martes, 31 de enero de 2017

Ancias







En las ansias redentoras
del Corazón de Cristo,
recibe mi persona y obras
unidas a Ti, por la redención del mundo.

Señor mío, y Dios mío Jesucristo:
Por el Corazón Inmaculado de María
me consagro a tu Corazón,
y me ofrezco contigo al Padre
en tu santo sacrificio del altar,
con mi oración y mi trabajo,
sufrimientos y alegrías de hoy,
en reparación de mis pecados
y para llegar algún día a formar
parte de tu Reino de Eternidad y Amor.
Amén.
"Ven, Espíritu Santo,
inflama mi corazón

domingo, 29 de enero de 2017

San Juan 6,26









Cuando la multiplicación de los panes en Juan 6, la gente va detrás de Jesús, una gran multitud se agolpa cerca de Él, pero Cristo en este Evangelio es el que más ve; todos ven, pero el que más ve es Cristo y Cristo ve hasta el corazón y sabe de las intenciones de las personas, entonces Cristo que ve los corazones, le dice a esa multitud: "ustedes no vienen porque hayan comprendido los signos" San Juan 6,26, signos de salvación, señales del Reino, adelantos de la gloria, pruebas de la gracia, todo eso es lo mismo.
Todo eso lo dice el Evangelista con una sola palabra griega que en singular es: "seneiem" y en plural seneia, entonces Jesús les dice: "ustedes no han comprendido, ustedes no han entendido lo que está pasando,  es decir, ustedes no tienen sino ojos para esta tierra y así no se pueden entender las señales de Dios". Lo que en realidad hace este Evangelista no es disminuir el creer a la altura del ver, sino el levantar el ver a la altura del entender. Ese entender no es un entender intelectual, no se trata de poder ofrecer una explicación científica, filosófica, de otro orden sobre aquello que nos pasa; ese entender sucede estrictamente en la gracia del Paráclito, o soy más preciso, en la gracia del segundo Paráclito, porque para este Evangelista, Dios nos ha enviado dos Paráclitos.
LUIS EDUARDO Rodrìguez V
Paráclito, Paracletos es el Advocatus, es el que es llamado como ayuda. La criatura humana herida y enceguecida, lastimada por el pecado, no logra levantarse por sus propias fuerzas, necesita ayuda, no está muerta, no está perdida definitivamente, está enferma, necesita ayuda para levantarse de su enfermedad, y Dios nos ha enviado dos ayudas, dice San Juan. El primer Paráclito es el Verbo Encarnado, este Verbo, esta Palabra hecha carne presenta en nuestra historia las señales, y ése es el ver.

Luego se necesita que el otro Paracletos, que el otro Advocatus nos permita dar el otro paso, el entender, el creer, porque el entender y creer no se oponen en San Juan. Si hay algo absolutamente ajeno al pensamiento de Juan es la oposición modernista entre razón y fe, más bien de San Juan seguramente proviene esa frase maravillosa que nos enseña Santo Tomás de Aquino: que la fe es la perfección del entendimiento.

Pues bien, Dios nos ha enviado dos Paráclitos, el primero nos levanta y nos presenta signos, y el segundo nos sana, nos ilumina, nos conduce a la verdad completa. Cristo nos puede decir: "yo soy el camino la verdad y la vida" (véase San Juan 14,6).

En verdad, Cristo es la verdad, pero para que esa verdad sea plena, se necesita que además de ver los signos, los entendamos y de esa plenitud de verdad nos conduce el segundo Paráclito que es el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, como lo llama este Evangelista.

 Lo mismo sucede con la alegría, porque así también se podría leer este evangelio. El ser humano está triste, está decaído, está encerrado en su propio problema, no logra salir de si mismo, ninguna carne se fecunda a sí misma, nadie puede gozarse de que se goza; el ser humano está triste y necesita ayuda para ser alegre, es de una ternura infinita.

Esta perspectiva necesita ayuda para alegrarse. Porque no puede alegrarse, sólo entonces viene el primer Paráclito y le da la primera alegría, esa primera alegría es sanar el hambre, por ejemplo, qué hambruna tan terrible la que teníamos, pero comimos, esa es la primera alegría, una alegría pasajera que aparece en ese pan o que aparece en el pozo aquel de las salidas del pueblo de Samaria llamado Sicar; en ese pozo de Jacob hay agua, un agua que causa una alegría, pero una alegría que se extingue; esa es la primera alegría, señales.

Esas son la alegría; pero sólo se puede llegar a la señal completa cuando la fuerza del Espíritu Santo permite comprender la definitiva manifestación que es Cristo en la Cruz, que a la vez, para este evangelista es Cristo glorioso. La gloria y la Cruz no están separadas en El.
Aquél que por la gracia del segundo Paráclito, del Espíritu Santo, bebe torrentes que manan del costado de Cristo y come el pan de vida; el que bebe y come así, ya tiene la alegría completa, porque el que se alimenta en la mesa de la Cruz ya no tiene que temer privación alguna.
Cuando llega el Paráclito y nos permite ver la gran señal de la Cruz, y cuando vemos Cruz y gloria en ese Cristo crucificado, ahí sí alcanzamos la alegría completa, porque el que está abrazado a la Cruz del primer Paráclito y entiende esa Cruz, para el segundo Paráclito ya no teme nada, porque a nadie se le puede quitar tanto como se le quitó a Cristo en la Cruz, y ese Cristo despojado de todo, hasta de su ropa, ese Cristo sigue siendo la gloria del Padre.

Por consiguiente, si en esa cruz desnuda de todo, hay dolor, quiere decir que no importa que me quiten, no importa que pierda, mi alegría ahora es completa y por eso dice Jesús "y esa alegría ya nadie os la podrá quitar" San Juan 16,22.

Este Evangelio entonces es todo él un itinerario, un camino hacia la alegría completa, hacia la verdad completa, hacia el amor perfecto.


Bendito Dios que nos regala un contemplativo de estos; benditos ojos, bendita palabra que nos ilumina el misterio de la Palabra; bendito corazón tan lleno del amor de Dios.

viernes, 27 de enero de 2017

San Juan 6,58







La Eucaristía nos introduce en una corriente de amor y de obediencia, que es la de Cristo Hijo a su Padre. La Eucaristía nos introduce en el misterio del amor mismo de Dios, nos lleva más allá de nuestras pequeñas ofrendas a la ofrenda de Cristo.
La Eucaristía transforma nuestros días finitos en el día infinito del Señor; la Eucaristía toma nuestras luces limitadas y vacilantes y las lleva a la hoguera esplendorosa de Jesús. Esto hace la Eucaristía en nuestras vidas.
Quiero destacar una frase de lo que acabamos de leer "Cristo presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte cuando en su angustia fue escuchado" Carta a los Hebreos 5,7. Cristo fue salvado de la muerte.
Salvarse de la muerte no es aplazar la muerte. Si uno va atravesando descuidadamente una carretera y un automóvil casi lo atropella, dice: "Se salvó, se salvó de la muerte". No se salvó de la muerte, la aplazó, ahí se aplazó la muerte.
Cristo y en cada Eucaristía, se anuncia algo que es definitivo. A esa salvación definitiva nos unimos nosotros en el pacto de fe y amor que es cada Misa. Nosotros nos sintonizamos con ese amor, y con lo definitivo del amor de Jesucristo, nosotros mismos vencemos la muerte.
El Pan que comulgamos, la Eucaristía que compartimos, llega viva a nosotros. El sacrificio que se ofrecía en el Antiguo Testamento era un sacrificio muerto; es decir, muerta la víctima, por ejemplo el cordero, así se ofrecía a Dios.
La Eucaristía es un sacrificio vivo, es un Pan Vivo, y así vivo llega a nosotros, a nuestro corazón. La Eucaristía entra viva en nosotros a comunicarnos su vida. la Eucaristía llega a producir en nosotros, a engendrar en nosotros una vida que ya nadie puede destruir.
 Cristo dice en el evangelio de Juan: "El que coma de este Pan no morirá para siempre" San Juan 6,58, porque el que come la Eucaristía come inmortalidad, se come un Pan que ya venció a la muerte; el que se come a Cristo, el que se alimenta de Cristo, se alimenta de un Pan que ya atravesó el umbral de la muerte.
Todos rodeamos un Pan que es eterno, a un Pan que ya atraviesa los siglos, a un Pan que ya vence al tiempo, que ya vence a la muerte. Comulgar, alimentarse de ese Pan es comer inmortalidad.
Dios nos concede la gracia de comer un Pan que ha vencido a la muerte, de un Pan que ya no muere, una vida que ya no se extingue, una salvación definitiva. Esa comunión y esa Eucaristía es también la certeza que cada uno de nosotros tiene de que no morirá.
Cristo, en cambio, llega vivo a nosotros, y no llega para que nosotros le transformemos en lo que nosotros somos, sino para transformarnos Él en lo que Él es.
¡Qué fuerza que tiene la Eucaristía! Llega viva a nosotros, inmortal, victoriosa, definitiva, a hacernos inmortales, a hacernos salvados, a hacernos eternos; a eso llega Cristo en nuestras vidas. Entra Cristo como Rey victorioso a nuestra existencia, a transformarnos en Él, a transfigurarnos.

Si yo he comido Pan Vivo, yo viviré, nosotros viviremos. Después de comer a Cristo somos indestructibles; después de alimentarnos de Cristo tenemos en nosotros una fuerza que ha vencido al mundo, que ha atravesado la muerte, que es más grande que todos.

Marcos 2,27.








 "El que observa y enseñe los preceptos será el más grande, pero el que quebrante el más pequeño de estos preceptos, será el más pequeño en el Reino de los Cielos" San Mateo 5,19. O sea que Jesús no nos está invitando a la desobediencia, Jesús no nos está invitando a quebrantar la ley.
La posición de Cristo no es la de una idolatría de la ley, pero tampoco es la de una desobediencia a la ley. Cristo no quebrantó el sábado, sí, como se oye. Mencioné lo de Pedro, porque Pedro vivió seguramente años con Jesús, seguramente comían de lo mismo, y Pedro dice: "Nunca he comido nada prohibido por la ley" Hechos de los Apóstoles 10,14.
Lo que Cristo dijo fue más profundo: "El sábado se hizo para el hombre" San Marcos 2,27; "el Hijo del hombre es señor del sábado" San Marcos 2,28. Me parece entender a mí que la palabra fundamental de lo que Cristo quiere enseñarnos es la palabra "señor".
No dice: "quebrantarse el sábado", no dice: "desobedéscase", ni siquiera dice: "en casos extremos"; lo que dice es más misterioso, es más difícil, en cierto sentido, pero es muchísimo más profundo: "el Hijo del hombre es señor del sábado" San Marcos 2,28.
"El Hijo del hombre es señor del sábado" San Marcos 2,28, ¿qué quiere decir eso? "Ah, pues quién no sabe, pues..., señor, se entiende; señor, señor, señor del sábado".
¿Qué quiere decir ser señor del sábado? ¿El señor del sábado? ¿El señor del sábado será el mismo señor del martes, el señor del jueves, señor del viernes? El señor del sábado, ¿qué es eso?
Tengamos en cuenta que la palabra "señor" en la Biblia tiene un contenido supremamente fuerte; en la Biblia "el señor" es Dios: "el señor nuestro Dios es solamente uno" Deuteronomio 6,4. Hay un señor.
Parece entenderse que lo que Jesús está diciendo es: " que es el señor para ti, eso tienes que ser tú para con tu vida, para con tus leyes, para con tus costumbres, para con tu sábado".
El señor Dios es el Señor, y Dios lo puede todo, pero Dios  Dios obra sabiamente. La sabiduría y la misericordia de Dios rigen su obrar; Dios es sabio y es misericordioso, así es el Señor.
¿cómo es el Señor? El Señor es fiel, el Señor es misericordioso, el Señor es sabio. Bueno, toma lo que tú sabes del Señor, y ahora vas a ser tú el señor del sábado, gobierna tú el sábado como Dios gobierna, ese parece que es el sentido.
Gobierna tú como tú ves que Dios gobierna: "El sábado se hizo para el hombre" San Marcos 2,27, quiere decir, el sábado está bajo el gobierno del hombre, ¿y cómo lo debe gobernar el hombre? Como el Señor gobierna. Esa es la mente de Cristo, parece.Cuando Jesucristo dice: "El Hijo del hombre es señor del sábado" San Marcos 2,28, lo que está diciendo es: "El sábado tiene que ser gobernado, es una institución, no es un dios, es una institución, es algo para ti".
"¿Y cómo lo voy a gobernar?" "Mira cómo gobierna el Señor, mira cómo gobierna Dios: con esa sabiduría, con esa compasión, con esa fidelidad".
Entonces toma tu salud, o toma tu cuerpo, o toma tus cosas; ¿tú cómo tratas tus cosas?, no las destruyes a placer, al contrario, tratas de expresar en esas cosas lo que hay dentro de ti; si dentro de ti hay orden, hay belleza, hay perfume, pues tú quieres que tus cosas sean perfumadas, luminosas, bellas. Pues el sábado es tuyo.
Lo que dice Jesús aquí es: "El sábado es tuyo, te lo doy, gobiérnalo, pero gobiérnalo como Dios gobierna. Eso fue lo que hizo el mismo Cristo. Con sabiduría, con misericordia, como Dios gobierna sus cosas, Cristo gobernó sus cosas; como Dios gobierna sus cosas, tú tienes que gobernar tus cosas.

Recojamos entonces las enseñanzas que creemos encontrar en este texto, porque son cosas que hemos oído muchas veces y de pronto no les ha encontrado el sentido.

Salmo 81,11








Es como la luz del sol que hace su inmenso recorrido ya Cristo llegó hasta donde podía llegar: "Abre tu boca, y yo la saciaré" Salmo 81,11, dice el salmo.
Abre tus ojos y sácialos de luz; abre tu alma y cólmala de santidad; abre tu vida y llénala de pureza; abre tu campo y que Dios siembre buena semilla en él.
Dios ha declarado, más aún, ha proclamado, más aún, ha gritado su misericordia, la fuerza de su perdón; ha declarado que hay vida y que hay gracia y que hay perdón, y eso está a tu alcance.
La palabra de salvación que reflexionamos no es una palabra nueva, es la palabra antigua, es la palabra verdadera.  Los dones de Dios no están más allá de los mares, ni detrás de la s montañas. Los dones de Dios no están arriba de los cielos, porque de esos cielos ha enviado Dios esa ancla de salvación a la que podemos asirnos nosotros ahora.
Creemos en esa salvación, aceptamos esa salvación, nos gozamos en esa salvación.  Queremos en esta Eucaristía abrir del todo nuestra alma, saciar del todo nuestra hambre en la infinita dulzura, en el infinito alimento del Pan que da la vida. Ahí esta Él, y por parte de Él no hay límite alguno.
Se va a dar Cristo en alimento, esa es la Misa, come lo que quieras, aliméntate. No sucede aquí como en el pan material,para alimentarte más hay que aumentar el volumen. Alimentarse más en el plano material y físico es comer más, pero comer más en el plano espiritual es tener más hambre, es tener más fe, es creer más.
"Pide un don en lo alto del cielo o en lo profundo del abismo" Isaías 7,11.
Para que tu corazón se acostumbre a pedir con fe y se disponga a recibir, mira cómo el ancla de salvación atraviesa la cortina del santuario, y mira cómo el mismo Cristo que celebra con nosotros esta Eucaristía, celebra en el cielo la Eucaristía eterna, mejor dicho, nos hace celestiales aquí, hoy, ahora.
Recibamos esa salud, recibamos esa luz, acojamos ese alimento.
Bienaventurados aquellos que así se alimenten hoy de Jesucristo; ellos podrán ver cómo el Señor realmente es fiel a su Alianza, y Él vive eternamente.

jueves, 26 de enero de 2017

Recorrido





Es como la luz del sol que hace su inmenso recorrido ya Cristo llegó hasta donde podía llegar: "Abre tu boca, y yo la saciaré" Salmo 81,11, dice el salmo.
Abre tus ojos y sácialos de luz; abre tu alma y cólmala de santidad; abre tu vida y llénala de pureza; abre tu campo y que Dios siembre buena semilla en él.
Dios ha declarado, más aún, ha proclamado, más aún, ha gritado su misericordia, la fuerza de su perdón; ha declarado que hay vida y que hay gracia y que hay perdón, y eso está a tu alcance.
La palabra de salvación que te predico no es una palabra nueva, es la palabra antigua, es la palabra verdadera.  Los dones de Dios no están más allá de los mares, ni detrás de la s montañas. Los dones de Dios no están arriba de los cielos, porque de esos cielos ha enviado Dios esa ancla de salvación a la que podemos asirnos nosotros ahora.
Creemos en esa salvación, aceptamos esa salvación, nos gozamos en esa salvación.  Queremos en esta Eucaristía abrir del todo nuestra alma, saciar del todo nuestra hambre en la infinita dulzura, en el infinito alimento del Pan que da la vida. Ahí esta Él, y por parte de Él no hay límite alguno.
Se va dar Cristo en alimento, esa es la Misa, come lo que quieras, aliméntate; come lo que quieras. No sucede aquí como en el pan material, en que para comer más, para alimentarte más hay que aumentar el volumen. Alimentarse más en el plano material y físico es comer más, pero comer más en el plano espiritual es tener más hambre, es tener más fe, es creer más.
"Pide un don en lo alto del cielo o en lo profundo del abismo" Isaías 7,11.
Para que tu corazón se acostumbre a pedir con fe y se disponga a recibir, mira cómo el ancla de salvación atraviesa la cortina del santuario, y mira cómo el mismo Cristo que celebra con nosotros esta Eucaristía, celebra en el cielo la Eucaristía eterna, mejor dicho, nos hace celestiales aquí, hoy, ahora.
Recibamos esa salud, recibamos esa luz, acojamos ese alimento.
Pobre de aquél que abra poco la boca, pobre de aquél que tenga poca hambre, porque recibirá poco; pobre de aquél que crea con vacilaciones, porque se quedará sin nada; feliz de aquél que crea con todo su corazón; feliz de aquél que disponga del todo su alma; feliz de aquél que crea con todo su ser y que reciba lo que Dios está dispuesto a dar, que es infinito.

Bienaventurados aquellos que así se alimenten hoy de Jesucristo; ellos podrán ver cómo el Señor realmente es fiel a su Alianza, y Él vive eternamente.

miércoles, 25 de enero de 2017

San Lucas 12,26





Donde quiera que poso mis ojos, encuentro tu misericordia." También en el inicuo, también en el pecador, incluso en el más endurecido de los pecadores, ahí puedo encontrar motivos de acción de gracias.
Con cuánto amor y paciencia, con cuánta ternura aguarda Dios a ese hombre y a esa mujer, que quizá no piensa en otra cosa sino en ofender al Señor y alejarse de Él. O sea que también en los pecadores endurecidos, hay motivos para qu “La palabra se hizo carne, y acampó o habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.
Es la expresión tal vez más resumida del misterio inmenso de la Encarnación y del Nacimiento de Jesucristo. Quiero destacar en esa expresión la relación entre la Carne y la gloria.
El Verbo de Dios existía desde toda la eternidad, pero no tenía carne desde toda la eternidad, asumió nuestra carne de acuerdo con el designio providencial y misericordioso de Dios, tomándola de las entrañas de la Virgen María, no como un accidente o una casualidad, sino como el momento final de una maravillosa epopeya de salvación que tiene sus comienzos en la Palabra dirigida por Dios a los Patriarcas.
Porque esa Palabra que se hizo Carne es en primer lugar, la Palabra que había sido dirigida ya a los profetas, en cierto sentido, como lo destacan los Padres de la Iglesia, esa Palabra había venido encarnándose, se había venido aclimatando, había ido tomando el rostro y el rastro de la especie humana.
Ya cuando en la antigüedad se hablaba de las intervenciones de Dios, cuando se decía, por ejemplo: “Muéstranos tu rostro” Salmo 80,20, o cuando se decía, por ejemplo: “Alégrese cielo y tierra” Salmo 96,11; cuando se cantaban las intervenciones maravillosas de Dios en nuestra historia, ya estaba como un preludio de esa Encarnación.
En las palabras sabias de los escritores cultos de Israel, en las palabras estremecidas de vida o de amor de los profetas, en esas palabras ya estaba palpitando la Palabra.
Y hay expresiones del Antiguo Testamento, ya tan tan cercanas a Jesucristo, que nos quedamos realmente sorprendidos, como por ejemplo aquellos Cánticos del Siervo en Isaías, que retratan, que pintan maravillosamente el misterio del amor a través del sufrimiento, la salvación a través del dolor y del amor; esa es la Palabra que se ha hecho Carne, se ha hecho visible entonces.
Y por eso no podemos separar el misterio de la Encarnación de Dios, del misterio de la manifestación de su gloria. Si la Encarnación estuviera privada de la gloria, sería una disminución de Dios.
Pero esa Carne de la que se ha vestido el Verbo de Dios, esa Carne está ella misma vestida de gloria, y por eso, en Jesucristo hay que saber ver como ese doble vestido: la Carne, que es humilde como la de nosotros, y la gloria, que es sublime, mayor que nosotros, pero para nosotros.
Hay que reconocer el misterio de la Carne para verle hermano nuestro, y hay que reconocer el misterio de la gloria para verle como Jefe nuestro Líder nuestro. Es hermano en nuestra desgracia pero es hermano también en nuestra salvación.
Por el misterio de su Carne es hermano en nuestra desgracia, sabe Él de los males propios de nuestra historia, incluida la traición de los amigos, la soledad, los azotes y la muerte, sobre todo
Es hermano en nuestra desgracia por su Carne, pero es hermano en nuestra victoria porque hace nuestra la suya. Y esa fraternidad, esa unión en su victoria es posible porque la misma gloria que resplandece en su Carne macerada, es la gloria que nos envuelve con su esplendor, a través de la predicación del Evangelio y a través de la donación del Espíritu Santo.
De manera que aquí se cumple lo que canta la liturgia de estos días, el maravilloso intercambio: nosotros le dimos nuestra carne y Él nos dio su gloria, ha quedado en todo semejante a nosotros menos en el pecado.
Pero es que el pecado nuestro ha sido vencido. De manera que cuando el pecado haya sido completamente vencido en nosotros, a saber, en la gloria celestial, seremos del todo semejantes a Él. Porque Él tendrá de nosotros nuestra carne y nosotros tendremos de Él su gloria.
Es maravilloso meditar en este versículo y descubrir que un mismo verbo, el verbo “ver”, sirve para estos dos vestidos; nosotros no podíamos ver a la Palabra si no se hace Carne, pero, en ese mismo “ver”, descubrimos la gloria de esa Carne, de nuestra carne.
“Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14, ahora que miramos a Jesucristo crucificado y glorificado, con unos mismos ojos y con un mismo acto, están fundidos el misterio de la Carne y el misterio de la gloria.
El momento en el que se funden esos dos vestidos, es cuando desaparece todo otro vestido, en la desnudez de la Cruz. Cristo, desnudo de toda ropa, está sólo vestido de nuestra carne, pero allí en la Cruz, donde manifiesta la plena victoria sobre el pecado, sobre la muerte y sobre Satanás, manifiesta toda su gloria.
De manera que Cristo Crucificado es, al mismo tiempo, el que está vestido completamente de nuestra carne y el que está vestido completamente de su gloria.
Por eso en la teología del evangelio de San Juan, el momento de la glorificación, el momento de acoger la gloria es el momento de la Cruz, cuando se quita todo vestido y queda solamente vestido la gloria el que estaba vestido de nuestra carne.
De este modo, las señales, todas y cada una de las señales de lo que hubiera sido su derrota, se convierten en las señales de su gloria. La Carne que hemos visto nacer en esta Navidad, la Carne que adoramos en el Pesebre, el Cuerpo de Jesús tomado de la Santa Virgen, todo ese misterio del amor está ahí camino de la Cruz.
Es impresionante meditar en el lugar de María en el Nacimiento y en la Cruz. En el Nacimiento estaba Cristo desnudo rodeado de Ella, protegido por Ella, arropado por Ella; brilla la gloria de Dios, y por eso los Ángeles en la noche de Navidad han cantado: “Gloria a Dios en el cielo” San Lucas 2,14.
Cristo en nuestra carne, Cristo desnudo en la gloria de Dios. Pues bien, es lo mismo que encontramos al final de la vida del Mesías. De nuevo está María como dando a luz nuevamente a Jesucristo, ya no para que Él nazca en nuestra carne, sino para que nosotros nazcamos en su gloria.
Ahí está Ella nuevamente, de nuevo Ella puede envolverlo con su amor, un amor que a la hora de la Cruz tiene el aspecto dramático de sufrimiento hasta el extremo.
De nuevo está Cristo desnudo y de nuevo brilla la gloria de Dios. Podemos decir que este primer momento de la vida de Cristo en la tierra, al nacer, se entiende relacionándolo con el último momento, a la hora del Calvario y de la muerte. Y a su vez, este último momento queda iluminado por Belén. Belén y Jerusalén, la desnudez de la carne y el resplandor de la gloria.
“Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14, ¿a qué se refiere esa expresión? En la noche de la Navidad las palabras gozosas de los pastores dan fe de esto: "Fueron y contaron lo que les había dicho el Àngel, y se fueron felices" San Lucas 2,20.
Esos, que visitaron al recién nacido, hubieran podido decir, y seguramente dijeron: “Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.
Pero fue también una contemplación de su gloria aquel día, que ya está cercano en la liturgia, en que los Sabios de Oriente se postraron ante Él, le dieron sus regalos y le reconocieron como Rey. También esos Magos, cuando volvieron a su tierra por otro camino hubieran podido decir: “Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.
Juan el Bautista, cuando despúes de años de penitencia y meses de predicación, ve al Cordero de Dios, ve rasgarse los cielos, como quería Isaías, y descender al Amor en forma de paloma, también hubiera podido decir lo que nos recuerda elevangelio de hoy: "Hemos contemplado su gloria" San juan 1,14.
"Este es de quien dije: "El que viene detrás de mí, pasa delante de mí, porque existía antes que yo"" San Juan 1,30.
Y ante los milagros de Jesucristo, ¿qué decía la gente? "Hoy hemos visto cosas admirables" San Lucas 12,26, o aquella otra expresión que me gusta tanto: "Es que todo lo ha hecho bien" San Marcos 7,37.
Los que contemplaron esas sesiones únicas de sanación, esos milagros de amor, al volver a sus casas podrían decir: "Hemos contemplado su gloria" San juan 1,14.
Y cuando con una palabra suya, palabra llena de esa autoridad única del Hijo de Dios, el demonio sale en retirada, y vuelve la paz, y el gozo se apodera del alma, y la alabanza colma el corazón, la gente también pudo decir: "Hemos contemplado su gloria" San juan 1,14.
Pero todas esas obras tendrían su culminación precisamente en la hora de la Cruz, ahí hemos contemplado su gloria, ahí hemos visto por qué nuestra carne, ahí hemos entendido por qué el Pesebre, ahí hemos descubierto por qué está con nosotros, por qué es Dios con nosotros, porque si Él no fuera Dios con nosotros, no podríamos ser pueblo suyo, discípulos suyos, hermanos suyos. "Hemos contemplado su gloria" San Lucas 12,26, también nosotros podemos decir: "Hoy hemos visto cosas admirables" San Lucas 12,26.
También nostros podemos decir que hemos visto el cielo abierto, por lo menos entreabierto, en esa herida del costado que ya habla de cielo
 ´La celebración de Santa María, Madre de Dios, al terminar esta Octava, es ese versículo de San Juan el que mejor describe nuestro corazón: “Verdaderamente la Palabra ha acampado entre nosotros, verdaderamente nosotros hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.

 e tengamos un cántico de alabanza.

Admirable

Cristo OH MILAGRO ADMIRABLE, que  nuna se  aparte de mì realizar esa reconciliación que sólo se logra quitando el pecado y dando la gracia del Espíritu Santo.
A ese amor total de Cristo nos unimos , “Jesús, Señor, tú puedes hacerlo, tú quieres hacerlo, tú sabes hacerlo, tú puedes arrancar la iniquidad de nuestras vidas”.
Llamemos nuestro corazón hacia la fe, despertémonos a la fe viva en la acción de Jesucristo que bautiza con el Espíritu Santo...

San Juan 1,29-







La liturgia eucarística de la Iglesia cuando se presenta la Hostia consagrada, minutos antes de ser comulgada.
A Cristo se le llama “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” San Juan 1,29. Y también se le llama hoy: “Este es el que bautiza con el Espíritu Santo” San Juan 1,33. “El Espíritu se ha posado sobre Él” San Juan 1,32. Y por eso, Él tiene potestad para bautizar con Espíritu Santo.
 “Este es el Cordero de Dios” San Juan 1,29, y se nos dice que: “Él quita el pecado del mundo” San Juan 1,29, y que: “Él bautiza con Espíritu Santo” San Juan 1,33.
Él quita el pecado y Él bautiza con el Espíritu Santo. : “Él quita el pecado del mundo, bautizando con Espíritu Santo”. El objetivo del bautismo es evidente, se trata de una limpieza.
Los Esenios en tiempo de Nuestro Salvador, tenían multitud de abluciones, de lavatorios con claro signo de purificación. El Antiguo Testamento también conoció abluciones, lavatorios que tenían esa misma significación.
De modo que no estamos forzando las palabras cuando decimos que la venida de Cristo a nuestra tierra tiene por lo menos entre sus objetivos  limpiar el pecado con el Espíritu.
El Espíritu Santo es como una limpieza interior. San Juan debía ofrecer agua que lavaba los cuerpos como señal de arrepentimiento, de deseo de pureza; Jesús ofrece una nueva Agua que lava los corazones, que limpia el interior de las personas, y esa nueva Agua es el don del Espíritu Santo.
Jesús es el que limpia.
La limpieza no es una condición para acercarte a Cristo, la condición para acercarse a Cristo es creer que Él es el Cordero de Dios, creer que Él puede quitar el pecado del mundo, de mi vida, de mi familia. Él puede quitar las taras que acompañan a la Iglesia, una comunidad, Él puede levantarnos de esos cardos pesados, Él puede quitarlo.
Gracias por El acceso al don de Cristo fundamentado en la fe, y de esa fe puntualizar la relación con Cristo. Lo que debemos pedir fundamentalmente, entonces, y para todos /as es la fe.
Cristo es el que limpia, Cristo es el limpiador, porque tiene esa Agua nueva que bautiza, y que se llama Espíritu Santo, y Él es el único que la tiene.
 Sólo Él puede hacerlo, sólo de Él dependemos. Lo que a nosotros nos corresponde, es fundamentalmente ejercer fe en eso, en nuestro Señor y Salvador Jesucristo puede hacer en nosotros.
 Quiero implorarle a Dios que, hoy, nos regale una fe profunda para no depender más de nuestro pasado,
Una fe más profunda, una fe más viva, hace más por la solución del mal que , explicaciones, razones del mal
Cristo es el Cordero de Dios, es el único que quita el pecado del mundo, y lo quita con el don del Espíritu Santo.  Ese don se recibe, y obra, y opera en nosotros, cuando nosotros ejercemos fe en el ministerio bendito de nuestro Salvador.

Ese es Jesucristo, comulgar es creer eso, por algo la Iglesia, pocos segundos antes de la comunión, nos dice: “Este es el que quita el pecado del mundo” San Juan 1,29.

domingo, 22 de enero de 2017

Dimensiones







Es decir, toda la misión de Cristo es una misión en el sacrificio. La palabra "sacrificio" significa "hacer sagrado" algo, "sacrum facere", de ahí viene "sacri-ficio", "hacer sagrado" algo. Y en este caso se trata de hacer sagrada la sangre, hacer sagrado el dolor, es decir, darle un sentido de vida, un sentido de eternidad y un sentido de salvación.
Creo que necesitamos adaptar nuestros oídos para descubrir la riqueza que hay en palabras como esas, sobre todo comprender el valor que entonces tiene la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
¿Por qué nosotros destacamos tanto el valor de la Sangre? ¿Por qué el sacrificio del Señor es tan importante? Digámoslo de manera breve: porque en la entrega de la sangre está la entrega de toda la vida. Es decir, el que entrega su vida, el que entrega su sangre está mostrando un nivel de amor, un nivel de entrega, un nivel que es total: ¡lo ha dado todo!
Por eso también dijo el Señor en el evangelio de Juan: "No hay amor más grande que dar la vida por los amigos" San Juan 15,13.
Entregar la sangre es manifestar el amor en su más pura y excelsa forma. Y por eso, en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, está un amor que podemos calificar de "loco".
Santa Catalina de Siena llama con amor a Jesucristo "un loco", "un ebrio de amor". Por eso tampoco nos extraña que en el capítulo tercero del evangelio de Marcos encontramos algunos parientes de Jesús que intentan llevárselo discretamente a otra parte, y comenta el Evangelista: "Decían que no estaba en sus cabales" San Marcos 3,21.
 Jesús estaba loco, porque es una locura amar en esas dimensiones, es una locura llegar hasta ese extremo, es una locura entregarse como Él lo ha hecho, pero de esa locura viene nuestra salvación, y por eso nosotros valoramos la Cruz, y por eso nosotros valoramos la santísima Sangre del Señor, en la que ponemos toda esperanza para nuestra salvación
 el cielo significa aquello que puede ser anhelado, suplicado, esperado, aquello por lo cual gemimos, aquello por lo cual suspiramos, aquello que nos llena de un gozo indescriptible cuando lo recibimos, aquello que hace brotar en nosotros la más intensa gratitud y alabanza.
Estamos hechos para el cielo, pero no poseemos el cielo; deseamos el cielo, pero no podemos construirlo como construimos nuestros santuarios; necesitamos cielo, pero no tenemos manera ni de describirlo, ni de hacerlo; está más allá de nosotros.
Esta realidad que esta sintetizada en aquella expresión que Cristo nos enseñó: "Padre nuestro que estás en el cielo, o Padre Nuestro del cielo" San Mateo 6,9, esa expresión "cielo" es fundamental.
La enseñanza de Cristo no es esa, es Cristo el que por su benevolencia está en los que sufren, en los pobres, en los marginados, es Cristo, no el Padre; es Cristo el que padece ahí, no el Padre.
Necesitamos un cielo que no dominamos, esperamos un cielo que no podemos construir, suplicamos un cielo que está más allá de nuestras codicias y de nuestras fuerzas; esto hace que nuestro corazón reconozca, por una parte, su necesidad, y por otra parte, su impotencia.
Estas son las dos características necesarias para que el alma humana se abra al misterio de la gracia: reconocer necesidad, reconocer que mi vocación profunda se llama el cielo, pero también reconocer mi impotencia.
Cuando el corazón humano llega a ese descubrimiento, entonces se rinde ante Dios, se humilla ante Dios; descubre que necesita un sacerdocio distinto de lo que se puede hacer con los animalitos del campo en un templo, así sea el fastuoso Templo de Jerusalén.
Necesito un sacerdocio distinto. Porque el oficio del sacerdote, eso está claro incluso en la raíz misma de la palabra, el oficio del sacerdote es el servir de puente entre la necesidad humana y la generosidad divina.
Necesitamos el sacerdote de los cielos y ese es Cristo Jesús.
Cristo entonces, es Aquel sacerdote, dado por el Padre Celestial, que puede compadecerse a nuestra miseria pero que puede también sanar nuestra miseria; que puede lamentar nuestro pecado, y curar nuestro pecado; que puede enseñar el camino, y convertirse en camino. Ese es el Sacerdote que necesitamos.
Jesús, el Hijos de Dios, presente en nuestra humilde carne humana, está ahí no haciendo un paseo por las regiones de la tierra; padece la humillación, el cansancio, el hambre y luego los azotes y la cruz sólo por una razón, la que dice el credo: "Por nosotros y por nuestra salvación".
Decir que el Hijo de Dios es ese Jesús que esta ahí, que enseña, que padece, que ese Jesús es el Hijo de Dios, es útil para nuestra salvación, porque es el reconocimiento de la misericordia de Dios que viene a sanar esa situación de la que hemos hablado con lo de la Carta a los Hebreos.
Cuando yo reconozco que yo quiero y necesito, pero no puedo ni merezco, entonces me abro a la gracia y en eso llega Jesús y entonces yo recibo a Jesús, yo, ser humano, recibo a Jesús y le digo: "Tú eres lo que yo necesitaba".
Si le decimos a Jesús: "Tú eres el Hijo de Dios, es para decirle: "Tú eres el que ha venido a sanar mi terrible situación; porque yo quiero, yo necesito, pero no merezco y no puedo"
El corazón de esta frase es: "Te acepto, Señor". El corazón de la frase: "Tú eres el Hijo de Dios", es: "Te acepto, mi Señor; te acepto como lo que yo estaba esperando, como lo que yo necesitaba, como lo que yo anhelaba; te acepto, mi Señor".
Ese es el fruto que tiene que dar en nosotros la palabra. "Te acepto, mi Señor", ese es el fruto de esta palabra, ese es el corazón.
 Jesús está diciendo es: "No se trata de palabras, se trata de que la vida, se trata de que tu corazón¡Qué penetración la de la mirada de Cristo! Y aquí es donde uno yo pienso que siente un profundo escalofrío. ¡cuántas cosas le decimos a Cristo!  
La mirada de Jesús verdaderamente en este momento
"Tu Padre, que está en lo escondido" San Mateo 6,6, dice Jesús; porque la versión decía: "Lo que conoce el ser humano en esta tierra se llama corazón". El único lugar que puede llamarse cielo en esta tierra es el corazón humano cuando está en gracia, ese es el único cielo que puede haber en esta tierra.
Con estas palabras nos invita, nos exhorta profundamente a que nosotros en primer lugar entremos en todo lo que decimos, ¡cuántas cosas decimos, cuántas cosas!

Señor Jesús: danos sinceridad, absoluta pureza de corazón, de modo que nuestras palabras sean alabanzas que surgen de ese sacrificio que se ofrece en los cielos y también en el corazón humano cuando está en la gracia.