Cuando la multiplicación de los panes en Juan 6, la gente va
detrás de Jesús, una gran multitud se agolpa cerca de Él, pero Cristo en este
Evangelio es el que más ve; todos ven, pero el que más ve es Cristo y Cristo ve
hasta el corazón y sabe de las intenciones de las personas, entonces Cristo que
ve los corazones, le dice a esa multitud: "ustedes no
vienen porque hayan comprendido los signos" San Juan 6,26, signos de
salvación, señales del Reino, adelantos de la gloria, pruebas de la gracia,
todo eso es lo mismo.
Todo eso lo dice el Evangelista con una sola palabra
griega que en singular es: "seneiem" y en plural seneia, entonces
Jesús les dice: "ustedes no han comprendido, ustedes no han entendido lo
que está pasando, es decir, ustedes no
tienen sino ojos para esta tierra y así no se pueden entender las señales de
Dios". Lo que en realidad hace este Evangelista no es disminuir el creer a
la altura del ver, sino el
levantar el ver a la altura del entender. Ese entender no es un entender
intelectual, no se trata de poder ofrecer una explicación científica,
filosófica, de otro orden sobre aquello que nos pasa; ese entender sucede estrictamente
en la gracia del Paráclito, o
soy más preciso, en la gracia del segundo Paráclito, porque para este
Evangelista, Dios nos ha enviado dos Paráclitos.
LUIS EDUARDO Rodrìguez V
Paráclito, Paracletos es el Advocatus, es el que es llamado como ayuda. La criatura humana herida y enceguecida, lastimada por el pecado, no logra levantarse por sus propias fuerzas, necesita ayuda, no está muerta, no está perdida definitivamente, está enferma, necesita ayuda para levantarse de su enfermedad, y Dios nos ha enviado dos ayudas, dice San Juan. El primer Paráclito es el Verbo Encarnado, este Verbo, esta Palabra hecha carne presenta en nuestra historia las señales, y ése es el ver.
Paráclito, Paracletos es el Advocatus, es el que es llamado como ayuda. La criatura humana herida y enceguecida, lastimada por el pecado, no logra levantarse por sus propias fuerzas, necesita ayuda, no está muerta, no está perdida definitivamente, está enferma, necesita ayuda para levantarse de su enfermedad, y Dios nos ha enviado dos ayudas, dice San Juan. El primer Paráclito es el Verbo Encarnado, este Verbo, esta Palabra hecha carne presenta en nuestra historia las señales, y ése es el ver.
Luego se necesita que el otro Paracletos, que el otro Advocatus nos permita dar el otro paso, el entender, el creer, porque el entender y creer no se oponen en San Juan. Si hay algo absolutamente ajeno al pensamiento de Juan es la oposición modernista entre razón y fe, más bien de San Juan seguramente proviene esa frase maravillosa que nos enseña Santo Tomás de Aquino: que la fe es la perfección del entendimiento.
Pues bien, Dios nos ha enviado dos Paráclitos, el primero nos levanta y nos presenta signos, y el segundo nos sana, nos ilumina, nos conduce a la verdad completa. Cristo nos puede decir: "yo soy el camino la verdad y la vida" (véase San Juan 14,6).
En verdad, Cristo es la verdad, pero para que esa verdad sea plena, se necesita que además de ver los signos, los entendamos y de esa plenitud de verdad nos conduce el segundo Paráclito que es el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, como lo llama este Evangelista.
Lo mismo sucede con la alegría, porque así también se podría leer este evangelio. El ser humano está triste, está decaído, está encerrado en su propio problema, no logra salir de si mismo, ninguna carne se fecunda a sí misma, nadie puede gozarse de que se goza; el ser humano está triste y necesita ayuda para ser alegre, es de una ternura infinita.
Esta perspectiva necesita ayuda para alegrarse. Porque no puede alegrarse, sólo entonces viene el primer Paráclito y le da la primera alegría, esa primera alegría es sanar el hambre, por ejemplo, qué hambruna tan terrible la que teníamos, pero comimos, esa es la primera alegría, una alegría pasajera que aparece en ese pan o que aparece en el pozo aquel de las salidas del pueblo de Samaria llamado Sicar; en ese pozo de Jacob hay agua, un agua que causa una alegría, pero una alegría que se extingue; esa es la primera alegría, señales.
Esas son la alegría; pero sólo se puede llegar a la señal completa cuando la fuerza del Espíritu Santo permite comprender la definitiva manifestación que es Cristo en la Cruz, que a la vez, para este evangelista es Cristo glorioso. La gloria y la Cruz no están separadas en El.
Aquél que por la gracia del segundo Paráclito, del
Espíritu Santo, bebe torrentes que manan del costado de Cristo y come el pan de
vida; el que bebe y come así, ya tiene la alegría completa, porque el que se
alimenta en la mesa de la Cruz ya no tiene que temer privación alguna.
Cuando llega el Paráclito y nos permite ver la gran
señal de la Cruz, y cuando vemos Cruz y gloria en ese Cristo crucificado, ahí
sí alcanzamos la alegría completa, porque el que está abrazado a la Cruz del
primer Paráclito y entiende esa Cruz, para el segundo Paráclito ya no teme
nada, porque a nadie se le puede quitar tanto como se le quitó a Cristo en la
Cruz, y ese Cristo despojado de todo, hasta de su ropa, ese Cristo sigue siendo
la gloria del Padre.
Por consiguiente, si en esa cruz desnuda de todo, hay dolor, quiere decir que no importa que me quiten, no importa que pierda, mi alegría ahora es completa y por eso dice Jesús "y esa alegría ya nadie os la podrá quitar" San Juan 16,22.
Este Evangelio entonces es todo él un itinerario, un camino hacia la alegría completa, hacia la verdad completa, hacia el amor perfecto.
Bendito Dios que nos regala un contemplativo de estos; benditos ojos, bendita palabra que nos ilumina el misterio de la Palabra; bendito corazón tan lleno del amor de Dios.
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