El alfarero, si se equivocó, puede tomar el mismo barro y darle una forma nueva; el mismo barro y una obra nueva. Eso es precisamente lo que significa la obra de Dios en nosotros.
La persona que llega al colmo de la desesperación dice: "Pues yo voy a acabar con mi vida", es decir, desecha su barro. Pero Dios dice: "Yo no quiero que tú deseches tu barro, quiero que lo dejes en mis manos; quiero que tú pongas tu barro en mis manos, y quiero darte una forma nueva".
Claro, cuando uno ve el cacharro del alfarero, lo ve deforme, lo ve mal hecho, uno dice: "Toca botarlo", pero Dios dice: "Este mismo barro todavía tiene otra oportunidad, yo le puedo dar una forma nueva". Y esta, repito, es una palabra de profunda esperanza para nosotros. Dios no ha desechado, Dios no desecha mi barro: lo toma y le da una forma nueva.
La imagen del alfarero y del barro nos trae otras enseñanzas, hay otras aplicaciones posibles. El barro no se da la forma a sí mismo, el barro necesita ser modelado. Así le pasa también al ser humano. La persona puede ver su tristeza, puede ver su incoherencia, puede sentir fastidio de sí misma; pero la forma fundamental: necesitamos ser ayudados, y la palabra que le dirige Dios a Jeremías nos dice que esa ayuda es posible: "No podré yo trataros a vosotros, casa de Israel, como este alfarero?" Jeremías 3,6.
En el evangelio nos encontramos una situación diferente, pero que tiene su analogía también.
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