Lo hemos escuchado en el Evangelio de ayer: “Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren” San Mateo 23,13 .Algo parecido dice Jesús aquí: "No entran al Reino de los Cielos, ni dejan que los demás entren” San Mateo 23,13.
Lo que hay en esta explosión de ira del Señor es, por una parte, la denuncia de la resistencia a su predicación, a su vida, a su unción.
La resistencia a la voluntad salvadora de Dios; Cristo anuncia y trae una voluntad de salvación para el mundo, y esa voluntad se estrella contra la hipocresía y el legalismo y la insinceridad de estos fariseos.
Pero como ellos eran además maestros y autoridad moral y religiosa para el pueblo, podemos suponer que detrás de Cristo predicando, iban ellos deshaciendo; iba Cristo tejiendo, y detrás iban ellos destejiendo.
La ira de Cristo, entonces, es una denuncia de este mal, está así de contrariado, así de iracundo, está así, porque lo que se está frenando ahí es el Plan de Dios, puesto que Cristo sólo tiene un amor que es que el Nombre de Dios sea santificado. Que su Reino venga, que su voluntad se cumpla.
Lo que decimos en el Padrenuestro; ése es el único amor que hay en el Corazón de Jesús; puesto que, el Corazón de Jesús tiene solamente ese amor y en ese amor están como condensadas todas sus fuerzas, y en ese está toda su vida. Por eso lo que opone a ese amor, recibe la denuncia de Jesucristo; y, fíjate que lo que se opone a esa voluntad salvadora de Dios, no es el pecado.
No habíamos visto a Cristo así de bravo cuando se encontró con los publicanos, o cuando tuvo cerca a las prostitutas, o cuando conoció usureros. No es el pecado lo que despierta la ira de Cristo, o mejor, no es cualquier pecado el que despierta la ira de Cristo, sino ese pecado del que cierra la puerta a la salvación.
Hay, entonces, un pecado que despierta la ira del Señor y es sentirse uno seguro y no necesitado de salvación; de modo que lo que hace la denuncia de Cristo es decirle a ése que se siente seguro que no esté tan seguro. La fuerza de sus palabras y el tamaño de su denuncia son para eso, para destruir la seguridad del fariseo, para sacarlo de su falsa confianza, de su ilusoria confianza y para ponerle en situación de merecer la salvación.
Ya no por el mérito de las obras, sino por el único mérito de la fe; así llegamos a la sorprendente conclusión de que cuando Cristo está denunciando con esta ira, está amando a esos fariseos.
¿Dónde está la mansedumbre? ¿Dónde está la ternura de Cristo? Pues, ahí está enterita. Cristo con el látigo de sus palabras está desmontando, está arrancando a pedazos la suficiencia, la falsa confianza del fariseo para ponerle en situación de que él reconozca su verdad y busque la salvación.
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