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El Tiempo de Adviento , así como la primera venida de Jesús en
Belén, la actual venida en la Iglesia y cuando llegará al final de los
tiempos. Señaló que esto nos abre perspectivas superiores incluso en nuestra
vida cotidiana, y también una invitación a la sobriedad, a no ser
dominados por las cosas de este mundo, de las realidades materiales, sino más
bien a gobernarlas.
Después
de rezar el ángelus señaló que reza por las poblaciones de Centroamérica
golpeadas por un huracán, en particular por Costa Rica y Nicaragua, esta
última que además sufrió un sismo. Saludó a los peregrinos allí presentes y
entre ellos a los de la comunidad ecuatoriana en Roma y del movimiento Tra
Noi. Hoy en la Iglesia inicia un nuevo año
litúrgico, o sea un nuevo camino de fe del pueblo de Dios. Y como siempre
iniciamos con el Adviento.
El evangelio ( Mt 24,37-44) nos introduce a uno de los temas más sugestivos del
tiempo de Adviento: la visita del Señor a la humanidad. La primera visita se
realizó con la Encarnación, el nacimiento de Jesús en la gruta de Belén; la
segunda es en el presente: el Señor nos visita continuamente cada día, camina
a nuestro lado y es una presencia de consolación; estará la
última visita, que profesamos cada vez que recitamos el Credo: “De nuevo
vendrá en la gloria para juzgar a los vivos y a los muertos”. El Señor hoy
nos habla de esta última visita suya, la que sucederá al final de los tiempos
y nos dice dónde llegará nuestro camino.
La
palabra de Dios subraya el contraste entre el desarrollarse normal de las
cosas y la rutina cotidiana y la venida repentina del Señor. Jesús:
“Como en los días que precedieron el diluvio, comían, bebían, tomaban esposa
y tomaban marido, hasta el día en el que Noe entró en el arca, y no se dieron
cuenta de nada hasta que vino el diluvio y embistió a todos”. ( 38-39).
Siempre
nos impresiona pensar a las horas que preceden a una gran calamidad:
todos están tranquilos, hacen las cosas de siempre sin darse cuenta que su
vida está por ser alterada.
El
evangelio no quiere inculcarnos miedo, sino abrir nuestro horizonte a la
dimensión ulterior, más grande, que de una parte relativiza las cosas de cada
día y al mismo tiempo las vuelve preciosas, decisivas. La relación con el
Dios que viene a visitarnos da a cada gesto, a cada cosa una luz diversa, un
espesor, un valor simbólico.
De
esta perspectiva viene también una invitación a la sobriedad, a no ser
dominados por las cosas de este mundo, de las realidades materiales, sino más
bien a gobernarlas.
Si
por el contrario nos dejamos condicionar y dominar por ellas, no podemos
percibir que hay algo mucho más importante: nuestro encuentro final con el
Señor que viene por nosotros. En aquel momento, como dice el Evangelio, “dos
hombres estarán en el campo: uno será llevado y el otro dejado” (v. 40). Es
una invitación a la vigilancia, porque no sabiendo cuando Él vendrá, es
necesario estar siempre listos para partir.
Adviento estamos llamados a ensanchar los horizontes de nuestro corazón, a
dejarnos sorprender por la vida que se presenta cada día con sus novedades.
Para hacer esto es necesario aprender a no depender de nuestras seguridades,
de nuestros esquemas consolidados, porque el Señor viene en la hora en la que
no nos imaginamos. Viene para introducirnos en una dimensión más hermosa y
más grande.
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sábado, 10 de diciembre de 2016
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