Renacer en el Evangelio, para leerlo en el amor en la vida eucarística, dejando que Él nos ame, de encontrar su misericordia en los sacramentos”. “Sentiremos su ternura, tan bella, sentiremos su abrazo y seremos también nosotros más capaces de misericordia, de paciencia, de perdón y de amor”.
“Qué hermosa es esta realidad de fe para nuestra vida: la misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo el que Dios nos tiene, un amor que no decae, que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía”.
El l apóstol Tomás experimenta precisamente esta misericordia de Dios, que tiene un rostro concreto, el de Jesús, el de Jesús resucitado”. “Tomás no se fía de lo que dicen los otros Apóstoles: ‘Hemos visto el Señor’; no le basta la promesa de Jesús, que había anunciado: al tercer día resucitaré. Quiere ver, quiere meter su mano en la señal de los clavos y del costado”. “¿Cuál es la reacción de Jesús?”, “la paciencia: Jesús no abandona al terco Tomás en su incredulidad; le da una semana de tiempo, no le cierra la puerta, espera”.
“Tomás reconoce su propia pobreza, la poca fe: ‘Señor mío y Dios mío’: con esta invocación simple, pero llena de fe, responde a la paciencia de Jesús. Se deja envolver por la misericordia divina, la ve ante sí, en las heridas de las manos y de los pies, en el costado abierto, y recobra la confianza: es un hombre nuevo, ya no es incrédulo sino creyente”.
La Santísima Virgen tenía una ferviente atracción por la Eucaristía, de la que no podía separarse, vivía en y del Santísimo Sacramento. Pasaba día y noche a los pies de su divino Hijo, no cabe duda de que estaba abierta a la piedad de los apóstoles y de los fieles que querían verla y distraerla, pero su amor por su Dios oculto, se reflejaba en su rostro y comunicaba su entusiasmo a todos los que la rodeaban.
¡Oh María, enséñanos la vida de adoración!
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