Así lo conceda Dios en su bondad. Lo entregó todo y lo perdió todo porque tenía un tesoro en los
cielos y porque estaba esperando, también ella, cuando desfallecían sus
fuerzas, el retorno de Jesucristo; y también ella en su lecho de agonía decía:
"¡ven, Señor Jesús!". Esa expresión, ese cántico que es el anhelo
grande de la Iglesia. "¡ven, Señor Jesús!"
La novia que es la Iglesia, movida por el amor que es el Espíritu
no sabe decir otra cosa, porque no conoce otras bodas ni espera otro matrimonio
que la unión con Jesucristo.
Que Dios bendiga a todos los que inspirados por ese mismo
Espíritu saben dejar de lado tantas cosas de esta tierra. Que Dios bendiga
particularmente a las santas vírgenes, religiosas, consagradas de todas las
latitudes, de todos los tiempos, porque cada virgen consagrada, cada religiosa
que vive en santidad su vocación es como una imagen viva, es una palabra que
bendice a este mundo, mientras repite: "nada me llena, nada me sacia, nada
me basta; sólo Dios, sólo Dios Basta, sólo Dios, sólo Dios puede llenar mi
corazón".
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