El Dios del Antiguo Testamento conoce bien el lenguaje de la
ternura, porque es el mismo Dios de siempre, porque en Él no hay cambio y por
eso nos dice: "No temas, no te sonrojes; olvidarás la vergüenza de tus
años jóvenes, no volverás a recordar el deshonor de tu viudez" Isaías 54,4.
Este es un Dios que sabe consolar, este es un Dios que sabe
envolvernos en su ternura, acariciarnos en su amor que perdona. ¡Ese es nuestro
Dios! ¡Está ahí en ese texto del Antiguo Testamento!
En el Nuevo están las exigencias de santidad y de perfección,
sólo que viene el auxilio de la gracia, y es con la potencia de la gracia con
la que logramos lo que no se lograba en la Ley de Moisés y mucho más que eso,
porque estamos llamados a santidad según el modelo que Cristo nos ha mostrado.
Qué importante es saber decir las dos cosas: que Dios
es justo y que Dios es compasivo; qué importante decir las dos cosas: que Dios
es poderoso y que Dios es humilde; qué importante decir las dos cosas: que Dios
conoce toda mi miseria, pero que Dios reconoce toda su misericordia.
Es lo que ha llegado a nosotros en la Navidad..
Es lo que viene para nosotros en esta Navidad: el misterio de unir lo
grande y lo pequeño, lo infinito y lo finito; el misterio que nos permite unir
y reconocer que solo Él es todopoderoso, que solo Él es grande, que sólo Él es
santo, y al mismo tiempo, que ese Santo nos hace llamados y capaces de santidad
con el auxilio de su amor, con el auxilio de su gracia que ha venido en Jesús.
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