Cristo, que infundió el Espíritu Santo en San Pablo, para que Pablo pudiera decir: “El amor no lleva cuentas” 1 Corintios 13,4-7, capítulo trece, Primera Corintios. Cristo, que es el Ungido por ese mismo Espíritu de amor, no es un vengador implacable y oportunista que va acumulando para luego soltar la retacada.
Simplemente, Cristo ama a todas las personas; entonces, al leproso lo ama y lo sana; a Mateo lo ama y lo llama al apostolado; a la adúltera la ama y la perdona; al fariseo lo ama y lo regaña; a la viuda la ama y le resucita el hijo.
O sea, que lo que hay que cambiar es nuestra definición del amor; lo que hay que cambiar es nuestra idea de que el amor supone solamente echar bálsamo sobre las heridas. Catalina de Siena dirá: “Hay veces que es necesario aplicar fuego”. Pues bien, tanto el fuego que nos hace gritar y quejarnos, como el bálsamo que trae descanso al corazón, vienen de un mismo amor; y Cristo sabe cuándo una persona necesita rejo y cuando necesita bálsamo.
Porque este Cristo es el Hijo del Altísimo; y ese Altísimo es aquel que hiere y venda la herida; es el que da la muerte y la vida; es el que no tiene problema en llevarse a un fulano para el desierto hasta que se muera, o sacarlo del desierto para que viva.
Todo lo hará Dios, todo lo hará en nuestras vidas con tal de conducirnos a su salvación; pero muy bueno que estén estas palabras aquí, porque ellas nos enseñan que si uno se entra por ese caminito de que, "yo no necesito, yo no necesito", un día oirá la voz de Cristo en gritos quizá, destemplados que te muestren: “¡Tú sí necesitas!" El evangelio nos invita y nos anima a reconocer nuestras propias necesidades, lo cual nos economiza muchos regaños, y lo cual facilita que conozcamos mejor la piedad, la misericordia de Dios.
Debemos dejar como explicación de nuestra pregunta estas palabras, son duras porque ese es el tratamiento, el mejor tratamiento que el amor más grande pudo encontrar para esas personas. Y, por consiguiente, debemos reconocer que el amor es distinto de los que muchas veces imaginamos.
Si los aprovechamos a tiempo, nuestra vida se llena de belleza y recibimos a Cristo. Si no los aprovechamos a tiempo, un día vamos a traicionar a Dios, y entonces resultaremos discípulos, no de Cristo, sino de Herodes.
Continuamente Dios nos ofrece su Palabra, nos ofrece su gracia.
"A ti te pedimos, Señor, que esos regalos no se pierdan en nosotros, sino que tengamos el corazón dispuesto, agradecido y obediente, a tantas cosas bellas que has hecho por nosotros."
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