La conversión y la penitencia cotidiana encuentran su fuerza y su alimento en la Eucaristía, en ella se hace presente Cristo que se entrega por nosotros y esa es la fuerza atractiva que genera la pascua de Jesús, lo que mueve al corazón a querer cambiar la vida., Yo atraeré todos hacia mí. Lo que nos da la posibilidad de orientar nuestra vida en un sentido distinto es gracia atractiva que genera la presencia del Señor entregado y ofrecido por amor a nosotros.
Es la fuerza del amor de Dios lo que hace que nuestra vida tienda a cambiar, es allí donde encontramos el antídoto que nos libera de nuestras faltas cotidianas, que nos preserva de los pecados.
El Padre Nuestro, en la oración de Jesús, en todo acto sincero de piedad se reaviva en nosotros ese espíritu de conversión, de penitencia y contribuye al perdón de todos nuestros pecados. Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico, especialmente en la cuaresma, cada viernes en memoria de la muerte de Cristo, son momentos fuertes de la práctica penitencial que comulgamos con toda la Iglesia. Son apropiados para los Ejercicios Espirituales, la liturgia penitencial, las peregrinaciones como signos de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno o la limosna, la comunicación cristiana de los bienes en las obras de caridad, caminos cotidianos que nos llevan desde la Eucaristía como fuente de la entrega de Cristo a entregas como respuestas de cada día a la constante manera de Dios de salir a nosotros para decirnos que nos ama.
Hay un proceso en el camino de la conversión y está descrito por Jesús en la parábola del Hijo pródigo o del Padre de la Misericordia, donde en el centro está el rostro misericordioso del Padre, la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna, la miseria extrema en la que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna, la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos o peor aún la de desear alimentarse con las algarrobas que comían los cerdos, la reflexión sobre los bienes perdidos, el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante el Padre, el camino del retorno, la acogida del Padre, la alegría del Padre y todo esto bajo los rasgos de un proceso festivo de conversión, el mejor vestido, el anillo, el banquete, la fiesta con símbolos de vida nueva pura digan, llena de alegría, la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de la familia que es la Iglesia.
Solo el corazón de Cristo que conoce las profundidades del amor del padre puede revelarnos el abismo de misericordia de una manera tan simple y tan bella y nosotros necesitados de este estilo divino nos queremos disponer en este tiempo de gracia a dejarnos transformar y hacer de nuevo por Dios. Y lo celebramos y los compartimos reflexionando en torno a este sacramento que nos mueve a la conversión.
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