La exhortación del samo 95, que la Iglesia nos invita a rezarlo con frecuencia en la Liturgia de las Horas. Dice allá el Salmo 95: "Ojalá escuchéis hoy su voz: "No endurezcáis el corazón"" Salmo 95,7-8.
Porque uno puede endurecerse, porque ese barro puede resistirse.
"Déjate modelar"; pero uno pude seguirse resistiendo.
Si alguna persona se resiste hasta el final, si alguna persona no soporta el tacto de las manos divinas para cambiarle la forma y para adquirir la belleza del plan original, será para siempre un monumento a lo que no pudo ser, como si se hace ese cacharro y queda deforme, o como si ese pez, dañado, enfermo, no se deja curar, no se deja sanar, no se deja salvar.
El tiempo finalmente termina, y por eso el lenguaje de la misericordia no debemos estirarlo como si diera lo mismo ser bueno o ser malo, aceptar a Dios o rechazarlo.
Alegrémonos en la misericordia, pero miremos con sensatez el tiempo que termina, la muerte que se avecina, mirémoslo con sensatez, que no sabemos el tiempo que queda; y desesperarnos, no ayuda; maldecir, no ayuda; criticar a todos o juzgar a todos, no ayuda; hay finalmente una tarea tuya contigo, y es de esa tarea concreta, de la que tú puedes ser juzgado.
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