lunes, 3 de junio de 2013

Muerte

La palabra muerte aparece tres veces, dos episodios en la primera en el libro pequeñito de la Biblia que se llama el libro de Tobías; y una tercera vez en el evangelio según San Marcos.
Un hombre que se desea la muerte, ese es Tobit ese hombre que empieza hablando al comienzo de la primera lectura de hoy, un hombre que se siente agobiado por los insultos, agobiado por la enfermedad, agobiado por la soledad, agobiado por el absurdo de la vida, y le dice a Dios que le quite la vida.
Segundo episodio en este mismo libro de Tobías, una mujer llamada Sara, perseguida por el demonio, el demonio quería impedir la felicidad de Sara y entonces atacaba a los que se casaban con ella, y de acuerdo con el relato, ya iban siete muertes. Sara se siente desesperada por su situación y le clama a Dios que le quite la vida.
Dos personas desesperadas por los insultos, por la incomprensión por la enfermedad, por la tragedia de la vida, dos personas que prefieren perder la vida, pero que sin embargo no se quitan la vida, sino que vuelven su mirada hacia Dios, y le dicen a Dios, como dueño de la vida, "acabemos con esto".
Estos relatos, por lo pronto, nos enseñan una cosa, que la Biblia conoce el dolor humano, el agudo dolor humano, y conoce hasta dónde puede llegar la desesperación. Acerquémonos, mis hermanos, a la Biblia.
Las personas de la Biblia, como Tobit o como Sara, han vivido situaciones terribles, opresiones espantosas; la enfermedad, la soledad, los insultos, los ataques del demonio, están ahí en esas personas.
Y esto es muy importante porque, ¿cómo le vamos a creer a alguien que no haya sufrido, cuando la vida nuestra tiene tantos dolores y tantos sufrimientos? ¿A quién creerle sino a aquel que haya sufrido?
 La Biblia nos relata sufrimientos y  personas que han sufrido, sufrir, tanto, que prefieren perder la vida , estas personas no se quitan la vida, estas personas oran, vuelven sus ojos hacia Dios y oran, hacen oración, una oración que Dios escucha, una oración que Dios atiende.
Si Tobit y Sara, estaban hastiados de esta vida y piden la muerte.
Los saduceos eran un grupo dentro de los judíos, se llamaban así porque se consideraban descendientes de un tal Sadoc, que fue Sumo Sacerdote por allá en tiempos del rey David.
Y  de Sadoc vienen los saduceos, los saduceos no creían en la resurrección, no creían en otra vida después de esta vida, porque estaban demasiado bien en esta vida.
En tiempos de Jesucristo a todo el mundo le iba mal, la gente padecía opresión política, estrechez económica, abundancia de enfermedades, falta de fe, ataque del demonio, es decir, todo aquello que ya aparece en la primera lectura.
Pero había un pequeño grupo, una élite a la que le iba bien, eso pasa siempre, cuántas veces pasa en un país, que todo el mundo está "vaciado"; pero hay un grupo de personas a las que no les pasa nada, por suerte, por astucia, por lo que sea.
El hecho es que los buenos, los que les estaba yendo bien, eran los saduceos; a los saduceos les iba bien porque tenían dinero, porque pertenecían a la clase aristocrática, porque entre ellos se repartían siempre el poder y porque eran sumamente hábiles en la política.
Ellos sabían mantenerse al lado del poder de turno y sabían, con sus lisonjas, con sus adulaciones ganarse a quien tuviera algo de poder, fuera Herodes, fuera Pilatos o fuera el que fuera.
Los saduceos estaban muy contentos con la situación, una situación terrible, todo el mundo pasando hambre, necesidad, estrecheces, opresión, ignorancia, incredulidad; pero ellos estaban bien, y la manera de pensar de ellos era: "Si se llega a predicar aquí que hay un tal Mesías, esto se va a revolver, esto va a ser el acabose y se nos va a acabar el ciclito de paz que tenemos".
De manera que los saduceos no creían en la resurrección y no les convenía creer en la resurrección, porque cuando una persona cree en la resurrección, cuando cree que Dios es capaz de dar una vida y después y más allá de esta vida; cuando una persona tiene su fe puesta en la resurrección, es capaz de apostar hasta la última gota de sangre por una causa.
Esas almas generosas, que son capaces de dar hasta su sangre, esas son las almas que causan las revueltas; y los saduceos todo querían menos una revuelta, porque una revuelta significaba perder su posición, perder su tranquilidad, perder sus privilegios.
De aquí sacamos una segunda enseñanza: muchas veces las razones para creer algo o para no creer algo están en las conveniencias personales. San Agustín decía: "Niega la existencia de Dios sólo aquel que no le conviene que exista Dios", ése es el que niega la existencia de Dios.
Lo mismo vale para otras muchas cosas. Creer, por ejemplo, o aceptar la Iglesia, no es fácil cuando nuestra Santa Iglesia Católica predica tantas cosas que a veces resultan arduas y complejas, resultan difíciles, sobre todo si el corazón está endurecido, frío, lejos de los intereses de Dios, para un corazón así lo que la Iglesia propone es imposible de cumplir y, por consiguiente, "alejémonos de la Iglesia y digamos que son inventos humanos".
Llevamos dos enseñanzas, primera, en la Biblia aparecen vidas reales, vidas que tienen dolores reales, si nos unimos a esas vidas y si seguimos esos relatos, podemos encontrar camino para que nuestra desesperación no termine en tragedia, sino termine en sanación y en medicina de Dios.
Y lo segundo que hemos visto es que uno cree lo que le conviene creer, hay almas que le tienen terror al silencio, a la oración, a la meditación: "¡Qué tal quedarme yo a solas conmigo y tener que pensar lo que verdaderamente soy, terrible!".
Por eso nuestro tiempo ama el vértigo, el ruido continuo, pasamos de un parlante a otro parlante, de un ruido a otro ruido, de un discurso a otro discurso; tememos a la soledad, el silencio, el recogimiento; tenemos mucho miedo de encontrarnos con lo que somos verdaderamente, pues bien, los saduceos no creían en la resurrección.
Fíjate, pues, unamos las dos lecturas, en la primera lectura, gente que está padeciendo un dolor espantoso y que quiere salir de esta vida y le pide eso a Dios; en la segunda lectura, gente que le está yendo muy bien en esta vida y no cree en la resurrección y no le conviene que haya resurrección, y asegura que todo y lo único que hay es esta vida.
¿Cuál es la posición de Dios frente a estas dos posturas humanas? Frente a la primera, ya vemos: aquél que tiene tribulación, pero que se vuelve a Dios con todas las fuerzas de su alma y encuentra en Dios respuesta.
Con respecto a la segunda, en los saduceos, ¿qué encontramos? Jesús les respondió: "Estáis equivocados porque no entendéis la Escritura, ni el poder de Dios. Cuando resuciten" San Marcos 12,24, luego sí hay resurrección, "ni los hombres ni las mujeres se casarán, serán como Ángeles del cielo" San Marcos 12,25.
Con estas palabras, Cristo declaraba que sí hay resurrección, que el término de la vida humana no es esta muerte; pero si ahondamos un poco más, Cristo estaba diciendo algo aquí: la vocación última del ser humano es la que se encuentra al final. Si uno va a una ciudad y pasa por otras ciudades intermedias, la razón del viaje no son las ciudades intermedias, sino la ciudad final.
El que quiera encontrar el sentido verdadero de esta vida, tiene que poner sus ojos en el destino final, en la última meta; sólo desde ahí adquiere sentido el viaje.
Esa última meta: Jesucristo la describe con estas palabras: "Serán como Ángeles de Dios" San Marcos 12,25, desde ahí, desde lo que son los Santos Ángeles, desde la alabanza, obediencia, amor, pureza, alegría, desde la verdad y sencillez de los Ángeles, desde ahí se entiende lo que es la vida humana.
El que no ponga su mirada en eso, el que quiera ponerlo en afectos, en dinero, en poderes, en puestos, más tarde o mas temprano, se llevará un terrible desengaño y tendrá que renunciar también a sus sueños.
Les cuento, mis amigos, que en estos días, Dios me ha paseado por varios enfermos, por varias situaciones de enfermedad, una religiosa contemplativa de clausura, una mujer brillante, inteligente, llena de gracia y de donaire, una mujer que varias veces fue directora, priora de la comunidad, consumiéndose en un cáncer, con una terrible trombosis.
¡Dios mío, cuánto me ha hecho meditar a mí esta verdad de la enfermedad! Y yo decía: "Y yo, ¿qué seguro de vida tengo para que no me vaya a pasar eso? Yo también puedo estar el día de mañana con la boca incapaz de pronunciar palabra, con el cuerpo retorcido, con el alma aparentemente dormida”.
¿Por qué digo esto? Porque si yo tengo mi esperanza puesta en algo distinto a lo que me dice Jesucristo, jamás encontraré el sentido de la vida. Ese hombre aplaudido, fotografiado, esa monja tan ilustre, tan apreciada, tan admirada, tan acogida, tan obedecida, ¿qué queda de la vida humana?
Mis amigos, hay que ver cuál es el destino, cuál es la meta; la meta se encuentra en el amor a Dios sobre todas las cosas, como los Ángeles del cielo.
Estas palabras tuvieron que sonar a bofetada, porque ellos estaban anclados a esta tierra, pegados a esta tierra, felices de lo que habían logrado en esta tierra y Cristo les dice: "Es que no es como en esta tierra, es como los Ángeles en el cielo" San Marcos 12,25, y esto nos lo dice también Cristo a nosotros.
Examine cada cual, pues, su conciencia, mire cómo está viviendo, mire qué de lo que está buscando vale y dura, ¡mírelo antes de que sea tarde!
Y hay una referencia sencilla para encontrarlo: vuelva su mirada a los Ángeles del cielo y descubra ahí si usted se está preparando para ser vecino de los Ángeles del cielo, ese es el vecindario nuestro, para eso fuimos creados, ellos son nuestros hermanos y son nuestros vecinos, ¿se está preparando para eso? ¿Está viviendo para eso?
Frente a esa realidad celestial de alabanza y de total amor a Dios, hay que juzgar todas las cosas de esta tierra. ¿Y el matrimonio? ¿Y los hijos? ¿y el trabajo? ¿Y los éxitos? Todo pasa, todo acaba, Dios, en su providencia, bendice y quiere la vida de familia, pero ese no es un objetivo último.
Pena me da y no mucha, con los matrimonio que hay aquí, o los que estén pensando casarse, pero el matrimonio no es el fin último de la vida humana, es una manera, si se vive ante Dios y con santidad; es una manera honesta de recorrer el camino por esta tierra, de ser fecundos para Dios, para el mundo, para la Iglesia y de avanzar hacia los cielos, pero no es un fin último, es una manera de ayudar a la santificación de otro y de caminar con otro.
Hermanos/as, qué hermosa es nuestra fe, qué hermoso es descubrir que siempre que meditamos en la muerte, aparece la verdad de la vida; démosle la gloria a Dios y pidamos en esta Santa Misa, la gracia de orientar nuestra vida hacia lo que verdaderamente dura, hacia lo que verdaderamente vale, hacia aquello que es alabanza del Padre Celestial y salud de nuestras almas.

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