sábado, 23 de agosto de 2014

Sitio

"Éste es el sitio de mi trono, el sitio de las plantas de mis pies, donde voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel" Ezequiel 43,7.
 Ezequiel tiene un sentido más profundo, un sentido diferente que resulta compatible con el verdadero Templo, que es el Cuerpo de Cristo, en donde habita verdaderamente la gloria de Dios.
San Juan, cuando da a conocer las palabras de Cristo: "Destruid este templo" San Juan 2,19, en esa ocasión el Evangelista Juan dice: "Estaba hablando del Templo de su propio Cuerpo" San Juan 2,21.
Hemos sido convocados,  a una vida gloriosa, a que nuestra vida sea templo y a que nuestras obras sean tales, que quien nos conozca pueda saber algo de Dios, quien nos ame pueda elevarse hacia el amor divino. Que la humilde gloria de este alimento acompañe nuestros pasos en esta tierra, y nos conduzca un día a la contemplación del Cielo.
De manera que debemos interpretar estas palabras dentro de su contexto, y ver que toda esa economía, toda esa distribución de gracia, de amor y de providencia que tenía que ver con el templo, todo eso pasó al Cuerpo de Jesucristo, que es el verdadero Templo en donde reside la gloria de Dios. Esa es una manera de interpretar esto.
Dios dice que ese es el lugar de su gloria, y dice que ese es el lugar donde Él reside. Estas dos expresiones, Ezequiel las refiere al Templo de Jerusalén. Pero nosotros podemos también entenderlas desde este otro modo: allí donde verdaderamente reside Dios, allí donde habita Dios, allí es donde está su gloria.
Cuando Dios habita dentro de nosotros, entonces el esplendor de la gloria de Dios, que no es otra cosa sino la manifestación de esa presencia, pues compaña también lo que nosotros somos, lo que nosotros decimos, lo que nosotros hacemos y pensamos.

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