jueves, 13 de junio de 2013

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¿Cuál es la ley del pueblo de Dios? Es la ley del amor, amor a Dios y amor al prójimo, según el mandamiento nuevo que el Señor nos ha dejado ( Jn 13,34). Un amor, pero que no es un sentimentalismo estéril o algo vago, sino que es el reconocimiento de Dios como único Señor de la vida y, al mismo tiempo, el aceptar al otro como un verdadero hermano, superando divisiones, rivalidades, incomprensiones, egoísmos; las dos cosas van de la mano. ¡Cuánto camino nos falta recorrer para vivir de manera concreta esta nueva ley, la del Espíritu Santo que actúa en nosotros, la de la caridad, del amor! Cuando vemos en los periódicos o en la televisión tantas guerras entre cristianos, ¿cómo puede suceder esto? En el interior del pueblo de Dios, ¡cuántas guerras! En los barrios, en los lugares de trabajo,¡cuántas guerras a causa de la envidia y de los celos! Incluso en la misma familia, ¡cuántas guerras internas! Debemos pedirle al Señor que nos ayude a comprender esta ley del amor. ¡Qué hermoso es amarnos unos a otros como verdaderos hermanos¡ Hagamos algo hoy. Tal vez todos tenemos gustos y pocas simpatías; tal vez muchos de nosotros estamos un poco enojados con alguien; entonces digamos al Señor: Señor, estoy enojado con este o esta; te pido por él y por ella. Orar por aquellos con los que estamos enojados es un buen paso en esta ley de amor. ¿Lo hacemos? ¡Vamos a hacerlo hoy mismo!
¿Qué misión tiene este pueblo? Llevar al mundo la esperanza y la salvación de Dios: ser un signo del amor de Dios que nos llama a todos a una amistad con Él; ser la levadura que hace fermentar toda la masa, la sal que da sabor y preserva de la corrupción, ser una luz que ilumina. A nuestro alrededor, basta abrir un periódico lo dijey vemos que existe la presencia del mal, el Diablo actúa.  ¡Dios es más fuerte! ¿Ustedes creen en esto, que Dios es más fuerte? Entonces lo decimos juntos, lo decimos todos juntos: ¡Dios es más fuerte! ¿Y saben por qué es más fuerte? Porque Él es el Señor, el único Señor. Y yo añadiría que la realidad a veces sombría, marcada por el mal, se puede cambiar, si nosotros somos los primeros que llevamos la luz del evangelio, sobre todo con nuestras vidas.  En una noche oscura, una persona enciende una luz, apenas se puede ver.., pero si los más de setenta mil espectadores encienden cada uno su propia luz, el estadio se ilumina. Hagamos que nuestra vida sea una luz de Cristo; juntos llevaremos la luz del evangelio a todas las realidades.
El fin es el Reino de Dios, que se inició en la tierra por Dios mismo, y que debe ampliarse hasta el cumplimiento, cuando se manifestará Cristo, nuestra vida ( Lumen Gentium, 9). El objetivo es, pues, la plena comunión con el Señor, la familiaridad con el Señor, entrar en su misma vida divina, donde viviremos la alegría de su amor sin medida, una alegría completa.
 Ser Iglesia, ser pueblo de Dios, de acuerdo con el gran proyecto de amor del Padre, quiere decir ser el fermento de Dios en nuestra humanidad, quiere decir proclamar y llevar la salvación de Dios en este nuestro mundo, que a menudo se pierde, necesitado de tener respuestas que alienten, que den esperanza, dando nueva fuerza en el camino.
Que la Iglesia sea el lugar de la misericordia y de la esperanza de Dios, donde todo el mundo pueda sentirse acogido, amado, perdonado, animado a vivir la vida buena del evangelio. Para que el otro se sienta acogido, amado, perdonado, alentado, la Iglesia debe estar con las puertas abiertas, para que todos puedan entrar. Y nosotros tenemos que salir de aquellas puertas y anunciar el evangelio.
"No piensen que he venido para abrogar la ley". A partir de estas palabras de Jesús a sus discípulos, y ha indicado que este pasaje sigue al de las Bienaventuranzas, "expresión de la nueva ley", más exigente que la de Moisés. Esta ley, añadió el papa, es "el fruto de la Alianza", y no se puede entender sin ella. "Esta Alianza esta Ley es sagrada porque llevaba la gente a Dios". Comparó la "madurez de esta Ley" al "brote que sale y se vuelve flor". Jesús dijo "es la expresión de la madurez de la Ley" y ha añadido que Pablo habla de dos tiempos "sin cortar la continuidad" entre la ley de la historia y la ley del Espíritu:
"El tiempo del cumplimiento de la Ley, el momento en que la Ley alcanza su madurez: es la Ley del Espíritu. Este avanzar por este camino es un poco arriesgado, pero es la única forma de madurez, para salir de las veces en las que no fuimos maduros. En este camino hacia la madurez de la Ley, que se da precisamente con la predicación de Jesús, siempre existe el miedo, miedo a la libertad que nos da el Espíritu. ¡La ley del Espíritu que nos hace libres! Esta libertad nos da un poco de miedo, porque tenemos miedo de confundir la libertad del Espíritu con otra libertad humana".

La ley del Espíritu, "nos lleva en un camino de continuo discernimiento para hacer la voluntad de Dios y esto nos da miedo. Un miedo, advirtió, que "tiene dos tentaciones". La primera, es la de "volver hacia atrás", de decir que "se puede hasta aquí, no se puede por allá", y luego con el tiempo "nos quedamos aquí". Esta, advirtió, "es un poco la tentación del miedo a la libertad, el miedo del Espíritu Santo". Un temor ante lo que "es mejor ir a lo seguro".
"Existe esta tentación de volver atrás, porque estamos más 'seguros' atrás: pero la seguridad plena está en el Espíritu Santo que te lleva hacia adelante, y lo que da esa confianza dice San Pablo es el Espíritu, que es más exigente porque Jesús nos dice: "En verdad les digo: hasta que no hayan pasado los cielos y la tierra, no pasará ni un ápice de la ley". ¡Es más exigente! Pero no nos da aquella seguridad humana. No podemos controlar al Espíritu Santo: ¡Ese es el problema! Esto es una tentación".

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