miércoles, 12 de junio de 2013

Cuenta

El libro del Génesis nos cuenta que Dios formó al ser humano a partir del barro de la tierra. Desde luego, esta es una comparación. Esta es una enseñanza que nos quiere decir que de aquella misma naturaleza que Dios había creado, Dios quiso formar el cuerpo del ser humano, el cuerpo del hombre.
 Luego nos dice que insufló en sus narices aliento de vida, contándonos así que la vida que hay en nosotros tiene su origen en ese aliento divino, tiene su origen en Dios. Nosotros, entonces, tenemos el barro de la tierra, tenemos el barro de la naturaleza, pero tenemos también del aliento divino, tenemos, también del viento de Dios. Así quiso Dios hacernos.
Los seres humanos, somos como la línea del horizonte. Cuando se está en una llanura, o se asoma al mar, ve, la línea del horizonte. Ve que esa línea del horizonte está entre las aguas y el cielo. Así el ser humano está en la línea del horizonte, o mejor todavía, es el horizonte entre las cosas que se ven, y lo que no se ve.
Nosotros somos la frontera misma entre lo temporal y lo eterno. Hay en nosotros cosas que son temporales. Igual que los animalitos, necesitamos alimentarnos y descansar; sufrimos de frío, o de sed, pero nosotros tenemos una inteligencia capaz de acercarse a la realidad de las cosas, y sobre todo tenemos una voluntad capaz de amar.
Tenemos un alma capaz de orar, capaz de elevarse hacia Dios, de bendecirle, de glorificarle. Ninguno de los animales, por más extraordinario que nos pueda parecer, tiene esa vocación.
No hay ser en la naturaleza que pueda tener la bondad del ser humano cuando se resuelve ser bueno; pero, también es cierto que nadie hay tan malo como el ser humano, cuando se resuelve ser malo.
A veces de una persona que es muy cruel se dice que es un lobo rapaz, o que es una hiena. Pero, si nosotros pensamos bien, hay crueldad que no la cometería ningún animalito. Crueldad que sólo el corazón humano se atreve a concebir y a realizar.
El ser humano llega a extremos de crueldad por el gusto de matar por matar; de cebarse en la muerte del inocente. Eso no lo hace ningún animal, sólo en la mente del ser humano, cuando está retorcida por el pecado, cabe la idea de darle muerte a la creatura concebida.
El ser humano es el único que tiene abortos voluntarios. Jamás hubo creatura alguna que causara ese género de muerte a su propia creatura inocente, deliberadamente, por su propia conveniencia.
Porque no se le dañe la figura, porque no lo sepa la familia. ¿Qué animalito hay que tenga esas consideraciones? ¡Ninguno! Sólo el ser humano puede llegar hacer esa crueldad. Sólo el ser humano puede llegar a eso que se llama la eutanasia.
Eutanasia es matar a una persona para que no sufra. Ese nombre eutanasia significa: "buena muerte". Y esa no es una buena muerte. Puede que sea una muerte poco dolorosa físicamente hablando, pero es una muerte que se opone al querer de Dios, y sobre todo, que es una muerte que le da la espalda a la gracia de la cruz de Cristo.
El ser humano está en el horizonte, que así como la línea del horizonte tiene de agua y de cielo, así nosotros los seres humanos estamos en el horizonte, y tenemos cosas materiales, corporales, temporales, y provisionales; pero también tenemos una capacidad espiritual que no tienen los demás seres que encontramos visiblemente en la naturaleza.
La dimensión espiritual, cuando está gobernada por Dios, se abre a la santidad, a la belleza, a la bondad, a la luz: pero, cuando esa dimensión espiritual está trastornada, entonces, ahí sí sucede el desastre, porque resultamos más malos, crueles, egoístas, destructivos que cualquier especie animal.
Las especies animales ninguna ha puesto en peligro el futuro de la tierra, ¿cuál es la especie que tiene en peligro a la tierra? El ser humano. Sólo el ser humano es capaz de poner en juego, en crisis, en peligro a la naturaleza entera. Sólo el ser humano.
Se demuestra que hay en nosotros una capacidad, un poder muy grande; pero, este poder se puede orientar hacia las cosas buenas, grandes, y santas; o se puede orientar tenebrosamente hacia la maldad, la destrucción, la muerte de las otras personas.
Cada ser humano tiene una capacidad de bondad muy grande, muy, muy grande. Cuando miramos la vida de los santos, hoy por ejemplo, estamos recordando a San Antonio de Padua, descubrimos que sus vidas, en la mayoría de los casos, empezaron siendo vidas como la de nosotros.
Seres que tuvieron miedo, cansancio, tentación, incluso pecado. Fue precisamente a través de la fuerza de La Palabra de Dios, de la predicación en la Iglesia y de la unción del Espíritu Santo que estos hombres y estas mujeres, pequeños muchas veces, pobres, ignorantes, fueron creciendo en la presencia de Dios y llegaron a ser lo que fueron.
También ellos estuvieron así, un día como hoy estamos nosotros aquí en la iglesia; así estuvieron. Antonio de Padua fue un fraile franciscano; pero, hay un Antonio, muchos siglos anteriores, que se llama Antonio Abad. Ese fue un ermitaño.
Un hombre de la soledad del desierto, ¿por qué menciono a Antonio Abad? Porque Antonio Abad se convirtió, en buena parte, en una iglesia, oyendo la predicación en la Iglesia.
Él oyó en la iglesia ese evangelio que decía: "Ve, vende lo que tienes, dadlo a los pobres, y luego, ven, y sígueme" San Mateo 19,21, y luego se encontró también con ese evangelio que dice: "Los lirios del campo, mira cómo se visten; y las aves del cielo, mira cómo las cuida Dios" San Mateo 6,26.
Él era un hombre, era un muchacho, dieciocho, diecinueve años debía tener en esa época, y él asistió a una Misa, y en esa Misa, en esa predicación se dijeron esas palabras, y esas palabras iniciaron un camino de santidad en él.
En la escucha de la Palabra de Dios, y en la oración fervorosa, es donde nacen los santos. Así es donde nacen los santos; así como la vida humana inicia, tiene su origen allá en el vientre de la mujer, así también como de un vientre, como de una matriz, nosotros somos engendrados con el poder de la Palabra de Dios, si estamos dentro de la Iglesia.
La Iglesia es como esa mamá, es como esa matriz, y la Palabra de Dios es como esa semilla que tiene fuerza y vida, que nos hace nacer a una existencia nueva; y esa existencia es la existencia en santidad. Es la existencia para la que Dios nos creó.
Ahí donde usted se ve, usted es un santo. O se es un santo frustrado, o es un santo realizado. Dios todo lo que creó lo creó para la santidad. Todo. Porque a todos nosotros nos creó para la plena vida en Él.

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