sábado, 2 de agosto de 2014

Parábolas

 
El Señor Jesús nos ha estado ofreciendo  parábolas. Jesucristo no se predicó a sí mismo, Jesucristo tampoco se puso a hacer tratados sobre qué es Dios, o quién es Dios.
Jesucristo predicó fundamentalmente el reinado de Dios; mostró, con sus palabras, con su amor, con sus sufrimientos, con su manera de orar, con su manera de perdonar, con su generosidad sin límites, mostró qué significa que Dios reine, mostró el reinado de Dios. Ese es el ministerio, esa es la misión de Jesucristo: predicar e instaurar el Reino de Dios, que tiene su expresión más privilegiada, podríamos decir, en el cuerpo mismo de Jesucristo, en su existencia, en su corazón, en su intimidad, hasta el punto de que es posible decir: Jesucristo es el Reino de Dios, porque donde está Él, donde Él entra, donde Él obra, cuando Él habla, cuando Él ora acontece el Reino de Dios.
Hay como una identifcación entre lo predicado y el predicador; Jesucristo mismo es como Dios reinando; entre otras cosas, por qué si en los Evangelios Jesús estaba predicando el Reino de Dios,luego en el resto del Nuevo Testamento el tema del Reino de Dios ocupa comparativamente muy poco espacio.
La predicación de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, victorioso sobre el pecado, sobre Satanás y sobre la muerte, la predicación de que Cristo está vivo y ha vencido sobre esas fuerzas del mal, no es otra cosa sino la prolongación del anuncio del Reino de Dios, esta vez con una localización muy precisa en la gloria de Cristo resucitado.
Entendemos la máxima importancia que tienen las parábolas. Las parábolas de Jesucristo son como ventanas, son como rendijas para el que quiera asomarse. La parábola tiene una estructura, podríamos decir como paradójica, tiene una estructura como extraña.
La parábola es un tipo de discurso que hace, que el que no quiere convertirse, no ve nada; y el que quiere encontrar a Dios, ve todo. Es decir, es una palabra que juzga a quien la escucha, porque en la actitud del corazón de quien la escucha, está la posiblidad de que el discurso se haga claro, o se haga totalmente enigmático y confuso.
Jesucristo predicó mucho en parábolas, cuando iba a hablar directamente del Reino de Dios, su estilo de predicación fue fundamentalmente la parábola, y hoy hemos oído una parábola, la parábola de la red echada al mar, la red que recoge peces, peces malos y peces buenos.
Esto se parece más o menos a la labor del alfarero: al alfarero a veces le salen bien las cosas, y a veces le salen mal las cosas. Mientras la red está en el mar, todavía hay peces buenos que se puden salir, y hay peces malos que pueden entrar; peces buenos que pueden llegar, peces malos que se pueden ir.
Mientras todavía la red está en el mar, todavía no se sabe qué va a pasar con esos peces, es un destino todavía incierto cuando la red está en el mar. Se parece a lo del alfarero: mientras el barro está todavía húmedo, y está todavía en el torno, se puede cambiar.
Pero todos sabemos que cuando se termina de hacer el tiestecito, la tacita, el florero, cuando se termina de hacer, hay que pasar al barro por el fuego, y pasado por el fuego, ya no se sigue amasando, ya adquirió una forma definitiva.
Lo mismo sucede con las redes: ya cuando la red se saca del agua, quedaron cerradas las opciones, ya no entran más peces, ni salen más peces, quedó cerrado el conjunto.
Es decir que entre estas dos lectura hay como una analogía escondida muy bella, porque se nos habla de un tiempo, que es el tiempo cuando el barro está húmedo, o que es el tiempo cuando la red está en el agua; ese es el tiempo de entrar y de salir, ese es el tiempo de cambiar.

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