Donde
quiera que poso mis ojos, encuentro tu misericordia." También en el
inicuo, también en el pecador, incluso en el más endurecido de los pecadores,
ahí puedo encontrar motivos de acción de gracias.
Con
cuánto amor y paciencia, con cuánta ternura aguarda Dios a ese hombre y a esa
mujer, que quizá no piensa en otra cosa sino en ofender al Señor y alejarse de
Él. O sea que también en los pecadores endurecidos, hay motivos para qu “La palabra se
hizo carne, y acampó o habitó entre nosotros, y hemos contemplado su
gloria” San juan 1,14.
Es
la expresión tal vez más resumida del misterio inmenso de la Encarnación y del
Nacimiento de Jesucristo. Quiero destacar en esa expresión la relación entre la
Carne y la gloria.
El
Verbo de Dios existía desde toda la eternidad, pero no tenía carne desde toda
la eternidad, asumió nuestra carne de acuerdo con el designio providencial y
misericordioso de Dios, tomándola de las entrañas de la Virgen María, no como
un accidente o una casualidad, sino como el momento final de una maravillosa
epopeya de salvación que tiene sus comienzos en la Palabra dirigida por Dios a
los Patriarcas.
Porque
esa Palabra que se hizo Carne es en primer lugar, la Palabra que había sido
dirigida ya a los profetas, en cierto sentido, como lo destacan los Padres de
la Iglesia, esa Palabra había venido encarnándose, se había venido aclimatando,
había ido tomando el rostro y el rastro de la especie humana.
Ya
cuando en la antigüedad se hablaba de las intervenciones de Dios, cuando se
decía, por ejemplo: “Muéstranos tu rostro” Salmo 80,20, o
cuando se decía, por ejemplo: “Alégrese cielo y tierra” Salmo 96,11;
cuando se cantaban las intervenciones maravillosas de Dios en nuestra historia,
ya estaba como un preludio de esa Encarnación.
En
las palabras sabias de los escritores cultos de Israel, en las palabras
estremecidas de vida o de amor de los profetas, en esas palabras ya estaba
palpitando la Palabra.
Y
hay expresiones del Antiguo Testamento, ya tan tan cercanas a Jesucristo, que
nos quedamos realmente sorprendidos, como por ejemplo aquellos Cánticos del
Siervo en Isaías, que retratan, que pintan maravillosamente el misterio del
amor a través del sufrimiento, la salvación a través del dolor y del amor; esa
es la Palabra que se ha hecho Carne, se ha hecho visible entonces.
Y
por eso no podemos separar el misterio de la Encarnación de Dios, del misterio
de la manifestación de su gloria. Si la Encarnación estuviera privada de la
gloria, sería una disminución de Dios.
Pero
esa Carne de la que se ha vestido el Verbo de Dios, esa Carne está ella misma
vestida de gloria, y por eso, en Jesucristo hay que saber ver como ese doble
vestido: la Carne, que es humilde como la de nosotros, y la gloria, que es
sublime, mayor que nosotros, pero para nosotros.
Hay
que reconocer el misterio de la Carne para verle hermano nuestro, y hay que
reconocer el misterio de la gloria para verle como Jefe nuestro Líder nuestro.
Es hermano en nuestra desgracia pero es hermano también en nuestra salvación.
Por
el misterio de su Carne es hermano en nuestra desgracia, sabe Él de los males
propios de nuestra historia, incluida la traición de los amigos, la soledad,
los azotes y la muerte, sobre todo
Es
hermano en nuestra desgracia por su Carne, pero es hermano en nuestra victoria
porque hace nuestra la suya. Y esa fraternidad, esa unión en su victoria es
posible porque la misma gloria que resplandece en su Carne macerada, es la
gloria que nos envuelve con su esplendor, a través de la predicación del
Evangelio y a través de la donación del Espíritu Santo.
De
manera que aquí se cumple lo que canta la liturgia de estos días, el
maravilloso intercambio: nosotros le dimos nuestra carne y Él nos dio su
gloria, ha quedado en todo semejante a nosotros menos en el pecado.
Pero
es que el pecado nuestro ha sido vencido. De manera que cuando el pecado haya
sido completamente vencido en nosotros, a saber, en la gloria celestial,
seremos del todo semejantes a Él. Porque Él tendrá de nosotros nuestra carne y
nosotros tendremos de Él su gloria.
Es
maravilloso meditar en este versículo y descubrir que un mismo verbo, el verbo
“ver”, sirve para estos dos vestidos; nosotros no podíamos ver a la Palabra si
no se hace Carne, pero, en ese mismo “ver”, descubrimos la gloria de esa Carne,
de nuestra carne.
“Hemos
contemplado su gloria” San juan 1,14, ahora
que miramos a Jesucristo crucificado y glorificado, con unos mismos ojos y con
un mismo acto, están fundidos el misterio de la Carne y el misterio de la
gloria.
El
momento en el que se funden esos dos vestidos, es cuando desaparece todo otro
vestido, en la desnudez de la Cruz. Cristo, desnudo de toda ropa, está sólo
vestido de nuestra carne, pero allí en la Cruz, donde manifiesta la plena
victoria sobre el pecado, sobre la muerte y sobre Satanás, manifiesta toda su
gloria.
De
manera que Cristo Crucificado es, al mismo tiempo, el que está vestido
completamente de nuestra carne y el que está vestido completamente de su
gloria.
Por
eso en la teología del evangelio de San Juan, el momento de la glorificación,
el momento de acoger la gloria es el momento de la Cruz, cuando se quita todo
vestido y queda solamente vestido la gloria el que estaba vestido de nuestra
carne.
De
este modo, las señales, todas y cada una de las señales de lo que hubiera sido
su derrota, se convierten en las señales de su gloria. La Carne que hemos visto
nacer en esta Navidad, la Carne que adoramos en el Pesebre, el Cuerpo de Jesús
tomado de la Santa Virgen, todo ese misterio del amor está ahí camino de la
Cruz.
Es
impresionante meditar en el lugar de María en el Nacimiento y en la Cruz. En el
Nacimiento estaba Cristo desnudo rodeado de Ella, protegido por Ella, arropado
por Ella; brilla la gloria de Dios, y por eso los Ángeles en la noche de
Navidad han cantado: “Gloria a Dios en el cielo” San Lucas 2,14.
Cristo
en nuestra carne, Cristo desnudo en la gloria de Dios. Pues bien, es lo mismo
que encontramos al final de la vida del Mesías. De nuevo está María como dando
a luz nuevamente a Jesucristo, ya no para que Él nazca en nuestra carne, sino
para que nosotros nazcamos en su gloria.
Ahí
está Ella nuevamente, de nuevo Ella puede envolverlo con su amor, un amor que a
la hora de la Cruz tiene el aspecto dramático de sufrimiento hasta el extremo.
De
nuevo está Cristo desnudo y de nuevo brilla la gloria de Dios. Podemos decir
que este primer momento de la vida de Cristo en la tierra, al nacer, se
entiende relacionándolo con el último momento, a la hora del Calvario y de la
muerte. Y a su vez, este último momento queda iluminado por Belén. Belén y
Jerusalén, la desnudez de la carne y el resplandor de la gloria.
“Hemos
contemplado su gloria” San juan 1,14, ¿a
qué se refiere esa expresión? En la noche de la Navidad las palabras gozosas de
los pastores dan fe de esto: "Fueron y contaron lo que les había dicho el
Àngel, y se fueron felices" San Lucas 2,20.
Esos,
que visitaron al recién nacido, hubieran podido decir, y seguramente dijeron:
“Hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.
Pero
fue también una contemplación de su gloria aquel día, que ya está cercano en la
liturgia, en que los Sabios de Oriente se postraron ante Él, le dieron sus
regalos y le reconocieron como Rey. También esos Magos, cuando volvieron a su
tierra por otro camino hubieran podido decir: “Hemos contemplado su
gloria” San juan 1,14.
Juan
el Bautista, cuando despúes de años de penitencia y meses de predicación, ve al
Cordero de Dios, ve rasgarse los cielos, como quería Isaías, y descender al
Amor en forma de paloma, también hubiera podido decir lo que nos recuerda
elevangelio de hoy: "Hemos contemplado su gloria" San juan 1,14.
"Este
es de quien dije: "El que viene detrás de mí, pasa delante de mí, porque
existía antes que yo"" San Juan 1,30.
Y
ante los milagros de Jesucristo, ¿qué decía la gente? "Hoy hemos visto
cosas admirables" San Lucas 12,26,
o aquella otra expresión que me gusta tanto: "Es que todo lo ha hecho
bien" San Marcos 7,37.
Los
que contemplaron esas sesiones únicas de sanación, esos milagros de amor, al
volver a sus casas podrían decir: "Hemos contemplado su gloria" San juan 1,14.
Y
cuando con una palabra suya, palabra llena de esa autoridad única del Hijo de
Dios, el demonio sale en retirada, y vuelve la paz, y el gozo se apodera del
alma, y la alabanza colma el corazón, la gente también pudo decir: "Hemos
contemplado su gloria" San juan 1,14.
Pero
todas esas obras tendrían su culminación precisamente en la hora de la Cruz,
ahí hemos contemplado su gloria, ahí hemos visto por qué nuestra carne, ahí
hemos entendido por qué el Pesebre, ahí hemos descubierto por qué está con
nosotros, por qué es Dios con nosotros, porque si Él no fuera Dios con
nosotros, no podríamos ser pueblo suyo, discípulos suyos, hermanos suyos. "Hemos contemplado su gloria" San Lucas 12,26,
también nosotros podemos decir: "Hoy hemos visto cosas
admirables" San Lucas 12,26.
También
nostros podemos decir que hemos visto el cielo abierto, por lo menos
entreabierto, en esa herida del costado que ya habla de cielo
´La celebración de Santa María, Madre de Dios,
al terminar esta Octava, es ese versículo de San Juan el que mejor describe
nuestro corazón: “Verdaderamente la Palabra ha acampado entre nosotros,
verdaderamente nosotros hemos contemplado su gloria” San juan 1,14.
e tengamos un cántico de alabanza.
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