Sí, volver la mirada a los santos, es llenar el corazón de
esperanza y de alegría.
Qué importantes son los santos en la vida del cristiano, porque
los santos son la continuación de las páginas del Evangelio.
Qué generoso San Francisco, qué poeta, qué cantor del amor
divino, para descubrir ese amor, cuantas heridas causó Francisco al mismo
corazón de su Señor. Hermoso y grande San Agustín, sí, y su palabra nos
conmueve, su enseñaza nos hace derramar lágrimas de arrepentimiento y de
gratitud, pero cuántas cosas vivió antes de su conversiòn.
Volvemos nuestros ojos a la Santísima Virgen María. Aquí que
vengan los poetas, los sabios, aquí que se reúnan las criaturas todas del
universo; aquí que todos canten con lo mejor de su belleza; aquí que todas las
miradas descansen y se posen y se gocen en un amor que pudo realizarse plena y
completamente. No hay lunar alguno. Eso es lo que estamos celebrando, eso es lo
que conmueve mi corazón.
No hay lunar alguno, en ese rostro bellísimo, en ese corazón
purísimo, en esa carne santísima, en esa oración viva, llena del mismo Dios; no
hay lunar alguno y esto quiere decir que en Ella y también con Ella, Dios
realizó toda su obra. Nunca Dios fue tan Dios como cuando hizo a María, nunca
Dios fue tan Dios como cuando escuchó su oración, cuando la hizo crecer en
virtud, cuando la acogió para siempre en la gloria.
María es la obra acabada, hermosa, perfecta de Dios el Creador.
A Dios Creador lo celebramos en todos sus santos, y cuando nos alegramos en los
santos y cuando le aplaudimos sus santos, le estamos diciendo: “Te quedó bien
hecho, qué bien hecho te quedó San Maximiliano María Kolbe, qué santazo tan
grande; qué bien hecha te quedó Catalina de Siena, qué hermoso te quedó ese San
Francisco, es una belleza de hombre". En todos los santos celebramos a
Dios como Creador, porque Él es el único Hacedor de todo cuanto existe.
Pero otro lenguaje, tal vez otra lengua, una lengua que nadie ha
descubierto, otra lengua que sólo tiene el Espíritu Santo, lengua de fuego;
otra lengua tendríamos que tener para decirle al Dios Creador cómo le quedó
hecha la criatura por excelencia, la belleza por excelencia, la Santa entre las
santas, la siempre Virgen y gloriosa María, Madre de su Hijo Nuestro Señor.
En Ella, en la Virgen María, Dios pudo mostrar todo lo que podía
hacer. ¡Cómo me duelen mis pecados a esta hora, cómo me duele ser un pecador!
Porque cada una de mis culpas, cada uno de mis pecados, ha sido como un freno
que le he puesto a la mano de Dios.
Dios ha querido hacernos a cada uno de nosotros, bien lo dice la
Divina Escritura: "A su imagen, a su semenjanza” Génesis 1,26. Y
si a alguien se le había olvidado, lo repite el Señor Jesús en el Santo
Evangelio: “Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre Celestial” San Mateo 5,48.
Este pintor maravilloso, este infinito artesano y bendito
artista, Dios, mi creador. Dios, escultor por encima de toda imaginación,
fantástico creador por encima de toda fantasía, ha tenido que frenar su obra
ante mis pecados, y por eso el rostro de nosotros los pecadores, la vida de
nosotros los pecadores, lleva las huellas del sí de Dios, pero lamentablemente
lleva las huellas del "no" que nosotros a veces le hemos dicho.
La vida de la Virgen
María, lleva el sello de un "sí" continuo, de un amén continuo, de
una fe continua, de un amor continuo.
Este es el misterio que tienen los ojos de la Virgen María. Yo
me alegro por aquellos a quienes Dios les ha concedido ver a la Virgen; yo
felicito y me alegro de las personas que han podido mirar a la Virgen María. Los
ojos de Ella.
Con los ojos de la Virgen María no sucede así. Si tú le miras a
los ojos, tú sientes un camino infinito, la sientes mujer, la sientes joven, la
sientes niña.
Tú puedes mirar la infancia de la Virgen, mirarla Niña, con
mirarla a los ojos, la puedes mirar niña, porque no hay ninguna ruptura, porque
no hay ninguna fractura, porque nada se rompió, porque Ella, en el fondo y en
la realidad de su carne y de su alma, tiene toda la belleza de la niña, así
como la madurez de la edad adulta.
Bendita la Virgen María que tiene la inocencia, la belleza, la
experiencia; que tiene toda la belleza del niño, toda la pureza del niño, toda
la inocencia del niño, todo el vigor del joven, toda la esperanza del joven,
toda la experiencia del adulto, toda la ecuanimidad y la prudencia del adulto,
toda la madurez y desprendimiento del anciano; es muy bella, y en sus ojos,
nuestros ojos cansados, descansan.
Feliz el que mira los ojos de la Virgen María. En esos ojos
inmaculados, por fin el corazón reposa, porque son ojos que no tienen fracturas,
son ojos que te abren el camino a una vida en la que no hay nada que se haya
roto.
Es un cielo, tener a María, mirar a María. Yo creo que ya no hay
mucha distancia entre eso y el cielo; abrazarla, recibirla, amarla, aceptarla,
acoger esa propuesta de esos ojos que han llorado por el pecado del mundo, de
ese corazón que ruega por ti, por mí, recibir esa propuesta de ese corazón,
tomar esas manitos, mirar esos ojos, ya no hay mucha distancia entre el cielo y
eso, no hay mucha distancia.
Esta es una fiesta de cielo, esta es una fiesta de gloria y de
cielo; esta es una fiesta de gloria, de gozo y de cielo; y por eso, si nuestra
mente, que a veces carece tanto de luz, si nuestra mente y nuestro corazón alcanzan
a alegrarse tanto en ella, yo me pregunto cuánto se alegrarán los Ángeles.
Porque los Ángeles, bendecidos por la misma gracia de Dios,
pueden con mayor profundidad, con mayor agilidad, con mayor sabiduría y sobre
todo, con mayor amor, descubrir en los ojos y en el Corazón Inmaculado de la
Virgen, al mismísimo Dios a quienes ellos adoran.
Los Ángeles, en un movimiento espontáneo e irreprimible de su
corazón repleto de Dios, la reconocen a Ella como Reina, la reconocen como
Señora, porque en Ella de tal manera obra Dios, de tal manera obra su poder de
redención, que en Ella y a través de Ella, se reconoce mejor que en cualquier
otra criatura, la acción misericordiosa del Creador
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