La gloria de Dios que vio Ezequiel lo dejó exhausto, lo dejó como sin fuerzas; era algo imponente. Jesucristo, en cambio, es una manifestación humilde, llena de mansedumbre; es la gloria de Dios a la escala de los hombres, y específicamente de nosotros los pecadores.
Con esto en mente, apliquemos de un modo sencillo esta lectura a nuestra vida. Nuestra vida tiene muchas veces la condición de extrañeza. Todo el que quiera vivir como discípulo sufrirá persecuciones, nos advierte Pablo.
El que quiera ser discípulo del Señor; el que quiera vivir con todas sus consecuencias el evangelio, tendrá que acostumbrarse a vivir como un extraño, pero en esa extrañeza, en ese apartamiento, en esa soledad, va a aparecer la gloria de Dios.
A veces, imponente como Ezequiel, muchas más veces con la mansedumbre, con el carácter parabólico, mistérico de Jesucristo. Otro modo de aplicar esta lectura: nuestra vida tiene momentos de cierta soledad, de desconcierto.
Buscamos al amor más grande, y a veces nos sentimos sin amor; tenemos más cerca que todos el Tesoro del Amor Divino, pero a veces nos sentimos pobres, y como si fuéramos los últimos. Los tesoros de la sabiduría están para nosotros, y sin embargo, a veces, nos sentimos ignorantes, desconcertados.
Todo el mundo puede hablar con propiedad de su felicidad y de lo que quiere; y nosotros que estamos cerca de la bienaventuranza, a veces no logramos sacudirnos una cierta modorra, una cierta pereza, una inercia, una falta de motor, en la teología de la vida espiritual se llama asedia.
Hay que saber que esa es la participación nuestra en el desierto del río Kebar. Hay que saber que esa es nuestra cuota, unida al impuesto que paga Jesucristo, sin tener que pagarlo.
Cuando sintamos eso, ese desconcierto, ese desasosiego, esa falta de fervor, esa falta de interés por las cosas que sabemos que son las más interesantes, y la falta de amor por las cosas que están más llenas de amor, Cuando eso suceda, tenemos que saber que estamos uniéndonos a aquel pueblo humilde, que fue desterrado, aunque, ciertamente, no era inocente; y a los padecimientos del Señor Jesucristo, aunque, ciertamente, nosotros no somos inocentes.
Hay que dejar que aparezca la gloria de Dios, no sólo en los días grandes, en los días de las grandes celebraciones, en los días de las grandes decisiones.
Que Dios nos dé ojos para percibir la gloria de Dios también en el día opaco, en el día gris, en el día que no tiene nada de particular, en el año en el que nada sucede, en el tiempo en el que parece que todos se hubieran olvidado de nosotros, que también ahí tengamos ojos para descubrir la gloria de Dios.
Alegrarnos con una sonrisa de satisfacción, como seguramente se alegró Pedro cuando aquel pez picó el anzuelo y llevaba dentro la moneda para pagarle impuesto a este mundo.
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