miércoles, 25 de enero de 2017

San Lucas 12,26





Donde quiera que poso mis ojos, encuentro tu misericordia." También en el inicuo, también en el pecador, incluso en el más endurecido de los pecadores, ahí puedo encontrar motivos de acción de gracias.
Con cuánto amor y paciencia, con cuánta ternura aguarda Dios a ese hombre y a esa mujer, que quizá no piensa en otra cosa sino en ofender al Señor y alejarse de Él. O sea que también en los pecadores endurecidos, hay motivos para qu “La palabra se hizo carne, y acampó o habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.
Es la expresión tal vez más resumida del misterio inmenso de la Encarnación y del Nacimiento de Jesucristo. Quiero destacar en esa expresión la relación entre la Carne y la gloria.
El Verbo de Dios existía desde toda la eternidad, pero no tenía carne desde toda la eternidad, asumió nuestra carne de acuerdo con el designio providencial y misericordioso de Dios, tomándola de las entrañas de la Virgen María, no como un accidente o una casualidad, sino como el momento final de una maravillosa epopeya de salvación que tiene sus comienzos en la Palabra dirigida por Dios a los Patriarcas.
Porque esa Palabra que se hizo Carne es en primer lugar, la Palabra que había sido dirigida ya a los profetas, en cierto sentido, como lo destacan los Padres de la Iglesia, esa Palabra había venido encarnándose, se había venido aclimatando, había ido tomando el rostro y el rastro de la especie humana.
Ya cuando en la antigüedad se hablaba de las intervenciones de Dios, cuando se decía, por ejemplo: “Muéstranos tu rostro” Salmo 80,20, o cuando se decía, por ejemplo: “Alégrese cielo y tierra” Salmo 96,11; cuando se cantaban las intervenciones maravillosas de Dios en nuestra historia, ya estaba como un preludio de esa Encarnación.
En las palabras sabias de los escritores cultos de Israel, en las palabras estremecidas de vida o de amor de los profetas, en esas palabras ya estaba palpitando la Palabra.
Y hay expresiones del Antiguo Testamento, ya tan tan cercanas a Jesucristo, que nos quedamos realmente sorprendidos, como por ejemplo aquellos Cánticos del Siervo en Isaías, que retratan, que pintan maravillosamente el misterio del amor a través del sufrimiento, la salvación a través del dolor y del amor; esa es la Palabra que se ha hecho Carne, se ha hecho visible entonces.
Y por eso no podemos separar el misterio de la Encarnación de Dios, del misterio de la manifestación de su gloria. Si la Encarnación estuviera privada de la gloria, sería una disminución de Dios.
Pero esa Carne de la que se ha vestido el Verbo de Dios, esa Carne está ella misma vestida de gloria, y por eso, en Jesucristo hay que saber ver como ese doble vestido: la Carne, que es humilde como la de nosotros, y la gloria, que es sublime, mayor que nosotros, pero para nosotros.
Hay que reconocer el misterio de la Carne para verle hermano nuestro, y hay que reconocer el misterio de la gloria para verle como Jefe nuestro Líder nuestro. Es hermano en nuestra desgracia pero es hermano también en nuestra salvación.
Por el misterio de su Carne es hermano en nuestra desgracia, sabe Él de los males propios de nuestra historia, incluida la traición de los amigos, la soledad, los azotes y la muerte, sobre todo
Es hermano en nuestra desgracia por su Carne, pero es hermano en nuestra victoria porque hace nuestra la suya. Y esa fraternidad, esa unión en su victoria es posible porque la misma gloria que resplandece en su Carne macerada, es la gloria que nos envuelve con su esplendor, a través de la predicación del Evangelio y a través de la donación del Espíritu Santo.
De manera que aquí se cumple lo que canta la liturgia de estos días, el maravilloso intercambio: nosotros le dimos nuestra carne y Él nos dio su gloria, ha quedado en todo semejante a nosotros menos en el pecado.
Pero es que el pecado nuestro ha sido vencido. De manera que cuando el pecado haya sido completamente vencido en nosotros, a saber, en la gloria celestial, seremos del todo semejantes a Él. Porque Él tendrá de nosotros nuestra carne y nosotros tendremos de Él su gloria.
Es maravilloso meditar en este versículo y descubrir que un mismo verbo, el verbo “ver”, sirve para estos dos vestidos; nosotros no podíamos ver a la Palabra si no se hace Carne, pero, en ese mismo “ver”, descubrimos la gloria de esa Carne, de nuestra carne.
“Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14, ahora que miramos a Jesucristo crucificado y glorificado, con unos mismos ojos y con un mismo acto, están fundidos el misterio de la Carne y el misterio de la gloria.
El momento en el que se funden esos dos vestidos, es cuando desaparece todo otro vestido, en la desnudez de la Cruz. Cristo, desnudo de toda ropa, está sólo vestido de nuestra carne, pero allí en la Cruz, donde manifiesta la plena victoria sobre el pecado, sobre la muerte y sobre Satanás, manifiesta toda su gloria.
De manera que Cristo Crucificado es, al mismo tiempo, el que está vestido completamente de nuestra carne y el que está vestido completamente de su gloria.
Por eso en la teología del evangelio de San Juan, el momento de la glorificación, el momento de acoger la gloria es el momento de la Cruz, cuando se quita todo vestido y queda solamente vestido la gloria el que estaba vestido de nuestra carne.
De este modo, las señales, todas y cada una de las señales de lo que hubiera sido su derrota, se convierten en las señales de su gloria. La Carne que hemos visto nacer en esta Navidad, la Carne que adoramos en el Pesebre, el Cuerpo de Jesús tomado de la Santa Virgen, todo ese misterio del amor está ahí camino de la Cruz.
Es impresionante meditar en el lugar de María en el Nacimiento y en la Cruz. En el Nacimiento estaba Cristo desnudo rodeado de Ella, protegido por Ella, arropado por Ella; brilla la gloria de Dios, y por eso los Ángeles en la noche de Navidad han cantado: “Gloria a Dios en el cielo” San Lucas 2,14.
Cristo en nuestra carne, Cristo desnudo en la gloria de Dios. Pues bien, es lo mismo que encontramos al final de la vida del Mesías. De nuevo está María como dando a luz nuevamente a Jesucristo, ya no para que Él nazca en nuestra carne, sino para que nosotros nazcamos en su gloria.
Ahí está Ella nuevamente, de nuevo Ella puede envolverlo con su amor, un amor que a la hora de la Cruz tiene el aspecto dramático de sufrimiento hasta el extremo.
De nuevo está Cristo desnudo y de nuevo brilla la gloria de Dios. Podemos decir que este primer momento de la vida de Cristo en la tierra, al nacer, se entiende relacionándolo con el último momento, a la hora del Calvario y de la muerte. Y a su vez, este último momento queda iluminado por Belén. Belén y Jerusalén, la desnudez de la carne y el resplandor de la gloria.
“Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14, ¿a qué se refiere esa expresión? En la noche de la Navidad las palabras gozosas de los pastores dan fe de esto: "Fueron y contaron lo que les había dicho el Àngel, y se fueron felices" San Lucas 2,20.
Esos, que visitaron al recién nacido, hubieran podido decir, y seguramente dijeron: “Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.
Pero fue también una contemplación de su gloria aquel día, que ya está cercano en la liturgia, en que los Sabios de Oriente se postraron ante Él, le dieron sus regalos y le reconocieron como Rey. También esos Magos, cuando volvieron a su tierra por otro camino hubieran podido decir: “Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.
Juan el Bautista, cuando despúes de años de penitencia y meses de predicación, ve al Cordero de Dios, ve rasgarse los cielos, como quería Isaías, y descender al Amor en forma de paloma, también hubiera podido decir lo que nos recuerda elevangelio de hoy: "Hemos contemplado su gloria" San juan 1,14.
"Este es de quien dije: "El que viene detrás de mí, pasa delante de mí, porque existía antes que yo"" San Juan 1,30.
Y ante los milagros de Jesucristo, ¿qué decía la gente? "Hoy hemos visto cosas admirables" San Lucas 12,26, o aquella otra expresión que me gusta tanto: "Es que todo lo ha hecho bien" San Marcos 7,37.
Los que contemplaron esas sesiones únicas de sanación, esos milagros de amor, al volver a sus casas podrían decir: "Hemos contemplado su gloria" San juan 1,14.
Y cuando con una palabra suya, palabra llena de esa autoridad única del Hijo de Dios, el demonio sale en retirada, y vuelve la paz, y el gozo se apodera del alma, y la alabanza colma el corazón, la gente también pudo decir: "Hemos contemplado su gloria" San juan 1,14.
Pero todas esas obras tendrían su culminación precisamente en la hora de la Cruz, ahí hemos contemplado su gloria, ahí hemos visto por qué nuestra carne, ahí hemos entendido por qué el Pesebre, ahí hemos descubierto por qué está con nosotros, por qué es Dios con nosotros, porque si Él no fuera Dios con nosotros, no podríamos ser pueblo suyo, discípulos suyos, hermanos suyos. "Hemos contemplado su gloria" San Lucas 12,26, también nosotros podemos decir: "Hoy hemos visto cosas admirables" San Lucas 12,26.
También nostros podemos decir que hemos visto el cielo abierto, por lo menos entreabierto, en esa herida del costado que ya habla de cielo
 ´La celebración de Santa María, Madre de Dios, al terminar esta Octava, es ese versículo de San Juan el que mejor describe nuestro corazón: “Verdaderamente la Palabra ha acampado entre nosotros, verdaderamente nosotros hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.

 e tengamos un cántico de alabanza.

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