sábado, 31 de diciembre de 2016

Eclesiastico 48,1

 Cada Eucaristía es la donación entera de Dios en la persona de su amado Jesucristo, y es también nuestra donación completa y perfecta en este Hijo, para la gloria del Padre.
 El evangelio de hoy nos cuenta el nacimiento de San Juan Bautista, un hecho de tanta importancia en la preparación del nacimiento mismo de Cristo.
El profeta Malaquías está anunciando la llegada de la redención, se trata de la renovación de la Alianza. Y hay una serie, una serie de características de la preparación para la llegada del Señor.
Se habla de un fuego de fundidor, se habla de una lejía de lavandero, y se trata de refinar, se trata de purificar, se trata de limpiar la plata y el oro. Esta es la primera imagen que nos ayuda a mirar nuestro propio proceso; nos preparamos para el Señor, refinando, purificando. Esa es la purificación.
Se habla de metales nobles, la plata y el oro; son metales que ya son valiosos en sí mismos, pero necesitan ser purificados. Así también nosotros, por supuesto que somos valiosos, cada uno de nosotros es precioso ante Dios, pero eso no significa que no necesitemos esta purificación.
Al contrario, nos recuerda en algún lugar la Primera Carta de San Juan: "El que ama a Dios, el que tiene esta esperanza en Dios, se purifica a sí mismo" 1 Juan 3,3. Ya somos preciosos, ya somos como plata y oro, pero necesitamos esa purificación.
Y obsérvese que estas dos comparaciones: el fundidor que refina la plata y el oro, o el lavandero que utiliza la lejía sobre la tela que está sucia, la ropa que está sucia.
El primer llamado que recibimos hoy, llegando al final de este Adviento, es recordar que somos preciosos, valiosos, pero necesitamos esa purificación, necesitamos el esfuerzo consciente de arrancar de nosotros, de quitar de nosotros lo que no ayuda a nuestra respuesta a Dios.
Sabemos que toda vocación es respuesta, y sabemos que toda vida es vocación. De lo que se trata entonces es de hacer de nuestra vida ese proceso de purificación, que deja a la luz, que saca a ala luz el designio que Dios tuvo para nosotros.
Purificarse, por supuesto, es un acto de voluntad, porque Dios no va a destruir su propia obra; y si Él nos hizo seres libres, Él no nos va a obligar a ser puros en su presencia. Él respeta, por así decirlo, la voluntad que Él mismo dio. En ese sentido, purificarse es un acto nuestro. Pero en otro sentido, purificarse es un acto de Dios.
El oro no tiene la capacidad de arrancar del todo la escoria: necesita una ayuda externa, esa ayuda es el fuego; el oro no arde por sí mismo: necesita un fuego que viene de fuera, y ese fuego es el que, poco a poco, hace posible que salga del oro la escoria.
Siguiendo esa comparación, también nosotros necesitamos someternos al fuego. Aquel que quiera purificarse necesita someterse al fuego. No en vano la Escritura ha comparado el amor, sobre todo el amor intenso, con amor que es fuego. Por algo se habla de un amor "ardiente", porque arde, porque quema.
Pues nosotros tenemos que someter nuestro pequeño amor al gran Amor; tenemos que insertar, tenemos que encerrar la pequeña llama de nuestro amor en la inmensa llama del Amor divino.
El fuego tiene oro de brillo, pero no brilla tanto como el fuego; porque si uno tiene oro en una habitación oscura, pues nada brilla de ese oro. El oro no tiene luz por sí mismo, necesita de una luz para brillar. Así también, nosotros tenemos que someternos al fuego de Dios.
El acto de la purificación no es pura resolución de la voluntad, esta no es una tarea solamente humana; el acto de la purificación es, sobre todo, ese rendirse, ese amoroso someterse al amor, ese declarar la victoria del fuego de Dios en nosotros, para que se adueñe de nosotros y para que sea Él quien finalmente nos purifique.
Luego se nos habla del profeta Elías. Este será el segundo elemento en nuestra reflexión .
Se envía al profeta Elías, recordemos que Elías es un profeta como un fuego, y aquí enlazan las dos imágenes: la del orfebre y la del profeta. Elías, nos dice el libro Eclesiástico, "es un profeta como un fuego" Eclesiástico 48,1.
Elías es el profeta de la fe verdadera, es el profeta de la perseverancia en la soledad, es el profeta de la fidelidad exquisita, y, podríamos decir, arriesgada hasta las últimas consecuencias.
Sólo en el silencio, en la oración, en la escucha, y en el deseo explícito de agradar al único Dios, podemos seguir el ejemplo de Elías y podemos prepararnos realmente para acoger a Jesucristo.
Entonces,con sabiduría aceptamos que Uno solo es el Redentor, y que no podemos tener muchos redentores o muchos salvadores, sino que hay que aprender a esperar de Dios.
Entonces este es el segundo elemento: Elías, Elías que nos invita a la fidelidad dentro de la humildad, al celo sin protagonismos, al deseo absoluto de Dios, pero sin dejar que la impureza de la vanidad, la soberbia o el temperamento agresivo aplasten lo que estamos tratando de hacer.
Bueno, esa terminación: "para que no tenga que venir yo a destruir la tierra" Malaquías 4,24, digamos que es más o menos comprensible. Es evidente que si la humanidad entra en rebeldía, lo único que le puede esperar es el desastre, eso o entendemos.
Mira el papel de Elías, o digo mejor, el papel de Juan Bautista, o digo mejor, la tarea que también nos toca a nosotros en la preparación final para el nacimiento de Cristo. "Convertirá el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres" Malaquías 4,24.
Recordemos que convertirse lo que significa originalmente : "volverse a", "dirigir la atención a", en cierto sentido convertirse también es: recibir la luz, la inspiración, la dirección que otro marca; convertirse también es: atender a lo que alguien tiene que decir.
 "Os enviaré al profeta Elías. Él hará que el corazón de los padres se vuelva hacia los hijos, y el corazón de los hijos se vuelva hacia los padresMalaquías 4,23-24.
En la Biblia, el tesoro propio de los mayores, el tesoro propio de los padres es la experiencia: "Venid, hijos, escuchadme, os instruiré en el temor del Señor" Salmo 33,12, dice el salmo. Lo propio de los padres es la experiencia, lo propio de los jóvenes, en cambio, es la vitalidad,
Malaquías creo que era más sabio que ese modo de pensar. Malaquías dice: que el que tenga experiencia, se abra a la esperanza; y el que tenga esperanza, se abra a la experiencia.
Entonces el que tiene experiencia, ábrase a la novedad de Dios; y el que tiene esperanza, el que tiene vitalidad y fuerza, y el que está buscando su pedacito en la historia del monasterio, o el pedacito en la historia de la Iglesia, ése, con humildad, aprenda del otro, aprenda del que tiene experiencia.
Humillémonos en la presencia de Dios, porque no hemos sabido utilizar ni nuestra experiencia ni nuestra esperanza, y esas dos luces y fuerzas son las que tenemos para preparar el camino cuando llegue el Señor.

Que sea Él mismo, con el bálsamo, con el amor destilado de su piedad, el que nos ayude, para que todos, con un solo corazón, le preparemos una morada, un lugar bien dispuesto, y Él pueda nacer, vivir y reinar en medio de nosotros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario