Sucede lo mismo en la penitencia que se impone al que se confiesa, esa penitencia no es para que compre el perdón, el perdón es gracia, es regalo, esa penitencia es para que la salvación y la victoria de Dios, que ya han sucedido en el corazón en la voluntad de la persona, se extiendan a todas las áreas de su ser.
El objetivo de la penitencia en el sacramento de la Confesión, es el mismo objetivo de la expiación, como categoría para entender la muerte de cristo en la Cruz, no es para agregarla algo al amor, sino al contrario, para que el amor se extienda, extienda su acción benéfica y salvadora a todas las áreas de la vida.
Por el perdón, por la absolución sacramental, somos perdonados en la raíz misma de nuestro ser, en el centro mismo, en lo que podríamos llamar con la Biblia: el corazón. Pero luego es necesario que esa salvación, que Dios nos da, se extienda hacia aquello que se pudrió, aquello que se dañó, aquello que se enfermó.
Nuestra voluntad ya sanada coopera con esa gracia, que precisamente Santo Tomás llamaba: “La gracia cooperante”, para que la obra de la redención, que ya sucedió en el corazón, en el centro de nuestro ser, se extienda a todo lo que nosotros somos.
La expiación realizada por Cristo, realizada en la Cruz, indica que no sólo la raíz de maldad, que no sólo el pecado ha sido quebrantado, que no sólo está ya vencido el pecado, sino que las consecuencias del pecado, es decir, todo lo que el pecado dañó en nosotros puede ser sanado y puede ser reparado en el sacrificio de Cristo en la Cruz.
Se ve que el mensaje de satisfacción, reparación, expiación, penitencia, en realidad lo que es, es una predicación sobre la victoria de la muerte, una predicación sobre los alcances irreprimibles, sobre los alcances inesperables e irreversibles que tiene el amor en una vida.
Nosotros, acogiendo la redención y la reconciliación de Dios en Cristo, no sólo somos declarados buenos, sino que somos transformados por la bondad de Dios, de manera que su voluntad y su plan originales, se puedan cumplir en nosotros.
Hermanos, contemplemos agradecidos estos misterios, renovémoslos en el memorial de la reconciliación, en el memorial de la redención.
Ese pan siempre fresco de la Eucaristía, ese vino siempre fresco de la Eucaristía, nos invita siempre a ser nuevos en el amor que Dios nos da cada día, a ser siempre nuevos en la gracia que nos puede trasformar hasta las últimas células, en el amor que nos puede renovar hasta el último tejido de nuestro cuerpo, hasta el último afecto de nuestro corazón.
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