación, es un llamado, es el llamado definitivo, “ven y sígueme” sígueme para que, ya no para trabajar, sino para descansar, ya no es el tiempo de la evangelización sino de la sola alabanza, no es el tiempo para que tu hagas por otros, es el tiempo para atenderte.
"Os digo en verdad", les dijo Jesús en una parábola, El mismo les hará sentar y se aprestará a atenderlos.
Pidamos en este día al Señor que bendiga nuestra vocación, vocación a la vida, vocación a la fe, vocación a la gracia, vocación a la santidad -
Que bendiga ese llamado, que nos haga dóciles, no sólo a los llamados de primavera, sino también a los llamados de invierno; no sólo a los llamados con violines, sino también a los llamados en solitario, a capela, en soledad y en el ocaso.

Que nos haga dóciles a esos llamados y que disponga nuestro corazón para cuando llegue el último llamado, para que también ahí nos pueda decir: “Ven y sígueme”; “el banquete está preparado y hay puesto para ti en mi mesa”.

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