sábado, 21 de enero de 2017

Salmo 17,6






"Señor escucha mi apelación, atiende a mis clamores" Salmo 17,6. En la segunda estrofa dice: "Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío. Inclina el oído y escucha mis palabras" Salmo 17,6.
 En la ültima estrofa dice: "Guárdame como a las niñas de tus ojos" Salmo 17,8. "Yo con mi apelación vengo a tu presencia, y al despertar me saciaré de tu semblante" Salmo 17,15.
 Cristo Jesús murió orando, murió suplicando, murió rogando. Cristo Jesús murió sin defenderse a sí mismo, murió, como lo dicen sus últimas palabras, encomendando su espíritu al Padre: "A tus manos encomiendo mi espíritu" San Lucas 23,46.
Cristo Jesús, muerto injustamente en la cruz, es como una pregunta, es como una suprema súplica, es como la apelación definitiva no sólo de Él, sino de toda la humanidad.
Cristo Jesús es la gran apelación que nosotros, la humanidad, le hace a Dios. Es la gran súplica, es la gran intercesión, porque Él es el gran Intercesor; y su corazón, destrozado y llagado, pero incapaz de odiar, su corazón que no aceptó ni el odio, ni el rencor, ni la venganza, su corazón que no quiso defenderse a sí mismo, quedó puesto en las manos de Dios para ser defendido por Dios.
Si esto es así, imagínese lo que sucedería si Cristo no resucita. Quiere decir entonces, que la suprema apelación de la humanidad, que la oración más vehemente, que la oración más intensa quedó sin respuestas.
Dice el salmista con una gran confianza, con una profunda fe: "Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío" Salmo 17,6, "te ruego porque yo sé que no me vas a dejar; te ruego porque sé que puedo confiar en ti".
Pongamos estas palabras en la boca de Cristo: Si Cristo no hubiera resucitado, estas palabras, esta oración, su sacrificio, su vida entera no tendrían sentido, y por consiguiente, su intercesión por el perdón de nuestros pecados habría caído en el abismo y en la nada; y por consiguiente, no vale la pena ser bueno, no vale la pena esforzarse, no vale la pena intentar el bien, la virtud, el amor, el amor a Dios. ¡Nada de eso vale la pena!
 San Pablo nos da la enseñanza, San Pablo lo aclara paladinamente: "Si es verdad que sólo tenemos esperanza para esta tierra, pues a comer y a beber, porque mañana moriremos" 1 Corintios 15,32.
Ese texto del capítulo 15 de la Primera Carta a los Corintios es de lo más importante, es de lo central que podemos escuchar de todo el Nuevo Testamento.
"Pero Cristo, dice San Pablo, Cristo sí resucitó; Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos" 1 Corintios 15,20.
Esto significa que su apelación llegó al trono de Dios; esto significa que su intercesión es eficaz; esto significa que vale la pena seguir a ese Líder: vale la pena estar en las filas de este Caudillo, vale la pena creer en Él, sólo en Él; vale la pena regalarnos a Él como Él se regaló al Padre. Esta vida, una vida así, tiene sentido, y esa es la vida que nosotros recibimos en el bautismo.
Señor y Padre nuestro, fortalece entonces en nuestros corazones el espíritu de hijos, el espíritu de bautizados, gente convencida de tu gloria, gente convencida del poder de la Cruz, de la Pascua y de la Resurrección.

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