jueves, 20 de junio de 2013

Crisol

No nos gusta entrar en el crisol y sin embargo es allí de donde surge la pureza, es allí donde brilla con más fuerza la luz y es allí donde somos verdaderamente transformados.
Jesús dice a sus Apóstoles en alguna ocasión que cuando un sarmiento, es decir, una rama de la vid produce fruto tiene que ser podada, y si le preguntáramos a un sarmiento de la vid: "¿Te gusta perder algunas hojas y ramas?" Lo más probable es que diría que no le gusta. Pero a través de esa poda se concentra mejor la sabia, y a través de esa poda se fortalece, se embellece y da mejor fruto.
 En San Pablo las distintas clases de persecuciones que tuvo que padecer no solamente por lo peligros naturales que incluye un viaje: peligros de salteadores, peligros de naufragios, peligros de piratas, peligros de perderse o de no encontrar suficientes recursos, no solamente esos peligros, sino también las persecuciones por sus hermanos de raza y las persecuciones también de falsos hermanos, falsos cristianos. Esta experiencia dolorosa la tuvo Pablo.
Segunda Carta a los Corintios en los capítulo once y doce nos permiten asomarnos al crisol, mirar lo que está sucediendo allí, ver cómo un corazón aprende a desprenderse de todo y aprende a aferrarse más a Dios.
 En el capítulo doce de la Segunda Carta a los Corintios, San Pablo cuenta su experiencia: cómo las dificultades no están únicamente afuera, por decirlo de alguna forma, también hay fragilidad y también hay dificultad adentro. El cuenta de su propia dificultad, de sus trabajos, de sus tentaciones y de cómo ha querido verse libre también de ese dolor; no ha logrado desprenderse del dolor, pero sí ha encontrado que puede aferrarse a Dios.
Por eso el crisol, el momento de la prueba, el momento del sufrimiento se vuelve valioso, porque es el momento para encontrarse, es el momento para aferrarse al Señor, es el momento muchas veces para desechar los ídolos. Así como Israel en le desierto, que fue su crisol, tuvo que desprenderse de muchas cosas, pues así también nosotros, en medio de sufrimientos, en medio de dificultades y desconciertos, seguramente podemos aprender también a apegarnos más a Dios.
Cuando estamos apegados a Dios, encontramos aquella frase que dice Santa Teresa de Jesús: "Sólo Dios basta", y encontramos que no vale la pena agobiarse por otras cosas. Realmente, "quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta", decía Santa Teresa, y eso se cumple plenamente, y entonces desaparece el agobio.
Es el mensaje que se nos da en el capítulo sexto de San Mateo: que desaparezca el agobio, que brille el poder de Dios, que aprendamos a aferrarnos al Señor como el Único necesario y como el Único suficiente.

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