Se ve que el mensaje de satisfacción, reparación, expiación, penitencia, en realidad lo que es, es una predicación sobre la victoria de la muerte, una predicación sobre los alcances irreprimibles, sobre los alcances inesperables e irreversibles que tiene el amor en una vida.
Acogiendo la redención y la reconciliación de Dios en Cristo, no sólo somos declarados buenos, sino que somos transformados por la bondad de Dios, de manera que su voluntad y su plan originales, se puedan cumplir en nosotros.
Contemplemos agradecidos estos misterios, renovémoslos en el memorial de la reconciliación, en el memorial de la redención.
Ese pan siempre fresco de la Eucaristía, ese vino siempre fresco de la Eucaristía, nos invita siempre a ser nuevos en el amor que Dios nos da cada día, a ser siempre nuevos en la gracia que nos puede trasformar hasta las últimas células, en el amor que nos puede renovar hasta el ultimo tejido de nuestro ser.
El Sermón de la Montaña; dicen los estudiosos de la Sagrada Escritura que el Sermón de la Montaña reúne para una sola ocasión una multitud de enseñanzas de Cristo.
Aquellas que son esencialísimas, como las más propias, como las características de Nuestro Señor; ese modo paradójico de felicidad que anuncian las Bienaventuranzas es muy propio de Jesús.
Cristo cuando hace comparación en otros pasajes sobre la Ley antigua recupera el verdadero sentido de la Ley, porque Él dijo que "no venía a abolir sino a dar plenitud" San Mateo 5,17, aquí también recupera el verdadero sentido de la palabra humana.
Para comprender y dar alguna respuesta hay que decir que lo esencial de la enseñanza de Cristo no está en la prohibicion de jurar sino en la recuperación de la veracidad, de la transparencia, de la capacidad significativa de la palabra humana.
Traduzcamos a términos positivos lo que aquí aparece como una prohibición: lo que aquí está diciendo Cristo es que tu palabra y quien la pronuncia sean tan verdaderos que no tengas que añadir más testigos, ni tengas que asegurar esas palabras con otras palabras.
Efecivamente, el juramento es en sí mismo como se practicaba en tiempos de Cristo, era algo tan excesivo y tan aberrante como a veces lo encontramos hoy, como en cualquier conversación de dos amigas para decir que "sí me pinté las uñas en este salón y no en el otro"; ya ahí se mete un juramento, con lo cual el Nombre de Dios, ciertamente, pierde su majestad y su lugar en la fe de los creyentes.
Cristo quiere que entre sus discípulos la palabra tenga una fuerza tal de verdad, tenga una claridad, tenga una limpieza que se sostenga por si misma.
De esta manera explica Santo Tomás que si ese valor de la palabra humana fundada en la verdad se tiene, es posible que San Pablo o algunos otros del Nuevo Testamento hayan hecho esos juramentos sin contradecir el núcleo de la enseñanza de Jesucristo.
Para nosotros queda el reto inmenso de hablar con tal claridad, con tal luz, con tal transparencia, que nuestras palabras sean siempre manifestación de la verdad de Dios en nuestras vidas.
La superación de los criterios humanos. San Pablo llama a esos criterios, "juzgar según la carne". San Pablo dice que la muerte de Cristo nos ha llevado a superar los criterios, a superar ese juicio según la carne.
Obviamente, necesitamos primero entender qué es eso de juzgar por criterios humanos. San Pablo lo conoció muy bien, porque él cuando habla de eso utiliza la primera persona, cierto, él dice: “Si alguna vez juzgamos a Cristo según tales criterios, ahora ya no” 2 Corintios 5,16.
El está hablando de una experiencia que el ha vivido. Él a vivido la experiencia de juzgar según criterios humanos, y también tiene la experiencia de superar esa manera de juzgar, y por eso dice: “Ahora ya no” 2 Corintios 5,16.
La experiencia de San Pablo nos interesa muchísimo, porque tal vez nosotros hemos vivido o estamos viviendo eso de juzgar con criterios humanos, pero ya tenemos a una persona que no dice que ha superado eso. Y que lo a superado en virtud de la muerte y resurrección de Cristo.
Cuando él iba camino de Damasco, según cuenta el capítulo noveno de los Hechos de los Apóstoles, a lo que iba era a eso. Él sentía que tenía una claridad total en su mente y que él podía decir: "Este tiene que irse para la cárcel o este tiene que morir a piedra".
Y por eso, cuando apedrearon a Esteban, nos dice el libro de los Hechos de los Apóstoles, que Pablo estuvo ahí.
La parte que tal vez nos pueda parecer más interesante. ¿En donde están esos criterios humanos a veces según la carne? Pues mira, que en el fondo, una persona que trata de demostrarse muy segura casi siempre está tratando de mostrar una inseguridad, es una cosa que uno la ve muy frecuente.
Cuando una persona está muy insegura trata de ponerse una coraza de firmeza, o de dureza, o de seguridad.
Algo parecido sucede con los criterios humanos. Casi siempre revestimos de dureza, revestimos de firmeza nuestra debilidad, nuestra fragilidad. Una de las características de los juicios es que uno suele ser más duro en condenar aquello que a uno le tienta más o le puede más, lo que para uno es mayor tentación, lo que para uno ha sido o es ocasión de mayor pecado, eso es lo que uno condena más duramente en las otras personas.
De manera que una de las características de los criterios humanos es esa, que uno realmente está tratando de condenar afuera lo que tiene adentro, y por eso uno utiliza tanta dureza, porque en el fondo lo que quisiera es radicar el problema que tiene adentro, ese es un dato importante.
Como uno está buscando un juicio seguro, porque uno se siente inseguro, los criterios humanos casi siempre descartan la intención de los humanos, pretenden quedarse únicamente con los resultados, y en ese sentido, la Ley de Moisés ayudaba mucho.
El criterio real del Espíritu es distinto: “Hizo esto”, pero mira otras dos cosas: con qué intención lo hizo y en qué circunstancias lo hizo”. Esas son dos cosas que uno no suele tener en cuenta cuando se trata de hacer juicios duros, juicios drásticos. Ese dato también es importante, llevamos dos.
El primero es cuidado, porque allí donde uno es más firme, normalmente está tapando una inseguridad de uno, y esto vale para todo, para cuando nosotros estamos haciendo una condena mirando solamente el acto, lo que la persona hizo, estamos juzgando mal; hay que mirar por lo menos otras dos cosas que son la intención y las circunstancias. Nos damos cuenta de todas las incoherencias que uno tiene, de todos los defectos que uno tiene, de todas las contradicciones en que uno a caído, y por eso normalmente ya no tiene tanta dureza, sino que esta más dispuesto a perdonar.
Hay otra característica de los criterios humanos, los criterios y juicios según la carne, son para destruir el mal. En cambio, el que juzga según Dios, trata de construir el bien. Claro que las dos cosas se necesitan, hay que quitar el mal y hay que poner el bien.
Pero normalmente la persona que juzga con criterios humanos, le interesa sobre todo, que le llegue castigo al culpable, por eso ya desde antiguo existe un refrán que dice: “Hay más gente interesada en castigar al los culpables que en salvar al los inocentes”, porque gozamos más viendo que al culpable le llego su merecido, que viendo que al inocente le llego su recompensa o le llego su consuelo.
Mire que aquí hay un inocente y está feliz, está tranquilo, está consolado, está fortalecido; no, ese tema es muy aburrido, lo interesante ver es cómo torturan al criminal, cómo tuvo que pagarla.
Esa confusión entre justicia y desquite, o entre justicia y venganza, es muy propia de los criterios humanos, El gran interés es que la pague, y tiene que dolerle. Esto lo revestimos de una cantidad de justificaciones: “No, es que si no le duele, no aprende”; “Tiene que dolerle”.
Y si Dios se la apareciera y le dijera: "Mira, yo puedo cambiar a esa persona sin que le duela tanto”; "no, mejor que le duela, de todas maneras, siempre es bueno que le duela". ¿Sabes por qué uno obra así? Uno obra así porque a uno le duele tratar de ser bueno, uno trata de emparejar el partido.
Si a mí me cuesta tanto trabajo ser bueno, y ahora llega este y la embarra, y la embarra y la embarra, y luego con que perdonado, “no, no, eso no puede ser así”, tiene que haber más o menos una cierta equidad; si a mí me costó tanto trabajo ser bueno y el otro la embarró, pues tiene que cobrársela, de manera que quedemos a par".
Es decir, que si al final vamos a quedar empatados, y a mí me cuesta tanto, que a él también le cueste tanto; como él la embarró y yo no la he embarrado, como él se equivocó y yo no me equivocado, pues tiene que recibir su castigo. Y por eso los criterios humanos tienen mucho que ver con eso, con ese buscar el castigo: "que le duela, tiene que dolerle".
Los criterios humanos se parecen entonces mucho a la famosa ley del Talión, ¿no? “Ojo por ojo, diente por diente”. Los criterios humanos quedaron vencidos en Jesucristo.
Jesucristo, por ejemplo, con eso de la mujer adúltera. "–Hombre, por lo menos si hubiera pedido: "Tírenle al menos unas piedritas chiquitas, ¿no? Pero no, finalmente ni una piedra, pues quedó la gente como aburrida".
Lo triste de los criterios humanos es que los que condenaron a Cristo creían que estaban haciendo un servicio, creían que estaban haciendo las cosas bien. "No, claro, imagínase lo que va suceder aquí, es decir, si
Los criterios humanos son postizos, están llenos de formalidades y conveniencias, están llenos, precisamente, de pactos humanos, de lo que se acostumbra, de lo que se estila, de lo que se suele hacer, de lo que conviene más.
En fin, para decirlo todo junto, los criterios humanos siempre incluyen que al otro se le haga algo que yo no quisiera que me hicieran a mi. Yo quisiera que conmigo existiera misericordia, yo quisiera que conmigo existiera perdón, yo quisiera que conmigo existiera paciencia, pero eso es porque yo aprendo; pero como los demás son tercos, pues con los demás si toca mano dura, a mí con que me expliquen basta, pero como los demás es a rejo, que aprenden, rejo con ellos de manera que puedan aprender.
Los que condenaron a Cristo estaban llenos de criterios humanos, lo que conviene, lo que se puede hacer, lo que se debe hacer; están llenos de gente seria que arrugan la frente y dice: "Tú qué opinas ante este caso?" "Hay que matar a Cristo", "claro matémoslo", "sí, sí matémoslo, todos estamos de acuerdo, es cierto, hay que matarlo".
Cuando muere Cristo, es cuando uno descubre que por ese camino se llega a la muerte del inocente. Uno dice: "No sigo, por ese camino no es, ya no sigo por ese camino, no es mi camino, tendrá que ser otro".
El de la intercesión, pero eso toca aplicarlo para todo el mundo, porque todos tenemos gente a la que nos cuesta muy poco perdonar y todos tenemos gente a los que nos cuesta mucho perdonar .
Hay veces que perdonar es agradable. Hace unos días unos soldados encontraron una cantidad de dólares, no se cuánta cantidad de dólares y se repartieron la guaca ahí entre ellos y se fueron hacer juerga, y a emborracharse, y hacer barbaridades con su dinero.
Pero hay mucha gente que comprende y dice: "Y al fin y al cabo, la vida de esos pobres soldados..."; hay cosas que son fáciles de perdonar.
Todos tenemos gente a la que nos resulta sencillo perdonar: "El soldado ese, que trato de robarse esa plata"; "hombre, pero al fin y al cabo un pobre soldado de esos"; "sí, pero no estuvo bien echo"; "no, pero...." Y todos tenemos gente a la que nos cuesta mucho trabajo perdonar, mucho trabajo, y es la gente a la que juzgamos más duramente. Tal vez porque están más cercas de nosotros, tal vez porque esperaríamos más de ellos.
Hay gente, por ejemplo, especialista en juzgar con dureza a sacerdote, o juzgar con dureza a la mamá, o en juzgar con dureza al hijo, o al esposo, o a la esposa, o si no encuentran alguien más, a la vecina: "¡Y mire a la vecina, mire, desperdiciando toda esa plata, ¡ay, en esa mascota, en ese gato en ese!....
Todos tenemos personas a las que tendemos a juzgar con criterios humanos, así que no nos creamos muy espirituales, a veces uno tiene una gran indulgencia, incluso por el que es capaz de secuestrar a un bebé: "Sí, tengámosle paciencia"; pero ese mal genio de mi mama: "Ese no, ese sí no, yo creo que no tiene perdón en esta vida ni en la otra"
Por eso, el que quiera verdaderamente amigo de Jesucristo, realmente tiene que revisar mucho el corazón, porque es que perdonar a los que están lejos es fácil, lo difícil a veces es perdonar a los que tenemos cerca, a los que nos han decepcionado y están a un lado de nosotros.
Eso es lo que es difícil; a la gente de la que esperaríamos más tal vez por su cargo: "Es que usted como obispo, usted como párroco, y usted como sacerdote, deberían...."
Todos tenemos gente a la que nos cuesta trabajo perdonar, según lo que nos dice San Pablo, el único camino es meter a esa gente en el corazón de Cristo. Lávalos en la sangre de Cristo, una y otra vez lávalos, lávalos.
Cuando ya los puedas ver recubiertos en la Sangre de Jesucristo, cuando ya los puedas ver bañados en la Sangre de Cristo, vuélvete a preguntar si eres capaz de decir las palabras que antes decías, si logras escuchar en tus oídos lo que te dice Jesús: "Yo lo amo, yo lo perdonó, yo lo entiendo; lo que tú no entiendes, yo sí lo entiendo".
Si después de oír a Jesús decir: "Mira, yo estoy dispuesto a volver a morir por él o por ella", si después de oír eso, eres capaz de repetir tus mismas palabras, pregúntate que corazón tienes.
San Pablo se sanó de sus juicios y de sus criterios humanos. Que Dios, el Señor, por virtud de la Sangre de Cristo, que se hace presente en este altar, que Dios, el Señor, nos sane también a nosotros
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