Zacarías, cuando recibió el anuncio del ángel Gabriel, preguntó
“¿Cómo voy a estar seguro de eso que me dices, que voy a ser padre, si me
esposa es estéril, y ambos somos de edad avanzada?” San Lucas 1,18.
Zacarías siente desconfianza, no alcanza a creer; el arcángel le
responde “Mis palabras se van a cumplir a su tiempo, pero tú te vas a quedar
mudo, porque no has creído” San Lucas 1,20.
Hay, lamentablemente, muchos cristianos que son mudos, porque no
saben contar lo que Dios ha hecho en sus vidas, porque no logran creerle,
porque no pueden verlo, pero el centro de nuestra reflexión no está ahí.
Zacarías ha quedado mudo, es cierto, pero la noticia del día de
hoy no es la mudez de Zacarías, sino que su lengua, desatada por la alegría, se
abre para empezar a hablar de nuevo.
“Bendito sea el Señor
Dios de Israel” San Lucas 1,68. Y
si se miran así las cosas, ¡qué buena mudez esa!, fue como una purificación de
la palabra. Cuando Isaías, que estaba en el Templo, nos lo cuenta el capítulo
seis de este profeta, un día se dio cuenta de la gloria de Dios, la pudo
percibir.
Y dijo “Ay de mí, soy hombre de labios impuros, en un pueblo de
labios impuros” Isaías 6,5. Un
ángel con un ascua encendida se acerca, y le toca la boca, y esos labios
quemados, y purificados de Isaías, ya pueden profetizar.
Dios le estaba dando la oportunidad de que volviera a empezar,
porque con esta voz de Juan Bautista, y con esa palabra que es Cristo, todo
vuelve a empezar. Si vemos ese silencio tiene un valor de purificaciòn.
Ese silencio es purificaciòn, eso se llama un purgatorio, la
palabra purgatorio viene precisamente del acto de limpiar, de purificar; o sea
que lo que le hizo Dios a Zacarías, según se lo anunció el arcángel Gabriel,
fue meterlo al purgatorio.
Durante nueve meses, Zacarías estuvo en purgatorio, y su
silencio forzado, su no poder entender, su no poder hablar, saberse humillado,
ese silencio no era simplemente un castigo, ni una prueba, era un purgatorio.
Dios le concedió a Zacarías vivir el purgatorio en esta tierra,
de modo que su boca y su corazón purificados pudieran cantar ahí sí las
alabanzas de Dios, y por eso este cántico de Zacarías tiene sabor de cielo.
Porque es el cántico del que sale del purgatorio, y entra en la
gloria, y contempla las maravillas de Dios, pues eso que le hizo Dios a
Zacarías, eso tiene que hacerlo, también con cada uno de nosotros.
“Bendito sea el Señor
Dios de Israel, -dice Zacarías-, porque ha visitado y redimido a su pueblo” San Lucas 1,68. Esa misma expresión, o una
semejante, se oye cuando Cristo hace milagros en el Evangelio.
La grandeza de las palabras que dice Zacarías: “Bendito el Señor
Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo” San Lucas 1,68.
Cuando Zacarías habla y dice “Dios ha visitado a su pueblo” San Lucas 1,68. Era Dios mismo quien
volvía hablar, no fue sólo la mudez de Zacarías la que se sanó, fue la mudez de
Dios la que se quebrantó.
Hay que pedirle a Dios la gracia del purgatorio en esta tierra,
la gracia de ser purificados, así sea por la mudez, por el fuego, por el
silencio, por el llanto, por la humillación, o por el ridículo.
Hemos de recibir a este Cristo Niño, que también acompañado de
cánticos, llega; hemos de recibir a este Cristo Niño, como la visita, la
definitiva visita de Dios. Después de que Dios mismo entra en el Templo,
después de que Él mismo visita su creación, después de que Él mismo redime a su
pueblo, ya no esperamos nada más. Esta es la visita decisiva, esta es la
presencia definitiva de Dios.
Acojamos esta visita a corazón lleno, y como si se tratara de la
bendición de una casa, de un apartamento, abramos todas las puertas para que
Jesús en este nacimiento, en esta Navidad pueda visitar realmente todo nuestro
ser, comunicar toda su redención y todos los regalos de su gracia, a todas las
áreas de nuestra vida.
Así lo realice Él, por la misma misericordia que le trajo a esta
tierra.
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