domingo, 22 de enero de 2017

Oblaciòn



Resplandezca así vuestra luz delante de los hombres dice Jesús para que vean vuestras obras buenas.Lo importante no es tanto que te hayas curado de esa lepra, lo importante es, que más allá de esa lepra, hay algo que Dios te quiere decir y por eso Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, mandaba a la gente a la que había sanado, la mandaba como a retiro: “No le digas a nadie” San Marcos 1,44.Como quien dice: "Entra en ti mismo, comprende el tamaño de la obra que Dios ha hecho por ti, no te quedes en la obra, busca el significado".
 La Carta a los Hebreos nos enseña, cuando se refiere a los sacrificios del Antiguo Testamento. Mire esta pedagogía tan maravillosa de Dios: primero le enseñó al pueblo a ofrecer cosas.
Se lee el Deuteronomio y le da ternura de pensar lo que se ofrecía: una parte de las primeras espigas, que tenían unos rituales: esas primeras espigas se agitaban ritualmente, entonces iba el campesino hebreo allá donde el levita y llegaba agitando su espiga de trigo, cosas casi infantiles, cosas materiales, corporales y transitorias.
Les enseñó a eso, a desprenderse de una parte de su cosecha, a no utilizar y no disfrutar todo, a separar algo de lo que tenían para dárselo a Dios, así empezaron las ofrendas; y lo mismo con los animalitos: hay que tomar una parte del rebaño para entregársela a Dios; luego el mismo Dios le iba decir al pueblo: "¿Acaso yo me alimento de carne, o de sangre, o de cebo de carneros?"
Dios no necesitaba nada de eso, pero entonces enseñaba al pueblo a que sacaran de su rebaño, a que sacaran de lo suyo, lo importante no era que ese animalito fuera quemado en holocausto, lo importante era que enseñaba a las personas a sacar algo de lo suyo, a desprenderse de lo que tenían.
 En la Carta a los Hebreos trae un paso adicional: aparece  prefigurado el rostro, el estilo de otro tipo de ofrenda: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; pero me has preparado un cuerpo” Salmo 39,7.
Tengo que aprender a separar algo para Dios; el segundo paso es: tengo que descubrir mi propio cuerpo como ofrenda.
 San Pablo a alguna comunidad de gentiles, les dice: “Ustedes antes entregaron los miembros de su cuerpo a la impureza y eran armas de iniquidad y de injusticia esos miembros, ahora entreguen su cuerpo a la obra de Dios” Carta a los Romanos 6,13.
Entonces, descubrir el propio cuerpo como ofrenda, descubrirnos como templos de Dios, como instrumentos de Dios, darle las manos a Dios, darle la mirada a Dios, darle la voz a Dios, darle el tiempo a Dios, ya es una ofrenda superior, ya no es dar algo de lo que yo tengo, sino que ya es dar algo de lo que yo soy.
Es el sacrificio de la propia voluntad, es la ofrenda del propio querer, es el intento, luego fortalecido por la gracia de darle lo que uno quiere, el proyecto de su vida, el centro de su existencia a Dios.
En todo este proceso el que va adelante es nuestro Señor Jesucristo, es Él el primero en dar ese sí, en dar esa obediencia; la obediencia es el resumen de todas las ofrendas del Antiguo Testamento, el llegar a decirle a Dios: “Hágase tu voluntad”, llegar a ese punto es llegar a la culminación de todos los sacrificios, es reunir en nuestra propia vida todo lo que Dios venía preparando.

Cuando nos alimentamos del sí de Jesucristo en la Santa Misa, pidámosle a Dios que haga también de nuestra voluntad, de una ofrenda de nuestro cuerpo, un sacrificio, y de todo lo que tenemos y de todo lo que podemos, una oblación que sea agradable ante sus ojos.

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