Cristo Jesús, muerto injustamente en la cruz, es como una
pregunta, es como una suprema súplica, es como la apelación definitiva no sólo
de Él, sino de toda la humanidad.
Cristo Jesús es la gran apelación que nosotros, la humanidad, le
hace a Dios. Es la gran súplica, es la gran intercesión, porque Él es el gran
Intercesor; y su corazón, destrozado y llagado, pero incapaz de odiar, su
corazón que no aceptó ni el odio, ni el rencor, ni la venganza, su corazón que
no quiso defenderse a sí mismo, quedó puesto en las manos de Dios para ser
defendido por Dios.
El salmista con una gran confianza, con una profunda fe:
"Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío" Salmo 17,6, "te
ruego porque yo sé que no me vas a dejar; te ruego porque sé que puedo confiar
en ti".
San Pablo saca la enseñanza, San Pablo lo aclara paladinamente:
"Si es verdad que sólo tenemos esperanza para esta tierra, pues a comer y
a beber, porque mañana moriremos" 1 Corintios 15,32.
Ese texto del capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios es
de lo más importante, es de lo central que podemos escuchar de todo el Nuevo
Testamento.
Cristo, -dice San Pablo-, Cristo sí resucitó; Cristo resucitó de
entre los muertos, el primero de todos" 1 Corintios 15,20.
Esto significa que su apelación llegó al trono de Dios; esto
significa que su intercesión es eficaz; esto significa que vale la pena seguir
a ese Líder: vale la pena estar en las filas de este Caudillo, vale la pena
creer en Él, sólo en Él; vale la pena regalarnos a Él como Él se regaló al
Padre. Esta vida, una vida así, tiene sentido, y esa es la vida que nosotros
recibimos en el bautismo.
Señor y Padre nuestro, fortalece en nuestros corazones el
espíritu de hijos, el espíritu de bautizados, gente convencida de tu gloria,
gente convencida del poder de la Cruz, de la Pascua y de la RESURRECCIÒN.
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