sábado, 10 de diciembre de 2016

Resucito







Cristo Jesús, muerto injustamente en la cruz, es como una pregunta, es como una suprema súplica, es como la apelación definitiva no sólo de Él, sino de toda la humanidad.
Cristo Jesús es la gran apelación que nosotros, la humanidad, le hace a Dios. Es la gran súplica, es la gran intercesión, porque Él es el gran Intercesor; y su corazón, destrozado y llagado, pero incapaz de odiar, su corazón que no aceptó ni el odio, ni el rencor, ni la venganza, su corazón que no quiso defenderse a sí mismo, quedó puesto en las manos de Dios para ser defendido por Dios.
El salmista con una gran confianza, con una profunda fe: "Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío" Salmo 17,6, "te ruego porque yo sé que no me vas a dejar; te ruego porque sé que puedo confiar en ti".
San Pablo saca la enseñanza, San Pablo lo aclara paladinamente: "Si es verdad que sólo tenemos esperanza para esta tierra, pues a comer y a beber, porque mañana moriremos" 1 Corintios 15,32.
Ese texto del capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios es de lo más importante, es de lo central que podemos escuchar de todo el Nuevo Testamento.
Cristo, -dice San Pablo-, Cristo sí resucitó; Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos" 1 Corintios 15,20.
Esto significa que su apelación llegó al trono de Dios; esto significa que su intercesión es eficaz; esto significa que vale la pena seguir a ese Líder: vale la pena estar en las filas de este Caudillo, vale la pena creer en Él, sólo en Él; vale la pena regalarnos a Él como Él se regaló al Padre. Esta vida, una vida así, tiene sentido, y esa es la vida que nosotros recibimos en el bautismo.

Señor y Padre nuestro, fortalece en nuestros corazones el espíritu de hijos, el espíritu de bautizados, gente convencida de tu gloria, gente convencida del poder de la Cruz, de la Pascua y de la RESURRECCIÒN.

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