Ley del Espíritu ? Esta obra del Espíritu en qué consiste? No consiste ya en que nos muestre más y más y más nuestras miserias, esto es propio de la Ley de Moisés, sino que trae una transformación interior, la transformación interior que da el Espíritu, no una transformación para devolvernos.
El régimen del Espíritu no es devolverse a esa oscuridad que el bien y el mal se revuelvan; el bien y el mal quedan más claros que nunca, en la persona que ha recibido al Espíritu Santo el bien y el mal quedan más definidos, más netos, más claros .
Pero la persona ya no lucha solamente con sus propias fuerzas, que acababan en derrota, sino que lucha con las fuerzas de Dios, y esas acaban siempre en victoria.
Esa en la maravilla grande que trae el régimen del Espíritu, es una batalla pero es una batalla donde ya se sabe el resultado y el resultado se llama victoria. Es la victoria , el resplandor, gloria ,la gloria de Dios., que nos da el Espíritu Santo.
La fuerza y la gracia del Espíritu es la que puede transformarnos, en lo íntimo de nuestro corazón el Espíritu Santo quiere hacer su templo, quiere hacer su casa, quiere morar en nosotros, para que sea Él batallando en nosotros; y las cosas que suceden cuando el Espíritu Santo obra.
"Cuando el pueblo alaba a Dios suceden cosas", dice un canto, verdad que suceden cosas y cosas y cosas maravillosas: llega la capacidad de perdonar, llega la alegría, llega el amor y llegan también, eso no se lo podemos quitar al Espíritu, una multitud de carismas, a veces extraordinarios, que conducen a las personas por sendas nuevas.
El Espíritu nunca nos devuelve a la tiniebla de que el bien y el mal parezcan lo mismo, nunca; El Espíritu siempre da es un crecimiento en la luz y un crecimiento tal, que el resplandor de Moisés parece un eclipse, comparado a la gloria del Espíritu.
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Es un salto grande y el Espíritu lo hace sin ruido, sin cansancio, sin reclamo, sin llevar cuentas; el Espíritu hace ese salto maravilloso. Desde la materia inanimada, Cristo en nuestro trabajo y en los campos, desde ahí, hasta el Cuerpo Santísimo de Nuestro Señor Jesucristo, ¡viva la Divinidad!, y eso lo hace el Espíritu aquí sobre este altar.
Que así nos lo conceda Dios, para renovación de nuestras vidas, y para propagación de su gloria en el mundo.
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