viernes, 21 de junio de 2013

Resplandeciente

La Ley escrita y la Ley nueva, la letra y el Espíritu. Saber relacionar la letra y el Espíritu.
San Pablo, en la Segunda Carta a los Corintios muestra cómo son dos regímenes distintos. Está el régimen de la Ley Escrita y está el régimen del Espíritu.
Ya había cierta ley en la Ley Escrita, pero San Pablo es claro en decir: "Se inauguró con gloria, pero era caduco y era un ministerio de condena" Corintios 3,9. Ese es el régimen de la Ley.
Ahora viene otro régimen nuevo, el régimen del Espíritu que es el régimen permanente, el régimen resplandeciente, un régimen que permanece y que da vida; el Espíritu da vida, el uno es un régimen de condena, y otro es un régimen que da vida.
Cuando se piensa en que el régimen de la Ley condenaba, se dice: "¿Eso para qué servia? ¿Eso qué sentido tiene?" Y fácilmente se dice: "Pues pasémonos a la libertad del Espíritu, vivamos la libertad del Espíritu. Cuando uno ya toma esa resolución, entonces viene el Evangelio que dice que "Cristo no viene a abolir la ley sino a darle plenitud" San Mateo 5,17.
Con la ayuda del Espíritu Santo, esto es lo que debemos exponer, en qué consiste reconocer el resplandor del régimen de la Ley, y, sin embargo, entender que nosotros estamos llamados a la gloria del régimen del Espíritu.
Anular, cancelar el régimen de la Ley como si hubiera sido un estorbo o como si no tuviera ningún sentido, y pretender que nos vamos a quedar sólo con el régimen del Espíritu, eso es un engaño.
Canonizar el régimen de la Ley o devolvernos a esa Ley es negar la gracia y es negar el Espíritu,  este es otro daño peor. No vamos a cancelar el régimen de la Ley, no vamos a anularlo como si no tuviera validez, no vamos a abolirlo, eso no es lo que vamos a hacer.
Vamos a reconocer cuál fue su resplandor y a entender, con la bondad de Dios, por qué ese resplandor era caduco, por qué era el régimen de condena, cómo quedó superado después, y qué tiene que ver eso con la vida de nosotros.
Cuando se escucha del régimen de condena uno dice: "Una cosa terrible, la ley sólo sirve  para condenar", y efectivamente, si recorremos los libros de la Ley de Moisés, es decir, sobre todo el Pentateuco, eso está lleno de condenaciones: "Sea maldito", "sea anatema", "excluyan", "apedreen", "asesinen", "acaben", "condenado, pues, condenado".
¿Cómo puede San Pablo decir que eso tenía algún resplandor? ¿Por qué Dios quiso ese régimen de la Ley? Podemos empezar a responder, porque es que la condenación, da es un poquito de luz, saber por lo menos qué es lo malo, ya es despertar la conciencia, ya eso es tener un poquito de luz.
Si comparamos a los israelitas con los pueblos vecinos, sobre todo, o con los pueblos en los mismos siglos en que este Israel peregrinaba por esta tierra, nos damos cuenta de que en ellos ya había un poquito de luz.
Porque es que por lo menos darse uno cuenta de qué es lo bueno y qué es lo malo, ya eso es algo, y precisamente ese poquito de luz es el que no quiere tener nuestro mundo, es el que no quiere tener nuestro tiempo.
Hoy se pretende que todo valga lo mismo, que dé lo mismo hacer cualquier cosa, da lo mismo hacer cualquier cosa.
El que es honrado y el que es ladrón, vale lo mismo  se le respeta igual; muchas veces parece que se le da más importancia y más realce al deshonesto; la que es pudorosa casta y la que es desvergonzada y libertina, valen lo mismo;  a veces casi parece que se le diera como más realce a la que es libertina.
El matrimonio, que con esfuerzo se mantiene, y la fidelidad en el trabajo y el matrimonio, que se celebra como una conveniencia, o el matrimonio homosexual, o el matrimonio civil, o la unión libre, lo que sea, todo parece valer lo mismo, y a veces parece que se exaltara incluso más lo negativo.
Entendemos por qué dice San Pablo que el régimen de la Ley sí tenia un resplandor, porque las primeras luces que llegan a la mente humana, son el discernimiento de qué es lo bueno y qué es lo malo, y tener esa dicha es tener algo.
Esa luz, que fue la que dio la Ley de Moisés, ya es una maravilla; la Ley de Moisés era clara, clara como la luz, y decía: "Es que no se debe mentir, es que no se debe adulterar, no se debe robar, no se puede dar falso testimonio, no se puede codiciar, hay que amar a Dios"; señalaba lo que había que hacer, y señalaba lo que había que evitar.
Es evidente que esa luz fundamental, ese reconocimiento de qué es lo bueno y qué es lo malo, esa es la luz básica, por eso Jesucristo dice: "yo no he venido a abolir esa ley" San Mateo 5,17; "yo no he venido a quitar esa claridad".
Ha habido en la Iglesia algunos grupos entusiastas, súper espirituales, súper carismáticos, los ha habido. Yo personalmente le debo mucho a la Renovación Carismática, y creo que bien entendida da mucho fruto.
4.4 Jesucristo, cuando se le acerca a ese joven que quería una vida perfecta, lo primero que le dice es: "Cumple los mandamientos" San Mateo 19,18.
Esa Ley fundamental, ese discernimiento fundamental sobre lo bueno y lo malo, como lo descubre nuestra razón, esa ya es una luz, y es una luz que viene de Dios, es una luz que le da claridad a la mente, esa luz hay que inculcarla siempre, especialmente a los más pequeños, a los más débiles, a los más tentados, a los niños. Hay que educar en esa luz fundamental.
Cuál es la diferencia que tiene este régimen, que es el régimen de la Ley, con el régimen del Espíritu. San Pablo dice que el régimen de la Ley era un régimen de condena.
Como cuando la persona que sabe que no debería hacer algunas cosas pero no tiene la fuerza, no tiene el coraje para dejarlo, la ilustración más patente es lo que le sucede, por ejemplo, a la persona que es víctima de un vicio, la persona que no puede dejar de fumar, y ya se está destruyendo y ya viene el enfisema pulmonar galopante y no puede dejar de fumar.
Es la situación a la que lleva la Ley de Moisés. La persona se da cuenta de su problema, o el que tiene una infidelidad matrimonial, o el que es víctima del alcohol, cualquier pecado cuando se enseñorea del ser humano, es una cosa terrible.
La persona tiene luz, luz suficiente para ver: "Yo no debería hacer esto", "yo no debería estar metido en esto"; pero no tiene la fuerza, no tiene el coraje y le dicen y la persona no se propone.
La situación de pecado y paganismo, donde no se distingue qué es lo bueno y qué es lo malo. Eso no lo quiere Dios.
Luego viene un poquito de luz.“Ley de Moisés”, ya ahí hay una claridad: esto es bueno, esto es malo. Ya desde un comienzo, porque el mismo reconocimiento de nuestras culpas trae un bien de parte de Dios, que es el bien de la humildad.
Cada vez que nos confesamos, (yo por ejemplo tuve hoy la gracia de confesarme), cada vez que nos confesamos, inmediatamente, ¿a qué viene nuestro corazón? Nuestro corazón viene a la conclusión, viene al fallo de la humildad.
"Mire, tanto que se dice, tanto que he dicho y mire, aquí estoy, un pobre pecador". De manera que la Ley de Moisés tiene un fruto muy grande porque lleva al arrepentimiento, porque lleva a la humildad, porque lleva a la conciencia de los propios límites; podemos decir que la Ley de Moisés es como el despertar de la conciencia.
La sola Ley de Moisés es como tener uno la conciencia de sus males pero sin poder salir de ellos, y por eso San Pablo dice, por una parte, que es un resplandor porque ya tiene luz para identificar el bien del mal, pero que es un régimen de condena, porque no logra sacar a la persona de sus males; se los muestra, pero no logra sacarla de ahí.
 Jesucristo nos dice. “No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas; no vine a abolir, sino a dar plenitud" San Mateo 5,17.
Así se nos enseña el paganismo, que es un poco a donde quiere devolvemos la cultura actual, ¿no? Que todo es lo mismo, como ya reflexionamos;  luego vemos la  , ley de Moisés, ya hay claridad, pero uno no logra salir de sus males;  luego, es el Nuevo Testamento, que es la gracia; el régimen del Espíritu.

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