Quédate un momento en silencio, entra en tu corazón, pídele al Señor que te ayude a leer de otra manera tu tormenta, tu angustia, tu aburrimiento, y descubrirás que tal vez los momentos más difíciles son también los momentos más fecundos.
En medio de la tormenta los discípulos pudieron encontrarse con Jesús. Fue esa tormenta hasta cierto punto la que sirvió de ocasión para que Jesús se mostrara a ellos de la manera como lo hizo.
Así también nos sucede a nosotros. Muchas veces en lo peor de la tormenta es cuando mejor podemos descubrir el poder soberano y la ternura exquisita de Jesucristo.
Sigamos esta celebración. Yo solamente dejo, -para no alargarme más-, solamente dejo a consideración de ustedes esta actitud de Pedro. ¿No será que somos como Pedro nosotros? ¿No será que a veces miramos tanto la furia del viento que se nos olvida mirar a Jesús?
Fíjate que Pedro empezó a hundirse cuando dejó de mirar a Jesús. Cuando empezó a mirar: "¡Uy, qué viento!¡Qué viento!¡Qué viento!", ahí empezó a hundirse porque dejó de mirar a Jesús, porque apartó sus ojos de Jesús.
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