La pecadora se presenta sorpresivamente en el banquete y se comporta con toda libertad frente al “qué dirán”, da a entender que ya conocía a Jesús y había tenido con él un encuentro de conversión, perdón y liberación. Jesús establece una relación nueva con los pecadores, a quienes las autoridades religiosas consideraban indignos de ser amados, acogidos, y hasta los consideraban malditos. Por eso Jesús aclara: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.
Los escribas y fariseos se consideran “justos”; y se escandalizan porque Jesús acepta aquellas atenciones “fuera de lugar”. Pero la pecadora, por el arrepentimiento y el gran amor a Jesús por haberla perdonado, ya está limpia. Es ya una “pecadora buena”, convertida. En verdad que no hay motivo más grande para amar a Dios que el perdón incansable de nuestros pecados. Perdón que merece una inmensa y eterna gratitud, porque nos devuelve el derecho a la vida eternamente feliz en la Casa del Padre; derecho que habíamos perdido por el pecado.
Dios también se siente feliz perdonando: “Hay más fiesta en el cielo por un pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos” ( Lc. 15,10). Y desea que también nosotros gocemos la gran felicidad de perdonar al prójimo como él nos perdona. El perdón es la obra del amor más puro, pues no está contagiado de egoísmo.
Que Dios nos dé el gozo de perdonar “setenta veces siete”. La mejor señal de que amamos a Dios y al prójimo es el perdón que damos a quienes nos ofenden. Y la mejor señal de que Dios nos ama, es el perdón que nos concede.
Por otra parte, sería fatal ligereza creer que Dios perdona todo sin condición alguna, y que la salvación la tenemos asegurada por más que nos aferremos al pecado, negándonos a volver a Él. Jesús mismo nos lo dice bien claro: “Si ustedes no perdonan, no serán perdonados” ( Mt. 6, 15).
¡Danos, Señor, la gracia y el gozo de saber perdonar, para que tú puedas tener el gozo de perdonarnos!
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