La
Inmaculada Concepción, es Abrirle espacio al Hijo de Dios acoger su reinado; abrirle espacio al Hijo de Dios significa recibir la
potencia de su gracia, de su amor, de su luz. en esto encontramos el nexo profundo que une a
la Inmaculada con cada uno de nosotros, porque también nosotros tenemos que
quedar embarazados de Cristo, porque también nosotros tenemos que abrirle
espacio a Cristo, porque también nosotros tenemos que ser morada de Cristo.
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Cristo tiene que llegar a nosotros para vivir todo su misterio,
para realizar toda su obra, para completar ese misterio de salvación y de amor
que había quedado incompleto, que había quedado roto por obra del pecado.
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Jesucristo tiene que llegar y tiene que triunfar en nuestra
vida, y yo tengo que abrirle espacio a Cristo para que Cristo llegue y haga
toda su obra.
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Es un espectáculo hermoso, es una poesía viva contemplar a una
mamá en gestación. Cómo ella tiene que acomodar su propio cuerpo, sus huesos,
sus tejidos, su piel, todo tiene que acomodarlo para que el bebé pueda vivir.
Tiene que aprender a caminar, a alimentarse, a sentarse, a acostarse. El bebé
no llega únicamente a los tejidos de ella, llega a toda la vida de ella, y por
eso las mamás gestantes tienen que educarse y tienen que entrenarse en una
serie de cambios que deben hacer en su vida.
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En cambio, cuando se trata de Jesucristo, cuando se trata de que
Cristo sea concebido en nuestra vida, cuando se trata de quedar
existencialmente embarazados de Cristo, se trata también de que Cristo lo colme
todo. Esto es lo mismo que expresa el Apóstol San Pablo en su famosa frase “Ya no vivo
yo, es Cristo quien vive en mí” Carta a los Gálatas 2,20.
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San Pablo estaba preñado de la gloria de Dios, estaba preñado de
la presencia de Jesucristo, estaba tan completamente lleno de Jesucristo que no
quedaba espacio para Pablo; Pablo había desaparecido, ya solo quedaba Cristo.
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Cristo, le abrimos el espacio en nuestra vida que no quede
espacio para nada más.
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Eso es colmarnos de la presencia de Dios, eso es ser digna
morada de Cristo. No es digna morada de Cristo aquella vida que se reserva
todavía un poquito. Solo es digna morada de Cristo aquél o aquella que abre
todo su espacio para el misterio del Verbo Encarnado, del Dios salvador, del
Rey y buen Pastor de nuestras almas.
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María Santísima, por supuesto, es el ejemplo más elocuente de lo
que esto significa, y Ella necesitaba estar completamente llena del amor de
Dios, de la bendición de Dios y de la presencia de Dios. Así la saludó el
ángel, como lo recordamos en el evangelio de hoy, la saludó: “Llena de Gracia” San Lucas 1,28, no
había espacio para nada más, solo había espacio para la gracia de Dios; no
había espacio para nada más, solo espacio para el amor de Dios, la bendición de
Dios y la luz de Dios.
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No quedó espacio para María, todo lo llenó Jesucristo. Eso se
llama comunión, eso se llama santidad, eso se llama inhabitación divina en el
corazón humano. Así tiene que suceder también en nosotros. Pero el caso de
María sigue siendo aún más singular, porque resulta que Ella, –y lo mismo San
José-, pero sobre todo Ella, tenía como misión particular ejercer autoridad
sobre Cristo.
· Donde el misterio se vuelve sublime, y
es aquí donde uno comprende cuáles fueron los caminos de oración y de reflexión
que llevaron al Papa, en el siglo XIX, a declarar el misterio de la Inmaculada
Concepción. ¿Cuáles fueron esos caminos? Toma la frase que dije hace un
instante: María como mamá tenía verdadero poder sobre Jesucristo. En efecto,
toda mamá tiene poder sobre el hijo: tiene poder para enseñarle, poder para
corregirle, tiene poder para darle las primeras palabras y las primeras
oraciones.
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Y es aquí donde descubrimos cuál fue el camino que siguió el
Papa para declarar la Inmaculada Concepción. No cabe pensar que haya ni la más
mínima sombra de pecado en aquél que tiene poder sobre Jesucristo. No poder
simplemente para alimentarlo, para guiarlo, sino poder para construirlo en su
verdadera humanidad, la misma humanidad que Él entregó por nosotros en la Cruz.
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La muerte no tuvo poder sobre Él porque el pecado no tuvo poder
sobre Él. Así entendemos que María no es Dios pero tenía que ser, en cierto
sentido, divina; es decir, tenía que estar de tal modo habitada por el poder
del amor de Dios y por la luz de Dios, que todo lo que Ella hacía en la tierra
era como traducción del amor inefable y eterno que el Padre Celestial tiene a
su Hijo en el cielo.
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¡Esa es la santidad de María!.La vocación única, la vocación
bendita de esta santa, santísima Mujer, que fue en cierto modo divinizada, es
decir, fue en cierto modo transfigurada por la divinidad.
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San Juan dice: “Nosotros ya somos hijos de Dios. No se ha rebelado lo
que seremos. Cuando se manifieste, seremos semejantes a Él” 1 Juan 3,2. Este
es el verdadero objetivo de la existencia que Dios nos concedió: ser
deificados, ser divinizados, ser completamente poseídos por la gloria del
Padre; para eso hemos nacido, esa es nuestra vocación más humana: Llegar a ser
plenamente como Dios, por gracia de Dios.
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Si esa es la vocación que todos tenemos, según declara San Pedro
y según repite San Juan, no tiene nada de extraño que nosotros digamos que en
María, para poder realizar su vocación, se ha completado esa presencia densa,
esa presencia victoriosa, es presencia irreversible, esa presencia perfumada,
soberana de Dios.
Todo lo que Ella hizo teniendo
poder sobre Jesucristo, todo lo que Ella hizo correspondía exactamente a lo que
el Padre Celestial quería para su Hijo desde toda la eternidad. Este grado de
fidelidad, este agrado de absoluta concordia con el querer divino no es posible
tenerlo si no es en la total transparencia para la luz de Dios. Esa total
transparencia es la que celebramos en la fiesta de la Inmaculada Concepción.
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María como transparencia divina; María como cristal purísimo que
deja pasar toda la luz; María como
Aquella
infinitamente dócil según declaran sus propias palabras: “Aquí está la esclava
del Señor” San Lucas 1,38.
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Porque el sacerdote de Cristo se parece a
María, por lo menos en una centella: en que también tiene algo del poder sobre
el Cuerpo de Jesucristo: poder para amar, poder para servir, pero al fin y al
cabo un poder real que la Iglesia necesita para subsistir.
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En la Inmaculada Concepción, alabemos a Dios nuestro Padre. Todo
lo que María tiene lo tiene para la gloria de Cristo,para la obra de Cristo y
para el evangelio de Cristo. No se puede mirarla a Ella sin reconocer que Dios
es misericordia infinita, abismo de piedad que no acaba.
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Alegrémonos en María, felicitémosla con gozo en los comienzos,
en los albores de su existencia y pidamos al Señor que nosotros todos, pero
especialmente los sacerdotes, vivamos con mayor fidelidad y con mayor entrega
el misterio de amor que hemos recibido de las entrañas de María, de la palabra
de María y del abrazo de María.
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¡Bendito sea el Hijo de María, hoy y siempre!
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