“Cristo…¡ aquí tienes mis manos, usalas cual tuyas”!
Llegamos hoy al momento culminante, al desenlace, a la hora de las revelaciones en el libro de Tobías, ¡es un pasaje tan lleno de enseñanza!
El Arcángel Rafael se muestra como la gran expresión del oído atento de Dios a las oraciones. Ese pobre hombre, Tobías, al que hemos escuchado sufrir tanto en las lecturas, ese hombre al que le cae encima la desgracia, después de sólo hacer el bien; esas lágrimas derramadas en silencio, que parecían perdidas y sólo fruto de amargura, esa es la ofrenda que el Ángel Rafael le presenta a Dios.
Es muy hermoso saber que estaba el oído de Dios en la hora de la profunda soledad, de la confusión, de la amargura. La amargura de Tobías fue terrible, recuerden que él llegó a desearse la muerte: "Quítame la vida" Tobías 3,6; pero Dios estaba ahí, estaba callado, pero estaba, y esa es una primera enseñanza para nosotros hoy.
También nosotros tenemos momentos, circunstancias, dolores en que nos abruma, nos inunda el dolor, la contradicción, la confusión, incluso, por respuesta a nuestras propias culpas o las de los demás. El Ángel Rafael es la expresión del oído atento de Dios.
Podemos tomar de las frases que él dice. Yo quiero detenerme un momento en aquello de "el secreto y la revelación". Esa frase es todo un programa de vida: "Es bueno guardar el secreto del rey, y es un honor revelar y proclamar las obras de Dios" Tobías 12,7. Dos afirmaciones que parecen contradictorias.
Guardar un secreto es no decirlo, proclamar es decir, y ya deja de ser secreto, y sin embargo, el mismo Rafael realiza las dos cosas, es decir, ha guardado el secreto y ha proclamado el secreto; pero el secreto proclamado no queda violentado, no queda profanado; el secreto compartido, revelado no queda profanado.
Una cosa es la infidencia y otra cosa es la confidencia. La infidencia es defraudar la confianza, la confidencia es agrandar la confianza.
Lo que Dios quiere que nosotros hagamos con su revelación es algo como un secreto, es un secreto de amor la revelación; pero ese secreto no debe ser profanado por la infidencia, sino que debe ser propagado por la confidencia.
En el Evangelio, mis queridos amigos/as, en el Evangelio dice Cristo: "No arrojemos las perlas a los cerdos" San Mateo 7,6, esa es la infidencia.
Pero también dice que: "Proclamemos desde los terrados" San Mateo 10,27, "No hay nada oculto que no llegue a saberse" San Mateo 10,26, esa es la confidencia.
La infidencia destruye la confianza, la confidencia agranda la confianza; ¿cuál es la diferencia entre las dos cosas? ¿Cuál es la diferencia entre decir un secreto, defraudando la confianza, y compartir un secreto, agrandando la la confianza? Esto nos interesa muchísimo, muchísimo a todos, especialmente a los predicadores.
Un buen predicador no es el que devalúa las monedas de cielo que ha recibido, pero un buen predicador tampoco es el que esconde los tesoros celestiales que le han comunicado.
¿Cómo hacer para transmitir la enseñanza celestial sin ensuciarla, sin profanarla? Esa es una buena pregunta para los misioneros. Un buen misionero debe saber revelar el cielo sin volverlo tierra; debe transmitir la intimidad de Dios sin violentar la pureza del mensaje divino.
Y eso fue lo que hizo Rafael. Rafael no empezó, como buen evangelizador, los Ángeles son maestros en la evangelización, ellos miraban a los Ángeles para ver qué era evangelizar.
Rafael hizo un camino, levantó, con las muestras de la Providencia; levantó, con el calor de su amistad; levantó, con su plegaria silenciosa; levantó, con su amistad purísima, levantó el corazón de Tobías hijo, lo levantó.
Y cuando ya había levantado ese corazón y cuando ya ese corazón estaba listo para recibir la revelación, entonces sí les dijo: "Las oraciones de ustedes fueron oídas, y tan oídas, que un Arcángel del cielo se ha puesto al servicio de ustedes" Tobías 12,15.
Reflexionemos, lo que dice aquí: "Lo llamaron aparte, padre e hijo" Tobías 12,15, el ambiente sigue siendo de revelación, de secreto; le rogaron que aceptara la mitad de todo lo que habían traído; ellos llamaron al Ángel para darle sus tesoros y el Ángel aprovechó el momento para darles los tesoros de él.
"Él les dijo en secreto" Tobías 12,6; ese es el carácter paradójico de la revelación; la predicación hay que hacerla duro, fuerte, claro a todo el mundo, pero a todos tiene que llegar como un secreto..
Los antiguos Padres de la Iglesia decían que para poder predicar así, era necesario seguir el ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, se necesita una dosis de lenguaje simbólico, se necesita una dosis de apelación, se necesita que las palabras sean lo suficientemente claras, para el que quiera recibirlas, y lo suficientemente oscuras, para el que quiera rechazarlas.
Si Dios nos da la gracia del Espíritu Santo, nosotros aprenderemos poco a poco a predicar así; de manera que el que llega con mucha hambre, sale saciado, y el que llega con mucha displicencia, sale confundido.
Porque la predicación tiene que llegar siempre como un secreto. Un buen predicador, buenos predicadores son, por ejemplo,los Ángeles, un buen predicador tiene conciencia de una cosa, y es que la predicación acontece dentro. San Pablo en la Carta a los Gálatas nos dice: "Cuando Dios tuvo a bien revelar a su Hijo en mí" Carta a los Gálatas 1,16.
La revelación acontece dentro, dentro, más dentro de lo que pueden llegar nuestros abrazos, cualquier expresión afectiva humana, mucho más dentro que eso.
Idealmente, deseablemente, tiene que tenerse transparencia, que es virtud de Ángeles, de manera que entre el corazón de Dios, que quiere revelarse, y el corazón del oyente, que necesita esa revelación, no haya estorbo alguno.
Tiene que serse un experto en caminar, tan suavemente, que no rompa los puentes leves del corazón humano, pero tan sabiamente, que pueda llevar la linterna de Dios por esos mismos senderos.
Nuestro Señor Jesucristo, y los grandes santos predicadores y misioneros, nos ilustran.
Santo Domingo de Guzmán,San Juan Bosco tenía esa gracia; cuántas veces tomó a personas sumidas en el dolor, sumidas en la tentación, en la crisis, en el desengaño, en la desilusión, y se les sabía colar en el corazón, virtud que es propia de Dios; se les sabía entrar en el corazón, sabía pisar despacio pero firme en ese corazón, hasta llegar con la linterna de Dios al santuario del alma, y allá dejar la luz.
Necesitamos, verdaderamente, la intercesión de los Ángeles y necesitamos la gracia del Espíritu, para que la predicación sea siempre como ese secreto, como ese susurro; las cosas más grandes de nuestra fe serán siempre susurros; es lo que vivimos en la Eucaristía: cuando uno se arrodilla, por ejemplo, ante la Hostia Santísima, es un susurro lo que uno siente: "Es Él, está ahí", es el susurro.
Deberíamos saber gritar susurrando o susurrar gritando, de manera que al mismo tiempo fuera secreto y fuera revelación; fuera confidencia, fuera noticia, en fin, fuera siempre Evangelio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario