Esa acción del Espíritu, esa obra del Espíritu. No se trata, simplemente, de una reflexión racional o de un reacomodamiento de los datos que nos ofrecen la tradición o la Escritura, sino se trata de una obra del Espíritu, que va evangelizando la inteligencia.
La teología es una labor bella, ardua y necesaria en la Iglesia, porque es la evangelización del pensamiento. Pero el pensamiento, como bien lo indica la psicología de Santo Tomás, no se dirige con constancia, con perseverancia hacia su objeto si no le ama.
Es Dios, sumamente amado, es Dios que nos ha amado hasta el extremo, quien cautiva el corazón del teólogo, y quien le hace repetir la expresión de San Pablo: "Creí, y por eso hablé" 2 Corintios 4,13.
Esta sencilla meditación sobre la Teología y San Pablo, a partir del Pasaje que nos ha ofrecido la Iglesia en 2 Corintios 3,15-18;2 Corintios 4,1-6.
San Pablo quiere presentar la redención como en una comparación con la Creación, y la luz del Evangelio en una comparación con esa luz creada por Dios al principio.
En ese primer acto creador, no había quién se resistiera a la voluntad Divina. La Majestad Divina, en el acto primordial de la Creación, obra como sin interlocutor, porque, precisamente los posibles interlocutores, Ángeles o ser humano, saldrán de ese acto creador.
En la redención, hay un acto que es superior a la Creación, en este momento, no los menciona el pasaje de San Pablo. Hay un acto que es superior al de la Creación, pero que sí tiene interlocutor.
La resistencia que encuentra Pablo para predicar el Evangelio a los Judíos, le lleva a hacer una meditación, y le lleva, por un lado, a decir que se trata de una nueva Creación, pero una Creación que supone un "algo" por parte del corazón humano.
El acto de la redención, Dios no hace algo afuera de Él, sino que Él mismo se comunica. Esa idea de la comunicación, de la donación de Dios, es la que repite San Pablo cuando insiste en que el Señor es el Espíritu, o en que la obra del Señor en la predicación, es una obra del Espíritu 2 Corintios 3,17-18.
Ese Espíritu, esa comunicación, esa donación de Dios es cualitativamente superior, infinitamente superior a todo el universo creado, y a mil universos más que se crearan. Por eso es mayor la Redención a la Creación.
En la Creación no había oposición alguna; en cambio, en la redención, en cada corazón hay como un universo que Dios tiene que ganarse: hay un corazón que tiene que ganarse, un corazón que puede decir sí, o que puede decir no.
Por eso sucede un "algo" misterioso que sólo Él conoce, y que se da por la comunicación del Espíritu, que hace que, finalmente, el corazón humano diga sí, diga sí a Él.
El precio para que nuestro corazón le diga sí a Él, ha sido, precisamente, que Él mismo, no algo suyo, sino Él mismo, se done a nosotros.
Él se ha donado, porque ha ganado a nuestro corazón a un precio tan alto, por eso habla con la fuerza con la que le hemos escuchado en el Evangelio San Mateo 5,20-26. Por eso Cristo habla como dueño de un territorio.
Cuando Cristo, con esa autoridad que impresionaba a las personas, dice: "Mire, es que no es, simplemente, que no mate, sino se trata de que no odie, que no tenga resentimiento, que ni siquiera insulte, que esté dispuesto a reconciliarse siempre" San Mateo 5,21-25.
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