viernes, 16 de diciembre de 2016

Espacio

 La Inmaculada Concepción, es Abrirle espacio al Hijo de Dios acoger su reinado; abrirle espacio al Hijo de Dios significa recibir la potencia de su gracia, de su amor, de su luz.  en esto encontramos el nexo profundo que une a la Inmaculada con cada uno de nosotros, porque también nosotros tenemos que quedar embarazados de Cristo, porque también nosotros tenemos que abrirle espacio a Cristo, porque también nosotros tenemos que ser morada de Cristo.
·         Cristo tiene que llegar a nosotros para vivir todo su misterio, para realizar toda su obra, para completar ese misterio de salvación y de amor que había quedado incompleto, que había quedado roto por obra del pecado.
·         Jesucristo tiene que llegar y tiene que triunfar en nuestra vida, y yo tengo que abrirle espacio a Cristo para que Cristo llegue y haga toda su obra.
·         Es un espectáculo hermoso, es una poesía viva contemplar a una mamá en gestación. Cómo ella tiene que acomodar su propio cuerpo, sus huesos, sus tejidos, su piel, todo tiene que acomodarlo para que el bebé pueda vivir. Tiene que aprender a caminar, a alimentarse, a sentarse, a acostarse. El bebé no llega únicamente a los tejidos de ella, llega a toda la vida de ella, y por eso las mamás gestantes tienen que educarse y tienen que entrenarse en una serie de cambios que deben hacer en su vida.
·         En cambio, cuando se trata de Jesucristo, cuando se trata de que Cristo sea concebido en nuestra vida, cuando se trata de quedar existencialmente embarazados de Cristo, se trata también de que Cristo lo colme todo. Esto es lo mismo que expresa el Apóstol San Pablo en su famosa frase “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” Carta a los Gálatas 2,20.
·         San Pablo estaba preñado de la gloria de Dios, estaba preñado de la presencia de Jesucristo, estaba tan completamente lleno de Jesucristo que no quedaba espacio para Pablo; Pablo había desaparecido, ya solo quedaba Cristo.
·         Cristo, le abrimos el espacio en nuestra vida que no quede espacio para nada más.
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·         Eso es colmarnos de la presencia de Dios, eso es ser digna morada de Cristo. No es digna morada de Cristo aquella vida que se reserva todavía un poquito. Solo es digna morada de Cristo aquél o aquella que abre todo su espacio para el misterio del Verbo Encarnado, del Dios salvador, del Rey y buen Pastor de nuestras almas.
·         María Santísima, por supuesto, es el ejemplo más elocuente de lo que esto significa, y Ella necesitaba estar completamente llena del amor de Dios, de la bendición de Dios y de la presencia de Dios. Así la saludó el ángel, como lo recordamos en el evangelio de hoy, la saludó: “Llena de Gracia” San Lucas 1,28, no había espacio para nada más, solo había espacio para la gracia de Dios; no había espacio para nada más, solo espacio para el amor de Dios, la bendición de Dios y la luz de Dios.
·         No quedó espacio para María, todo lo llenó Jesucristo. Eso se llama comunión, eso se llama santidad, eso se llama inhabitación divina en el corazón humano. Así tiene que suceder también en nosotros. Pero el caso de María sigue siendo aún más singular, porque resulta que Ella, –y lo mismo San José-, pero sobre todo Ella, tenía como misión particular ejercer autoridad sobre Cristo.
·         Donde el misterio se vuelve sublime, y es aquí donde uno comprende cuáles fueron los caminos de oración y de reflexión que llevaron al Papa, en el siglo XIX, a declarar el misterio de la Inmaculada Concepción. ¿Cuáles fueron esos caminos? Toma la frase que dije hace un instante: María como mamá tenía verdadero poder sobre Jesucristo. En efecto, toda mamá tiene poder sobre el hijo: tiene poder para enseñarle, poder para corregirle, tiene poder para darle las primeras palabras y las primeras oraciones.
·         Y es aquí donde descubrimos cuál fue el camino que siguió el Papa para declarar la Inmaculada Concepción. No cabe pensar que haya ni la más mínima sombra de pecado en aquél que tiene poder sobre Jesucristo. No poder simplemente para alimentarlo, para guiarlo, sino poder para construirlo en su verdadera humanidad, la misma humanidad que Él entregó por nosotros en la Cruz.
·         La muerte no tuvo poder sobre Él porque el pecado no tuvo poder sobre Él. Así entendemos que María no es Dios pero tenía que ser, en cierto sentido, divina; es decir, tenía que estar de tal modo habitada por el poder del amor de Dios y por la luz de Dios, que todo lo que Ella hacía en la tierra era como traducción del amor inefable y eterno que el Padre Celestial tiene a su Hijo en el cielo.
·         ¡Esa es la santidad de María!.La vocación única, la vocación bendita de esta santa, santísima Mujer, que fue en cierto modo divinizada, es decir, fue en cierto modo transfigurada por la divinidad.
·         San Juan dice: “Nosotros ya somos hijos de Dios. No se ha rebelado lo que seremos. Cuando se manifieste, seremos semejantes a Él” 1 Juan 3,2. Este es el verdadero objetivo de la existencia que Dios nos concedió: ser deificados, ser divinizados, ser completamente poseídos por la gloria del Padre; para eso hemos nacido, esa es nuestra vocación más humana: Llegar a ser plenamente como Dios, por gracia de Dios.
·         Si esa es la vocación que todos tenemos, según declara San Pedro y según repite San Juan, no tiene nada de extraño que nosotros digamos que en María, para poder realizar su vocación, se ha completado esa presencia densa, esa presencia victoriosa, es presencia irreversible, esa presencia perfumada, soberana de Dios.
 Todo lo que Ella hizo teniendo poder sobre Jesucristo, todo lo que Ella hizo correspondía exactamente a lo que el Padre Celestial quería para su Hijo desde toda la eternidad. Este grado de fidelidad, este agrado de absoluta concordia con el querer divino no es posible tenerlo si no es en la total transparencia para la luz de Dios. Esa total transparencia es la que celebramos en la fiesta de la Inmaculada Concepción.
·         María como transparencia divina; María como cristal purísimo que deja pasar toda la luz;  María como Aquella infinitamente dócil según declaran sus propias palabras: “Aquí está la esclava del Señor” San Lucas 1,38.
·         Porque el sacerdote de Cristo se parece a María, por lo menos en una centella: en que también tiene algo del poder sobre el Cuerpo de Jesucristo: poder para amar, poder para servir, pero al fin y al cabo un poder real que la Iglesia necesita para subsistir.
·         En la Inmaculada Concepción, alabemos a Dios nuestro Padre. Todo lo que María tiene lo tiene para la gloria de Cristo,para la obra de Cristo y para el evangelio de Cristo. No se puede mirarla a Ella sin reconocer que Dios es misericordia infinita, abismo de piedad que no acaba.
·         Alegrémonos en María, felicitémosla con gozo en los comienzos, en los albores de su existencia y pidamos al Señor que nosotros todos, pero especialmente los sacerdotes, vivamos con mayor fidelidad y con mayor entrega el misterio de amor que hemos recibido de las entrañas de María, de la palabra de María y del abrazo de María.

·         ¡Bendito sea el Hijo de María, hoy y siempre!

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