El extremo de amor que Él da, se convierte en un extremo
de exigencia. Si todo lo que hay en mi vida puede ser amado y salvado por
Jesús, entonces Él se convierte en el Rey de todo lo que yo soy, Él se
convierte en el Señor de toda mi existencia.
Esto significa que yo ya
no tengo una vida distinta de la vida que Él me da. El destino natural de todo
ser humano después de Cristo, es poder decir lo que dijo San Pablo: "Ya no
vivo yo, es Él quien vive en mí" Carta a los Gálatas 2,20.
Jesús viene a restaurarlo todo, pero también viene a derribar
todos los imperios. Jesús se convierte al principio, en una gran noticia.
Es ahí cuando se cumple lo que dice el evangelio: "Todos os
odiarán por mi Nombre" San Mateo 10,22. Porque cuando tomamos el
Nombre de Jesús hasta el último extremo, ese Jesús entra en conflicto con todos
los imperios del mundo.
Ese imperio mío tiene que caer, y tiene que postrarse ante
Jesús. Si yo no lo quiero soltar, es en ese momento en donde Jesús aparece ante
mí como un estorbo, como aquel que no me deja hacer mi voluntad.
Jesús viene a decir que esa llave no la van a controlar, sino
depende de la fe por la que abrimos la puerta a la gracia que Dios nos ha
traído.
El mensaje de Jesús es demasiado fuerte. Esteban se convierte en
un estorbo; hay que acabar con Esteban.
Pero en la Biblia el odio se parece mucho a lo que significa
posponer, descartar, despreciar, dice literalmente en otro texto el Evangelio:
"El que no odia a su padre, o a su madre..." San Lucas 14,26.
Jesús no está predicando que tenemos que odiar a la familia,
sino dice: "Hay que saber posponerlo todo, hay que saber despreciarlo
todo. De esa manera debe ser importante Jesús en el Evangelio.
Jesús dice que "todos os odiarán por mi Nombre" San Mateo 10,22, no significa
necesariamente que cada cristiano va a experimentar persecución, y que la gente
le va a querer hacer daño. Pero lo que sí significa, es que todo verdadero
creyente va a experimentar tarde o temprano, que los demás lo descartan, que
los demás lo desprecian.
Esa es la vida cristiana. Es un mensaje nítido del amor de Dios
en todas sus implicaciones. No es quedarse únicamente en la parte suave, en la
parte bonita.
Por intercesión de San Esteban, pidamos la gracia de ser
testigos fieles de las dos cosas: de la alegría del Evangelio y de la exigencia
del Evangelio. Los verdaderos santos dan testimonio de ellas dos.
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