jueves, 13 de junio de 2013

Definitiva

Estas dos palabras: expiación y reconciliación, van unidas en la reflexión del Apóstol y van unidas en el plan de Dios.
Cristo, especialmente en la Cruz, es la mirada definitiva de Dios, es el parecer definitivo de Dios, para con la creación y para con la historia de los seres humanos; y todo ha sucedido Cruz, de tal manera que Cristo es especialmente la mirada definitiva del ser humano  hacia Dios; Cristo es la ventana por la que Dios nos mira y la ventana por la que miramos a Dios.
Sus ojos, especialmente en la Cruz, nos cuentan cómo mira Dios, pero esos mismos ojos, especialmente en la Cruz, nos cuentan cómo mira, cómo suplica, cómo espera, cómo agradece el ser humano. Verdaderamente, Jesucristo es la reconciliación del Padre, la reconciliación que el Padre ofrece al ser humano, precisamente porque es hombre y Dios.
Esto es una expresión dinámica del amor que supera las fronteras de la lógica, del amor que vence todo esquema, como dice San Pablo en otro lugar: “Que trasciende toda filosofía” Carta a los Efesios 3,19 , del amor que hace que simultáneamente el corazón de Cristo sea Dios amándonos y nosotros respondiéndole a Dios.
La palabra expiación, es poco conocida y poco utilizada hoy, es una palabra vecina de otras que tampoco utilizamos mucho, la palabra penitencia, por ejemplo, o la palabra satisfacción, o la palabra reparación.
Cuando creció mucho la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, se insistía bastante en ese aspecto de la reparación; dar reparación a Dios por las indiferencias, las tibiezas, las blasfemias o apostasías.
Hoy, en cambio, pensamos poco estas palabras y parece que hemos perdido un poco la conciencia de lo que significa todo ello: penitencia, reparación, satisfacción, de la que aparece hoy en el texto de San Pablo, expiación 2 Corintios 5,14-21.
Sin embargo esta palabra es irreemplazable en el mensaje del Evangelio, porque esta palabra, lo mismo que las otras parientes suyas, lo que está indicando es que no sólo el pecado ha sido vencido, sino que las consecuencias del pecado están ya en el poder de Dios, han sido sometidas al poder de Dios.
Sucede lo mismo que en la penitencia que se impone al que se confiesa, esa penitencia no es para que compre el perdón, el perdón es gracia, es regalo, esa penitencia es para que la salvación y la victoria de Dios, que ya han sucedido en el corazón en la voluntad de la persona, se extiendan a todas las áreas de su ser.
El objetivo de la penitencia en el sacramento de la Confesión, es el mismo objetivo de la expiación, como categoría para entender la muerte de cristo en la Cruz, no es para agregarla algo al amor, sino al contrario, para que el amor se extienda, extienda su acción benéfica y salvadora a todas las áreas de la vida.
Por el perdón, por la absolución sacramental, somos perdonados en la raíz misma de nuestro ser, en el centro mismo, en lo que podríamos llamar con la Biblia: el corazón. Pero luego es necesario que esa salvación, que Dios nos da, se extienda hacia aquello que se pudrió, aquello que se dañó, aquello que se enfermó.
Nuestra voluntad ya sanada coopera con esa gracia, que precisamente Santo Tomás llamaba: “La gracia cooperante”, para que la obra de la redención, que ya sucedió en el corazón, en el centro de nuestro ser, se extienda a todo lo que nosotros somos.

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