miércoles, 12 de junio de 2013

Imagínate

Imagínate que nosotros tuviéramos una especie bien hermosa, por ejemplo, el águila real. ¡Que especie tan hermosa! ¡Que vuelo soberano! ¡Que majestad de presencia! Y tenemos una cría de esa águila.
Pero nosotros la metemos en una caja de cartón. Pasa el tiempo, pasan los años, esa águila metida en esa caja de cartón.  Le demos alimento y agua, va atrofiando sus alas. Ella fue hecha para volar, para desplegar sus alas, para alegrar con su vuelo y con su majestad a la naturaleza entera.
Pero como ha estado encerrada en una caja de cartón, su plumaje ¿cómo luce? Sus ojos aparecen opacos, tristes; su pico aparece desgastado, resquebrajado; sus alas atrofiadas. No parece ni la sombra de lo que es un águila real.
¿Por qué? Porque ha estado metida en una caja de cartón, y ella no ha sido hecha para una caja de cartón, ha sido creada para volar sobre los bosques, las selvas, las llanuras.
Hermanos, eso somos nosotros. Dios nos creó para que fuéramos como esa águila, para que pudiéramos desplegar nuestras alas, para que pudiéramos manifestar la gloria del Padre Celestial, para que pudiéramos contemplar con ojo de águila, como se dice, estas preciosidades que hace Dios. Para eso fuimos creados nosotros.
Y como esa águila, nosotros fuimos hechos para hacer presa, no en otros hermanos ciertamente, sino para lucrar para Dios, para lograr para Dios frutos que valieran la pena. Para eso fuimos creados.
A algunos se nos ha olvidado que hemos sido creados para estas alturas y para estas bellezas, y hemos llevado una vida de caja de cartón, una vida mediocre, una vida frustrada. Nos hemos metido dentro de la triste cárcel del pecado.
Cuando hoy se nos va a mirar, ¿cómo aparecemos? Unos ojos tristes, con las alas atrofiadas, con el plumaje sucio.
 Si Dios nos creo para la dicha, para la belleza, para la santidad, ¿por qué tenemos esa vida tan apagada, esa vida tan triste, esas caras tan amargadas? . ¿Por qué hay tan poquitos milagros en nuestras manos? ¿Por qué hay tan poquitas conversiones en nuestra voz? ¿Por qué sucede eso? Sucede, porque nosotros hemos vivido como el águila real, metida dentro de una caja de cartón.
Nosotros somos como ese príncipe. Él era el príncipe heredero de un inmenso reino, que resulta que un enemigo envidioso del rey, cuando murió el rey cogió a este príncipe y lo metió a un calabozo, y le daba las sobras de la comida, y le daba comida sucia, y quería matar de hambre al príncipe. Lo tenía encerrado en el calabozo.
Cuando el demonio o sus obras, que son los diversos pecados, nos tienen a nosotros metidos en el calabozo y vivimos comiendo basura, hechos para comer al mismo Pan de los Ángeles, que es Cristo Jesús.
Decía un predicador que los pensamientos del ser humano son como un molino. Usted sabe que el molino, ¿qué muele? Lo que le echen. Si le echan trigo, sale harina de trigo; si le echan maíz, sale harina de maíz; pues, así pasa con los pensamientos.
Si usted le echa odios, resentimientos a su molino, ¿qué le va a salir? Esas porquerías son las que salen, y esos aromas son los que tienen algunos corazones. Si usted le echa pornografía, vicios, ¿qué le va a salir de ese molino? Esas son las hediondeces que salen de algunos corazones.
Y por eso las miradas amargadas, y apagadas, y los rostros opacos. Siendo así, que Dios nos creo para que nuestra dimensión espiritual se llenara de la gracia de ese Espíritu. Por eso se llama dimensión espiritual, sobre todo por eso, porque está destinada a ser habitación del Espíritu Santo.
Hermanos/as es el momento de recapacitar, estamos aquí reunidos en torno al altar. ¿Para qué fue que me hizo Dios? ¿Para qué pan fui hecho? ¿Para qué vida fui creado? ¿Qué estoy haciendo con mi vida?
Si soy un príncipe, ¿por qué como basura, y bazofia? ¿Por qué? ¿Por qué voy a comer desperdicios? Si Dios tiene para mí alimento dulce. ¿Por qué mi vida se deshace en tristezas, amarguras, y dudas, siendo así que fui creado para la alabanza, para la paz, para la alegría, para el testimonio?
Entonces, vamos a recibir en nosotros esa fuerza de Dios; vamos a acoger en nosotros, en nuestro corazón, en el centro mismo de nuestros ser; vamos a recibir la unción de Dios. Porque resulta que Dios que nos creó con tanta belleza, sin embargo, sabe bien que nosotros hemos sido fracturados, hemos sido heridos por el pecado.
Cuando un aparatico es muy fino, piense usted en un gran computador, o en un carro muy fino, roll royce. Si usted tiene cualquier carro, como el que tengo yo aquí para venir, se dañó ese carro, usted lo lleva a cualquier taller, ¿sí o no?
Pero en la naturaleza visible, nada hay que se nos pueda comparar. Nosotros somos el carrito más finito que tiene Dios en la naturaleza visible. Como nosotros somos ese carrito tan fino, cuando uno está dañado, ¿a dónde toca que lo reparen? Ahí, donde Dios nuestro Creador, nuestro Redentor nos manda.
Esa es la obra que realiza Dios por medio de sus Santos Sacramentos, y esa es la limpieza que hace Dios en nosotros. Entonces, Dios le da su tremenda sincronizada y ajustada a la vida de uno. Así como hacen con los carros, y eso le hacen el balanceo, y lo policha, y lo embellece.
 Empieza a recuperar esa vocación que tenía, y ahí ya aparece lo que uno es, ahí sí aparece esa belleza, esa verdad, esa santidad que Dios quiso. Ese es el plan que Dios ha querido darnos en Jesucristo, mis queridos amigos.
Nosotros vamos a recibir esa acción de Dios. Claro, nuestra vasija, como dijo el Apóstol San Pablo, sigue siendo de barro, ¿por qué? Porque la obra grande no es nuestra. Es obra de Él, y es obra suya para gloria suya.
Pero quedamos llenos. Quedamos desbordantes de su tesoro, de su presencia magnífica, y bellísima. Que sea este el día para darle ese "sí" a Dios. Para decirle: "Señor, quiero entrar al taller. Quiero que me balancees, me sincronices. Quiero que me repares. Quiero que me embellezcas. Quiero volver a ese plan original tuyo, porque tu todo lo has pensado con amor".
Quizás, yo he sido un terco que voy de taller en taller, a ver si aquí me reparan esto, a ver si aquí me reparan lo otro. ¿No será que toca volver de todo corazón al Señor, y decirle: "Tú, que lo has dispuesto todo con providencia, tú sabrás qué hacer conmigo"?
Vamos, entonces, en esta Eucaristía a decirle ese "sí" al Señor, con todas sus consecuencias. A decirle: "Señor, hoy te doy poder. Hoy te autorizo, ojo a esa oración, hoy te autorizo, Señor, que obres en mi corazón. Hoy te digo: tú eres el Señor de mi alma. Tú eres el Señor de mis afectos más profundos"
"Tú eres el Dios, el Señor que tiene autoridad y autorización sobre todo lo que yo soy. ¡Oh, Señor, tú eres el Rey de la gloria. Tú tienes poder sobre mí! Yo te devuelvo, si una vez te quité ese poder, si una vez no te di esa potestad y me fui por mi propio camino tercamente, Señor, hoy te devuelvo esa potestad. Hoy te reconozco como mi Señor"
Quiero que tú repares en lo profundo de mi vida todo lo que yo soy, todo lo que he sido, todo lo que he pensado, lo que he dicho, lo que he hecho. A ti la gloria, Señor. A ti la alabanza. Tú eres el único que puede hacerlo, y que sea para gloria tuya. Que muchas vidas, Señor, sean reconstruidas en este momento, en esta asamblea".
"Que nosotros podamos abrir nuestros ojos, y contemplar que tú nos creaste con belleza. Tú te gozaste en tu obra. Tú nos hiciste con alegría. Tú no estabas borracho, ni medio dormido, ni enfermo, ni distraído cuando me estabas haciendo, Señor".
"Tú me hiciste, Señor, con amor. Cada una de las células de mi cuerpo, cada uno de los tejidos de mi corazón, fue tejido por ti mismo, Señor, fue hecho por ti, y tú me hiciste con amor".
"Y a ese amor apelo hoy, para que tú, Señor, a este vasito de barro, le regales el tesoro de tu belleza, de tu gracia, y de tu santidad."
¡A ti la alabanza por los siglos eternos! Amén.

No hay comentarios:

Publicar un comentario