El Concilio Vaticano Segundo, en la Constitución "Gaudium et Spes", que se refiere a la Iglesia en el mundo, habla de esto, que aunque hay que distinguir siempre entre la construcción de la ciudad terrena y la llegada del Reino de los Cielos, nuestra esperanza en un futuro junto a Dios, de ninguna manera significa que nos desentendamos de las cosas de esta tierra.
La esperanza activa es el mantener el corazón en Dios, pero a la vez reconocer que el tiempo que Dios nos da, no puede ser un tiempo inútil. Es tiempo para sembrar el mensaje, es tiempo para dar testimonio, es tiempo para formar nuestro corazón profundizando en su Palabra, es tiempo para atender a los desvalidos, para cultivar y acrecentar la esperanza también en ellos.
La esperanza activa es nuestro lema, es nuestra posición, es nuestra actitud. Lo propio de esta esperanza es evitar estos dos extremos: "Yo, por una parte, no voy a endiosar este mundo, no me voy a dedicar a lo que se llama el inmanentismo; quedarme sólo en el aquí, en el ahora, en lo material, en lo visible, como si no hubiera más nada". Evitamos ese extremo del inmanentismo, quedarnos solamente con las cosas que se ven, que se palpan en esta tierra.
Pero tampoco caemos en el otro extremo, que es el escapismo: "Como todo se va a acabar, entonces no importa nada en este mundo, no importa lo que le suceda a la gente. Lo único importante es que los que se vayan muriendo por el hambre o por la violencia, mueran creyendo en Dios".
La posición cristiana genuina, evita esos dos extremos: ni el inmanentismo, que en el fondo es una forma de materialismo, ni el escapismo, que es una forma de espiritualismo.
Buscamos algo distinto, que es la genuina espiritualidad, la convicción de lo que Dios ha hecho y está haciendo por nosotros como preludio de lo que Él y solamente Él, hará al final de los tiempos. Esa es nuestra fe.
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